miércoles, 28 de noviembre de 2018

La revolución de los seriéfilos:


De un tiempo a esta parte se viene hablando de la época dorada de la ¿televisión?, ¿seguro qué es televisión? yo ya no lo tengo tan claro. La televisión venía siendo hasta la fecha aquello que emitían en los distintos canales, bazofia en su gran mayoría que relegaba productos de calidad, como películas de autor, a altas horas de la madrugada, y que maltrataba sin remedio la emisión de aquellas series que no fueran objeto de audiencias millonarias (como olvidar que en su día La2 no llegó a emitir el último capítulo de A dos metros bajo tierra...). Por tanto, aunque se empeñen en conservar el formato clásico las series de televisión, con capítulos de una determinada duración y la puesta a disposición por temporadas, sinceramente creo que estamos ante el nacimiento de un nuevo género. Está el cine, la televisión, y las plataformas de pago.

La tan cacareadas época dorada ha supuesto el trasvase del talento cinematográfico a la elaboración de series para la televisión y las plataformas de pago. Si el cine cuidaba los guiones hasta el punto de encargarlos a escritores de la talla de Faulkner o Hemingway, ahora esa factura tan cuidada en lo que a la historia se refiere se ha trasladado a las series. Por fortuna, no se ha perdido.

Muchos dicen que esta revolución comenzó con Doctor en Alaska a finales de los 90, pero yo creo que nos tenemos que remontar mucho más atrás, en concreto hasta los años 60, a Los Vengadores, serie que por edad yo nunca que visto salvo por referencias, pero de la que aún hoy se oyen ecos, sobre todo en lo que a estética se refiere. Y no hay que olvidar que la actriz que daba vida a la legendaria Emma Peel, Diana Rigg, es quien interpreta a la sibilina reina de Altojardin en Juego de Tronos. Los Vengadores se trataba de una serie de "espías" por decirlo de alguna manera, que bebía directamente del éxito las películas de James Bond de la época, y cuya influencia, sobre todo en lo que a los retorcidos planes de los malvados aún vemos en películas como Los Increibles o la saga de Gru.

Bueno y también en los 60 tenemos el Santo y el Fugitivo, cuyo capítulo final aún hoy sigue siendo el tercer capítulo más visto de la Historia de la televisión.

Si, hubo vida antes de Netflix y HBO, y había series igual de buenas.

En los 70 tenemos el Superagente 86, que me encanta, y Colombo. Como olvidar ese puro y esa voz, para mi el mejor detective de todas las series. Ah, y tampoco podemos olvidar Arriba y abajo, Starky y Hush o la sencillamente genial Mash. También es la época de Los Ángeles de Charlie o La casa de la pradera, pero reconozcámoslo, han envejecido fatal.

En los 80 el entretenimiento fue el gran protagonista, en el cine (dando lugar a las mejores películas para ver con palominas nunca más vistas) y también en la televisión. Hay quien dice que son muy planas y simplonas, sin ningún valor añadido, pero lo siento, no comparto esa opinión, todos los que vivimos los 80 sabemos que en 1972 un comando compuesto de los mejores hombre del ejército americano fueron encarcelados por un crimen que no habían cometido, no tardaron fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos, hoy buscados todavía por el gobierno sobreviven como soldados de fortuna, si tiene usted algún problema y los encuentra quizá pueda contratarlos, venga vamos todos juntos nananana nanana nanananan nanana ¡El equipo A!, jajajaja

A ver que si todos los capítulos eran iguales y replicaban la misma historia, nos daba y nos sigue dando igual, porque quien no haya tratado de construir una central nuclear con un par de clips y una tableta de chocolate, le haya hablado al reloj cuando tiene el coche aparcado lejos para ver si viene solo, y después de todo le encante que los planes salgan bien, no sabe lo que es la verdadera televisión. Y todo eso sin efectos especiales, ni presupuestos millonarios, y lo siento, por mucha expectación que haga generado la llegada, por fin, de Daenerys Targarian a Poniente, o la muerte de Khal Dogo o Ned Stark no es comparable, ni de lejos, al shock causado por la muerte de Chanquete,  y todos lo sabemos. Porque del barco de Chanquete, no nos moverán.

De aquella época también tenemos Canción triste de Hill Street, cuya música al igual de la Cheers, aún tienen el poder de hacer que me pare, cierre los ojos, y viaje en el tiempo. Canción triste de Hill Street, a mi modo de ver, supone un punto de inflexión, el momento en el que algo comenzó realmente a cambiar, los personajes comenzaron a tener más profundidad y los argumentos iban mucho más allá de simplemente tratar de hacer pasar el rato al espectador, y es que ese "tengan cuidado ahí fuera" sigue siendo de plena actualidad.

