domingo, 10 de mayo de 2020

La Gran Vía


Tardó unos instantes en poder apartar la mirada. No era en apariencia un imagen demasiado perturbadora, al menos no para la mayoría de la gente, una simple fotografía de la Gran Vía totalmente vacía por la epidemia del Coronavirus.

La visión de un Madrid vacío, atronadoramente silencioso, se había repetido hasta la saciedad en todos los medios de comunicación durante los últimos días, pero había sido aquella instantánea de la Gran Vía tomada desde la Plaza del Callao, enfocada desde lo que parecía ser un cuarto piso, lo que la había removido por dentro. Era como si hasta ese momento no hubiera tomado conciencia real de lo que ocurría, a pesar de saberlo.

La ciudad estaba apagada de risas, de voces, de gente apretujándose a las puertas de los teatros y las tiendas, de la riada humana que día si, día también, desembocaba a Sol desde Preciados y Carmen, como si no hubiera otro sitio en todo Madrid por el que caminar... estaba apagada de vida.

Madrid se moría.

Se morían sus calles sin gente, y sus tiendas vacías. Aquel lugar no era su Madríz, sino un fantasma que le había robado la cara, y gastaba una broma de mal gusto directa al corazón.

Cerró los ojos.

La Gran Vía fue el primer lugar que visitó cuando llegó por primera vez hacía ya más de 60 años. Esperaba encontrarse una gran avenida como la Kurfürstendamm de su ciudad natal, como Unter der Linden o la Friedrichstraße, pero para su sorpresa se encontró con una calle amplía si, pero que comparada con las arterias principales de Berlín no era más que una aprendiz de gran avenida, claro que entonces aún nadie la había explicado que en realidad no estaba más que en un poblachón manchego que había llegado a ser capital por mera casualidad y capricho de un rey.

Madrid comenzaba por aquel entonces a despertar de verdad a la vida, por fin habían quedado atrás el estraperlo y las cartillas de racionamiento, las miserias humanas y la lucha por la supervivencia, todo bullía, a pesar de lo cual pudo identificar en muchas personas las huellas imborrables que dejan las guerras, las mismas que ella llevaba tatuadas en el alma. Años antes su hermano mayor le contó como había venido al mundo en la mesa del comedor de su casa, cerca del aeropuerto de Tempelhof, por la noche y en medio de un bombardeo aliado, de manera que el parto les había impedido bajar al sótano del edificio; las bombas sofocaron el ruido de sus llantos. Su hermano nunca más podría oír un sonido fuerte sin sobresaltarse.

Sus primeros recuerdos eran los de una ciudad derruida, en medio de un país derrotado y avergonzado, en la que los niños correteaban entre los escombros porque no había ningún otro lugar para jugar, y donde más de una vez se encontraban con algún muerto. Un Berlín dividido en el que durante la postguerra se iba haciendo progresivamente más difícil encontrar comida, de manera que los americanos se la tiraban desde los aviones. Creció comiendo patatas con sabor a queroseno; suerte el día que había patatas.

Pero aquello había quedado atrás, tenía 20 años y la vida por delante. Estaba en un nuevo país, en el que para su sorpresa no se viajaba en carros tirados por burros, sino que había coches, y muy poca gente sabía bailar sevillanas, un país en el que rápidamente descubrió que hablar 3 idiomas si uno no era el español, no le iba a servir de nada.

Era martes, o puede que miércoles, habían pasado muchos años ya, pero era entre semana eso si lo recordaba claramente, y tarde, muy tarde, por lo menos eran las ocho y media, hacía un par de horas que había cenado, y aquella calle que se había vuelto loca buscando en el callejero, porque resulta que en realidad no se llamaba la Gran Vía, sino la Avenida de Jose Antonio, estaba repleta de gente. Paseando, en los bares, los cines, el metro... pero ¿qué ocurría? sin duda alguna una catástrofe, era lo único que lo podía explicar. ¿Se habría muerto Franco? ¿se habría declarado otra guerra? si es que lo sabía, no tenía que haberse atrevido a salir sola por el centro de la ciudad y tan tarde, si es que la podía pasar cualquier cosa, a quién se le ocurre.

Según se acercaba a la Plaza del Callao se agolpaban más y más personas, ¡Dios santo! cada vez estaba más asustada, ¿y si comenzaba a haber disturbios y la pillaba en medio? ¿y si cerraban las fronteras y no podía volver a su país? No podía más de la intranquilidad, de manera que se dirigió a un policía, y en su rudimentario español y como pudo le preguntó que era lo que ocurría, pero no parecían entenderla, no sucedía nada, era un día normal, uno más. Resultaba que la vida en Madrid nunca tenía fin, allá donde fuera, a cualquier hora, sobre todo si ese lugar era la Gran Vía.

Habían pasado muchos años ya, demasiados, pero sonrió para si al recordar aquella anécdota; en Alemania a las 6 de la tarde quitan las aceras, llevada décadas contando divertida a todos sus amigos españoles.

La voz de su hijo rompió sus pensamientos,

- ¿Pero qué vamos a hacer ahora? ¿cómo saldremos de ésta? es todo un desastre, la parte sanitaria terrible, y la crisis económica que vendrá después peor aún. No sé cómo vamos a poder seguir adelante, esto es el final del mundo tal y como lo conocemos.

- No te preocupes hijo - dijo ella después de soltar una carcajada, mientras apretaba para sí su teléfono móvil con la imagen de una Gran Vía desierta - ¡menuda tontería! saldremos como siempre se ha hecho, tirando hacía delante, siempre hacia adelante, que la vida no se para, haz caso a una anciana, no lo dudes.

#Nuestros mayores   

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