Creo que me enamoré por primera vez viendo Remington Steele, y encima luego Pierce Brosnan fue James Bond, para que más, arg... Fue la serie que hizo de la tensión sexual no resulta un arte, y sin la que no hubieran sido posibles Luz de luna, El Mentalista o Bones. Por cierto, no recuerdo haber visto el final... en fin. Por no hablar de que aún espero poder encontrar un hotel como el de la serie del mismo nombre.

Luz de luna, aparte de ser ya el inicio de la transición a los 90, y la catapulta a la fama de Bruce Willis (¡con pelo!), supone otro punto de inflexión en las tan manidas series de detectives, quién puede olvidar los versos de la señorita Topisto contestando al teléfono. Y lo mismo podemos decir de Se ha escrito un crimen, la mejor serie sobre una gafe que yo he visto, si una gafe, porque vamos era aparecer la señora Lansbury por cualquier sitio y morirse alguien, igual en que A dos metros bajo tierra, siempre sabes que en cada capítulo va a morir alguien.

Y en los 90 llegó la revolución, la televisión se vuelve culta y sesuda, y los giros argumentales dan para horas y horas de discusiones en los foros de la recién nacida Internet, ay, que sería de nosotros los frikis sin Internet.

El punto de partida real de esta nueva forma de hacer televisión es Doctor en Alaska, las aventuras y desventuras del Doctor Fleischmann en Cicely, son aún hoy insuperables. Serie llena de referencias cinéfilas y literarias donde las haya, supuso también el inicio del maltrato sistemático por parte los canales de televisión a las series de calidad para desesperación absoluta de sus seguidores. Se emitía los viernes a las 12 de la noche. Para poder ver todos los capítulos en orden me tuve que comprar hace años los DVDs. Sin comentarios. Dicen que quieren hacer un remake, habrá que ver si supera al original, que algunos aún tratamos de sintonizar en la radio el programa de Cris por la mañana en la K-Oso.

Tras Doctor en Alaska, llegó A dos metros bajo tierra, Los Soprano, The Wire, y las Chicas Gilmore. La nueva televisión ya estaba aquí para quedarse, eso si conseguías poder seguir el hilo de alguna debido a los continuos cambios de horario a los que eran sometidas. No conseguí ver en orden Sexo en Nueva York hasta la reposición en Divinity hace unos años. Un horror.

Pero llegó un momento en que los ya seriéfilos acabamos hasta las narices, queríamos ver esas nuevas series, hacerlo en orden y poder comentarlas, y ahí estaba esperándonos nuestro nuevo gran aliado: Internet, y comenzaron las descargas ilegales, de cuya única culpa tuvieron los canales convencionales.

Recuerdo que cuando Cuatro estaba emitiendo Queer as Folk olvidaron, si olvidaron, emitir el último capítulo de la segunda temporada. ¡Una season finale!, eso es imperdonable, los seguidores de la serie unidos y convocados a través un foro donde comentábamos los capítulos nos pusimos a llamar al canal como posesos, y conseguimos que lo emitieran un sábado, a las tres de la madrugada... La tercera temporada la pirateamos subiendo los capítulos al Megaploud, y quien esto escribe es una persona extremadamente respetuosa con los derechos de autor, pero llegó un momento en el que ver una serie de calidad con orden y concierto era imposible.

A través de la red de redes los fanáticos de la televisión nos descubrimos unos a otros, generándose todo un subgénero, los fanfic, continuaciones de las series escritas por los seguidores.

Luego están las esperas interminables, siempre tienen el don de dejarte la historia en el momento más interesante, ¿y ahora tengo que esperar a la semana que viene? o lo que es peor ¿a la emisión de la nueva temporada el próximo año?, un escándalo, y aquí vuelvo al inicio de este post, y es que la nueva forma de ver series bajo demanda a través de plataformas de pago, igualmente de la mano de Internet, si que ha sido toda una revolución.

Quien inventó Netflix, es un friki seriéfilo que estaba harto, no hay que ver que son los primeros a los que se la ha ocurrido la sencilla idea de estrenar las temporadas completas, sin esperas. Porque los seriéfilos no vemos series, nos las bebemos encadenando un capítulo tras otro, es más, yo suelo esperar a que acaben del todo para verme del tirón las X temporadas que corresponda.

Veo lo que quiero y cuando quiero, no tengo que depender de estar pendiente de un horario de emisión (bueno yo siempre he programado la grabación y luego lo he visto cuando he considerado), ni en muchos casos una semana, al estrenarse, como digo, muchas series por temporadas completas. Y yo es que aún no entiendo como puede haber series que respeten ese formato tradicional, y para mi rancio y obsoleto, de emitir un capítulo por semana ¿por qué? si las audiencias en nada serán cosa del pasado.

Lo malo de todo esto es que ver productos de calidad sin pagar ya es casi imposible, se ha visto con Juego de Tronos, Cuatro y La Sexta emitieron las primeras temporadas, pero ahora ya si no se tiene Movistar o HBO es imposible seguir su emisión, y eso aleja a una parte del público de productos de manufactura impecable, condenándoles a tragarse la cada vez más bochornosa televisión gratuita, con honrosas excepciones como Modern Family o The big bang Theory, claro.

Por si a alguien le interesa, ahora mismo estoy viendo como unas 7 series a la vez, Outlander, La casa de papel, El desencanto, El joven Sheldon, Mom, The good Doctor y Younger.

Bienvenidos a una nueva era.

martes, 16 de octubre de 2018

Diario de un español por el mundo

"Diario de un español por el mundo", de Juan Sepúlveda Sanchís, es una divertida sátira del tradicional género de literatura de viajes. El protagonista, un estudiante valenciano (alter ego del autor) cuenta en primera persona sus andanzas y aventuras en Rumanía, Texas e Islandia, junto con otro puñado de estudiantes de diversas nacionalidades.

Conocí a Juan durante su estancia en Madrid (por cierto, Juan una sugerencia, ya sé que Madrid no es un país, pero para próximas entregas podrías añadirlo como destino), ya que se unió a la tertulia Letras de Lavapiés, que por aquel entonces organizaba junto con unos amigos en el Café Barbieri. Desde un primer momento le dio otro aire a la tertulia, no sólo porque nos hizo mover el culo del Barbieri, e ir por ejemplo al Getafe negro o a la radio, sino que además nos abrió un blog, que por cierto, fue lo que me dio la idea para comenzar a tener yo uno propio, aunque fuera para escribir sobre aquello que se pasara por la cabeza. Por aquel entonces estaba escribiendo lo que más tarde sería su primer libro de relatos, "Las seis caras de un dado", y aquellos relatos sobre mafiosos rusos o cines misteriosos, contrastaron bastante con las habituales poesías del resto de miembros. Recuerdo que le dije a los demás, éste será el primero de todos nosotros en publicar, y así fue. "Diario de un español por el mundo" es su tercer libro.

Todos aquellos que hemos conocido a alguien que se haya ido de Erasmus (yo fui tonta y no me fui), hemos oído contar impresionantes anécdotas sobre fiestas sin fin, borracheras épicas, rupturas traumáticas, o no tanto (toda mi generación y las siguientes, sabemos que no hay relación de pareja que sobreviva a una beca "orgamus"), amistades internacionales, y básicamente la mejor experiencia de sus vidas. No sé yo si Erasmo de Rotterdam, tenía eso en mente cuando pensó por primera vez en la unidad de Europa, pero bueno, desde luego, unir lo que se dice unir, une mucho a personas de diversas nacionalidades, jajaja. Pues bien, este ameno libro, es como escuchar las aventuras de tu amigo recién aterrizado de cualquier universidad europea, pero sin beca Erasmus de por medio. 

Hay situaciones tan surrealistas, que aún conociendo al autor, me planteo si no serán inventadas. Para mi la más desternillante de todas es una "corrección de examen" en Texas, en la que para distraer la atención hace que acusen al profesor de robar una chocolatina, para así poder aprovechar la confusión para, buscar un examen con el nombre escrito a lápiz, borrarlo y poner el suyo, aspirando los restos de goma de borrar, para no dejar pruebas... hay que leerlo de verdad. Lo mejor cuando termina hablando con el ayudante del profesor con los restos de goma de borrar entre los dientes. En mi opinión la mejor parte es de la Texas, Juan deberías contar toda tu estancia, no sólo los primeros días, seguro que te da para un libro completo. 

Hay mil situaciones que hacen que el lector se ria con ganas, y vea con gran simpatía esa maravillosa aventura que es siempre el viajar. En definitiva una gran recomendación para pasar un buen rato, y conocer un poquito más sobre otros países.

Podéis encontrar este magnífico libro en Amazon.


domingo, 14 de enero de 2018

Tú no eres como otras madres

Tú no eres como otras madres, de Angélika Schrobsdorff, es una novela que captó mi atención por su singular título, y que lejos de defraudarme, me ha atrapado como hacía tiempo no lo hacía ningún otro libro. En él, la autora, narra la vida de su madre, y en cierta manera de ella misma, desde el mismo día de su nacimiento hasta su muerte.

Nacida en el seno de una familia judía en el Berlín de finales del s. XIX, la protagonista tiene una vida que desde luego merecía una novela, y sin duda una película. No sólo fue una mujer adelantada a su tiempo, que consigue librarse de las garras de un destino propio de la burguesía de la época, que la abocaba sin demora a un matrimonio sin amor, que la encerraría para siempre en la cocina y el paritario. Se casa por amor, con un escritor protestante en contra de los deseos de su propia familia, con lo que aquello representaba en aquella época, lazándose de lleno a lo que la autora repite sin cesar a lo largo de la novela, al ancho y libre mundo cristiano, algo que como cristiana que soy, me ha hecho mucha gracia, claro que probablemente porque no conozco las imposiciones propias de otras religiones, y por tanto, no valoro como debería lo que tengo.

De ese primer matrimonio nacerá su hermano mayor, Peter, y luego de hacer las paces con sus padres,  y sacudirse todo el romanticismo del cuerpo al descubrir una infidelidad de su marido, se lanzará a vivir sin freno ni demora los locos años 20, y en Berlín, que no es poco decir. Así, en una orgía, conocerá a su segundo marido, y padre de la autora, eso, tras haber tenido una otra hija con un amante con el que convive junto con su marido. A su segundo marido, tampoco es que le sea muy fiel, pero es muy buena persona, y una bellísima amistad les unirá toda la vida.

Cuando todo en su vida parece encauzarse sucede algo que como lectora, y dada la época y el país, estaba esperando que ocurriera, el ascenso del nazismo. Dan ganas de gritarle por dios Else, coge a tus hijos y sal corriendo de Alemania, pero no lo hace, hace tiempo que no se siente judia, el judaísmo es una mera anécdota en su vida, casada con un protestante, con sus hijos bautizados...pero claro, todos sabemos que eso les iba a dar igual.

La visión que se ofrece en este libro, ha sido novedosa para mí, te da la de los propios alemanes que no estaban de acuerdo con el nazismo, y observan atónitos y sin poder dar crédito lo que ocurre en su país. Se repiten una y otra vez que en la culta y educada Alemania, hay cosas que no pueden suceder, y que alguien les podrá freno. Que lástima, todos sabemos cómo acaba la historia.

Finalmente ocurre lo inevitable, y Else se marcha con sus dos hijas a Bulgaria, donde se bautiza bajo el clero ortodoxo, porque lo más triste de la historia, es que ella se siente cristiana. En Bulgaria como es sabido les acaba alcanzando la guerra, y esa parte contada bajo el prisma de los recuerdos de la autora (otras partes están reconstruidas con testimonios de amigos y familiares, así como con la prólija correspondencia de su madre), y es sin duda alguna la más dura. Las guerras siempre lo son. Curiosamente su relato me ha recordado mucho al que hace Sandor Marai en La mujer justa, aunque éste sea húngaro, y la autora de la novela que comento pasara la guerra en Bulgaria. Son relatos muy parecidos, los bombardeos, el hambre, la suciedad, la llegada de los comunistas... Otro episodio a destacar es la vuelta a una Alemania derrotada, hundida y arruinada. Una visión, que apenas se ha mostrado hasta ahora, máxime teniendo en cuenta que la mayoría de relatos sobre la II Guerra mundial se han escrito por los vencedores.

Puede que quien lea líneas piense que le destripado la novela, pues bien, les aseguro que no es así, que lo que cuento es apenas una sinopsis de lo acontecido en la vida de Else Kirschner.

En definitiva aconsejo a todo el mundo la lectura de esta novela, que ha sido un gran éxito en su país de origen, y a la que yo llegué por casualidad. Y si además se conoce Berlín, como se mi caso, se disfrutará de su lectura aún más, aunque ahora tenga que volver para conocer Wansee.

Una última cuestión, señora Schrobsdorff, si llegara a leer estas líneas, permítame que la diga que no la perdono que pusiera fin a su libro sin un epílogo que contará que fue de su hermana Bettina, de verdad.

martes, 21 de noviembre de 2017

Madrid y la polución:

Desde hace unos días en la ciudad de Madrid llevamos registrando unos niveles extremadamente altos de polución, que hacen que se esté activo el escenario 2 anticontaminación, es decir, no se puede circular a más de 70 km/h ni aparcar en horario y zona SER. Medidas que, aunque necesarias, no sé si son suficientes ¿por qué? porque son circunstanciales y no permanentes, a saber, en cuanto llueva o haga viento todo volverá a la normalidad, todo el mundo volverá a coger el coche, y de nuevo los que vivimos en la ciudad respiraremos un aire insano. Pero a nadie parece importarle realmente.

La que escribe estas líneas ha nacido y vivido siempre en la ciudad de Madrid, pero en Madrid, Madrid, vamos, en el centro, lo que hace que tenga callo en lo que a contaminación se refiere. Recuerdo de siempre las recomendaciones de no salir a correr cuando pasaba un tiempo prolongado sin llover, o las hojas de los parques recubiertas de un polvillo grisáceo. Pero nunca he tenido como ahora la sensación de respirar mierda pura, se palpa, se mastica, y ésto lo están respirando nuestros hijos. Pero a nadie parece importarle realmente.

Todos sabemos que la gran culpa la tiene el tráfico, por mucho que la industria del automóvil se empeñe en decir que sólo es responsable del 30% de la contaminación de la ciudad, y para ser más exactos, el tráfico que genera la gente que vive fuera de la ciudad. Y no es un tópico, no es algo manido, es la pura realidad. ¿ Por qué? porque tienen la puñetera costumbre de ir en coche hasta al baño, cuando los madrileños en nuestros trayectos por la ciudad cogemos el transporte público, salvo extrema y real necesidad (habrá excepciones por supuesto, pero es la gran realidad). Conozco a gente que se medio escandaliza cuando les digo que meto a mis hijos en el autobús (desde prácticamente su nacimiento), o que no cogen el autobús pese a tenerlo en la puerta de casa, porque nunca lo han utilizado, si tienen coche...

Tengo la circunstancia de tratar con mucha gente que vive fuera de Madrid, y su, como denominarla... insolidaridad, indiferencia, inmadurez inclusive, es pasmosa. Hoy un compañero de trabajo, residente en Rivas, me decía que hay que ver que el Ayuntamiento de Madrid cada está poniendo más incómodo el ir a Madrid en coche, no he podido por menos que decirle, que por supuesto, es que esa es la idea. A ver si nos vamos enterando todos.

A lo largo de mi vida he tenido que oír todo tipo de comentarios, desde un "Uff, paso, yo luego me voy a mi casa, y ahí os jodéis los de la capital" de otro vecino de Rivas (a ver si lo pasa es que os jode a vosotros vivir en el culo en el mundo), a "es que si nos lo ponen tan difícil ir en coche, no sé de que vais a vivir los madrileños" (si, es lo que tiene, que la ciudad vive sólo de la gente que viene en coche), u "hombre, no va a ser Madrid para los madrileños" (no, pero somos los que nos tragamos la mierda, y es nuestra ciudad, que se mantiene con nuestros impuestos, así que lo siento pero si, tenemos preferencia y derecho a no morir de cáncer de pulmón) pero el más habitual es "odio Madrid, no sé como puede nadie vivir ahí", pues eso, como os gustan tanto, a ver si empezáis a quedaros ya en vuestros puñeteros pueblos.

Pero por favor, no nos olvidemos del gran tópico, "tendrán que poner medios y mejorar el transporte público, ¿no?", evidentemente siempre hay cosas que mejorar, pero lo cierto es que Madrid tiene uno de los mejores sistemas de transporte público del mundo, por encima de muchas otras ciudades europeas, creedme, lo dice alguien que ha cogido el metro en Roma, Londres, Berlín, Paris... llegas a Madrid y besas el mapa del suburbano. ¿Qué es mejorable? sin duda, hace mucho que el metro de Madrid, no vuela, que se debería ampliar la red de cercanías y con ella los aparcamientos disuasorios, que ambos medios de transporte, junto con los autobuses, tuvieran mucha más frecuencia de paso en horas punta, que los autobuses, urbanos e interurbanos fueran no contaminantes, y sobre todo, que se rigieran con puntualidad inglesa.

A todo esto, quien estas líneas suscribe, defensora a ultranza del transporte público, va al trabajo en coche, ¿por qué? pues porque no me quedan más huevos. Y es que hay un problema muy habitual y que nadie parece ver, y es que el transporte público une los distintos barrios de la ciudad, y los municipios del extrarradio con la capital, es decir, se basa en un sistema de visión centípetra totalmente desfasado. Desde hace años se está produciendo una deslocalización de las empresas fuera de las grandes urbes, de manera que se ubican en municipios fronterizos, parques empresariales, polígonos industriales... zonas que no están en absoluto preparadas para acudir a ellas en transporte público, principalmente porque no lo hay o es claramente deficitario. Sinceramente no se debería permitir que se otorgaran licencias para construir grandes edificios de oficinas, si la zona no está dotada previamente de infraestructura suficiente, o  no hay un compromiso real de la Administración Pública de ponerlo en el futuro. El mejor ejemplo de ésto es la nueva sede de BBVA, que está provocando tales atascos que hasta está siendo motivo de estudio por el Ayuntamiento, y digo yo, la solución no sería poner una boca de metro o estación de cercanías cerca; es como la ciudad financiera del Santander, claro que ahí ya rizaron el rizo y pusieron el metro ligero, es que algo así como, venga vamos, me hago la vuelta a la Comunidad de Madrid hasta que consigo llegar al trabajo. Señores de la Administración, que para que el transporte público sea útil, lo primero de todo tiene que ser accesible y ágil, en el sentido de que no tiene mucho sentido que de más vueltas que una peonza, y se tarde media mañana en llegar del punto A al B, porque entonces la gente coge el coche.

En mi caso si quisiera ir al trabajo en transporte público tardaría dos horas en ir y dos horas en volver, frente a 20 minutos en coche ¿lo ponemos en una balanza?

Así ocurre, que en los últimos grandes episodios de contaminación, ésta llegó hasta Alcorcón, Coslada y Majadahonda, porque claro, no le puedes decir a la polución, mira no que es que aquí acaba el término municipal de Madrid, de este punto kilométrico no pases, porque va ser que no va a hacer mucho caso. Y eso es algo que a mucha gente no parece importarle realmente.

Luego está el otro problema que sufrimos muchas personas, la inaccesividad física al transporte público. Me explico, cuando se va con un carrito de niño se puede subir a los autobuses de la EMT (siempre que no haya otro carrito dentro), si, pero es difícil abarcar toda la ciudad en autobús, es más, con niños pequeños puede ser la aventura del Poseidón (yo tendría que coger tres autobuses para ir a Sol desde mi casa), y en el metro gran parte de las estaciones no tienen ascensor, es cierto que muchas madres y padres se la juegan bajando y subiendo los carritos por las escaleras mecánicas, pero a mi personalmente me da pavor. Desde que soy madre estoy obsesionada con las barreras arquitectónicas, realmente no te das cuenta hasta que no lo sufres, pero lo malo es que lo mío es pasajero, pero las personas en silla de ruedas lo sufrirán toda la vida.

Por todo ello, me parece absurdo tener protocolos anticontaminación para escenarios determinados, en lugar de medidas permanentes. Como una vez oí a un periodista decirle a Gallardón cuando era alcalde, no se puede estar pendiente de que llueva, porque la danza de la lluvia no es una opción tangible.

Que esa es otra, están los embalses al 37%... nos veo como en Mad Max.

¿Y qué haría yo? pues sin ser ni mucho menos una experta en la materia, tomaría las siguientes medidas:

  1. Prohibir la circulación en la ciudad de Madrid a los coches más contaminantes, sean de residentes o no. 
  1. Hacer de todo el distrito centro, una gran APR (bueno, esta medida ya está en marcha), y estudiar ampliarla a otros distritos, como Salamanca o Retiro, aunque si que creo que estas medidas deben ir acompañas de la construcción de más aparcamientos para los no residentes, ya que sería el único punto al que podrían acceder de la zona, y la casuística de las personas y sus necesidades pueden ser muy variadas. 
   Para quien no lo sepa, las APR son las áreas de prioridad residencial, cuyos accesos están controlados por cámaras de seguridad, de manera que sólo pueden acceder los residentes, o los no residentes única y exclusivamente si se dirigen a      un aparcamiento. Actualmente son APR los barrios de Ópera, Cortes, Embajadores y Letras.

  1. Poner un peaje de acceso a la ciudad a los no residentes. 
  1. Ampliaría la red de metro y cercanías, así como los aparcamientos disuasorios. Todavía hay barrios en la capital sin metro, y municipios grandes sin cercanías. 
  1. Mejoraría, y mucho, la accesibilidad al transporte público para las personas con movilidad reducida. 
  1. Cambiaría toda la flota de autobuses urbanos e interurbanos por otros no contaminantes. Estudiar la posibilidad de exigirlo también a taxis y VTC. 
  1. Ampliar los puntos de recarga para vehículos eléctricos. 
  1. Mejoraría la frecuencia de paso de autobuses, metro y cercanías en horas punta. 
  1. Tenemos que tener un transporte público ágil y eficaz, para ello, deber ser realmente puntual, y rápido, lo que llevaría a estudiar la actual red para detectar sus carencias, las vueltas de peonza no tienen mucho sentido. 
  1. Crearía una tarjeta como el SER, para aquellas personas que necesite usar el coche para trabajar, ojo, no para ir a trabajar, sino para desarrollar su actividad laboral, ya sea por cuenta ajena o propia. Algo parecido a la tarjeta para industriales, pero ampliada a turismos, con más horas de aparcamiento por día, y siempre limitada a vehículos que no superaran un determinado índice de emisiones. 
    Como supongo mucha gente lo no sabrá, los vehículos industriales tienen la posibilidad de obtener una tarjeta que les permite aparcar en zona azul durante 6 horas al día.

  1. Exigir a las empresas con más de 50 trabajadores la elaboración de un plan de movilidad. 
  1. No permitir la creación de espacios empresariales en zonas sin transporte público, o sin perspectivas de tenerlo en un futuro, o que aún teniéndolo éste sea claramente deficitario. Revisaría las existentes, y volviendo a la medida 4, actuaría sobre éstas. 
Todo ésto no se me ha ocurrido de repente, está muy pensado y meditado, y es que nada me haría más ilusión en esta vida que ser la alcaldesa de mi querida Madrid (aunque muchas de las cosas que indico, dependen de la Comunidad de Madrid), porque eso es precisamente lo que le hace falta a esta ciudad, dejar aparte los intereses partidistas, y ser dirigida por gente que realmente la ame.

lunes, 13 de febrero de 2017

Un apartamento en La Latina

Dejo aquí mi pequeño homenaje a uno de los escritores del S. XX que más me gustan, Truman Capote (si, Capote, no el puñetero Salinguer ni el odioso Carver). Es mi particular y madrileña versión de Desayuno de Tiffany´s.

Un apartamento en La Latina:

Me gusta volver a los lugares en los que he vivido, es como una experiencia de introspección personal dentro de mi propia historia. Mi lugar favorito está en La Latina, junto al Mercado de La Cebada. En realidad, solo es un viejo edificio con la fachada gris por la contaminación. Yo vivía en el tercer piso, en un minúsculo apartamento de apenas 30 metros cuadrados, con una sola habitación que hacía las veces de salón y dormitorio, cocina americana y un minúsculo cuarto de aseo. Sin embargo, era mi primera casa como adulto independiente, y es la fecha que no puedo evitar acordarme de aquel pisito con cierta nostalgia. Muchas veces, cuando paseo por el centro de Madrid y vuelvo a pasar de forma inconsciente por las casas en las que he vivido,  siempre me paro a contemplar ese pequeño balcón que se asoma a la Plaza de La Latina.

Justo enfrente del que era mi portal, al lado de la boca del metro, hay un bar. No es muy elegante, ni muy nuevo, ni siquiera demasiado limpio, pero sirven sin duda alguna los mejores boquerones en vinagre de todo Madrid. Cuando vivía en mi pisito, solía ir todas las tardes a tomar un pacharán y charlar con Tomás, el dueño. Ambos teníamos muchas cosas en común, nos gustaba revolver en el Rastro, o “remanar” como diría un catalán, ir al teatro, una buena charla en la barra de un bar…;  y sobre todo nos gustaba Ana.

Aún ahora, durante alguno de mis habituales paseos entro y me tomo un pacharán con Tomás, como si el tiempo no hubiera pasado. Solemos arreglar el mundo, incluso algunas veces estamos lo bastante borrachos como para hablar de Ana. El inicio siempre es el mismo, la eterna pregunta: qué habrá sido de ella. Ninguno hemos vuelto a tener noticias suyas en todos estos años.

Recuerdo el momento exacto en el que la conocí. Era la primera noche en mi recién estrenado estudio, y con la emoción me había costado bastante conciliar el sueño. Cuando por fin empezaba a dormirme, alguien tocó el timbre del telefonillo.
– ¿Sí?
–Oiga, amigo, ¿me puede abrir?, es que me he dejado las llaves en alguna parte.
–Primero, no son horas de llamar a casas ajenas, y segundo no la conozco de nada así que olvídese de que la abra el portal.
–Oh, vamos no sea así, soy su vecina de arriba, me llamo Ana y estoy segura de que nos vamos a llevar la mar de bien.
–Pero que demon…
–Déjese de maldecir y abra de una vez, que hace frío; ¿es que no sabe qué hora es? no son horas de que una muchachita decente ande sola por la calle.

Pensé que no era tan muchachita si andaba a esas horas sola por la calle; pero lo cierto fue que sus argumentos me hicieron gracia, así que abrí. Me puse el albornoz y las zapatillas y salí al descansillo, muerto de curiosidad. Así fue como vi a mi nueva vecina por primera vez mientras subía las escaleras; tendría unos veinte años, aunque parecía mayor, pintada y arreglada en exceso, con ropa demasiado cara para una chica de su edad. Se paró ante mí.
–Muchas gracias, vivo justo encima de usted, en otro miniminúsculo piso como el suyo. ¿Quiere subir y tomar algo?, es lo menos que puedo hacer por haberle sacado de la cama.

Estaba bastante perplejo ante el desparpajo de quien decía ser mi vecina, y no pude por menos que acompañarla hasta el piso de arriba, sin darme siquiera cuenta de que seguía en pijama y zapatillas.

El apartamento de Ana era exactamente igual al mío, salvo por un curioso detalle, el único mueble era una cama de matrimonio.
– ¿Dónde están sus cosas?
–Así es más práctico, no pienso quedarme mucho en este lugar, y además así no limpio el polvo y es la mejor manera de que no te rompan nada en las fiestas.
– ¿Fiestas?
–Sí, no se preocupe que está invitado. ¿Whiskey?

De repente, tuve el presentimiento de que había cometido un gran error, que se abría ante mí una horrible perspectiva de noches en vela.
–Dígame, ¿a qué se dedica?
–Soy actor, o por lo menos lo intento.
–No me diga, que terriblemente interesante, y ¿en qué está trabajando ahora?
– En nada.
–Ah, que profesión más curiosa, me encantaría verle algún día.
–Pues ya la avisaré. Y usted, ¿a qué se dedica?
–Soy relaciones públicas de varias discotecas.
–¿Y eso da para vivir?
–Según como te organices, pero es sólo hasta que me case.
–Enhorabuena, ¿cuándo es la boda?
–Gracias, aún no lo sé, ni sé quién es el novio; pero tranquilo que tarde o temprano pescaré a un buen partido que ande despistado y hala, a retirarme.

Mi cara de perplejidad debía ser considerable, así que para disimularla decidí que lo mejor era irme a mi casa y dejar de tomar copas a horas intempestivas en casa de locas jovencitas.

Sin embargo, de una manera increíblemente natural, durante los siguientes meses Ana se convirtió en un personaje habitual en mi vida. Solía olvidarse las llaves una media de dos o tres veces por semana, siempre de madrugada o a primera hora de la mañana, y las noches que no lo hacía era porque la juerga estaba montada en su propia casa; es decir, justo encima de mi cama. Lo peor era que cada vez que intentaba quejarme acabada con una copa en la mano y bailando hasta el amanecer con la más fea de todas sus amigas; de hecho, más de una vez desperté al día siguiente en el suelo de su salón.

Justamente uno de esos días en los que dormí en el suelo de su casa me llamaron para una suplencia. Era verano y, gracias a que estaban las ventanas abiertas, el pitido del contestador automático a través del patio de vecinos me devolvió al mundo de los lúcidos. Literalmente me tiré escaleras abajo, seguido muy de cerca por una Ana somnolienta que no paró de saltar a mi alrededor hasta que accedí a que me fuera a ver al teatro. Al finalizar la representación me estaba esperando a la salida, le había gustado mi actuación y quería agradecerme la entrada, y para mi sorpresa me invitó a comer al día siguiente. Creo que hasta ese momento nunca la había visto por el día.

A aquel primer encuentro diurno siguieron otros, siempre nos despedíamos con un nuevo plan. Paseos por el Retiro, cine en la Gran Vía, aperitivo en Casa Labra, e invariablemente terminábamos en el bar de Tomás, charlando los tres animadamente en la barra. Cuando salíamos a la calle, yo para volver a casa, ella para reunirse con quien fuera que hubiera quedado esa noche, se detenía un instante, miraba a su alrededor, cerraba los ojos, los volvía a abrir y me decía:
–Me encanta este lugar.
–Tiene encanto, sí.
–Sabes, creo que un lugar así nada malo puede ocurrirnos.

Pero todo acabó cuando por fin encontró a su buen partido despistado. Era un hombre de unos cuarenta años, alto, moreno, se podría decir que apuesto, muy elegante; y sobre todo con una envidiable posición, era el agregado cultural de la embajada de España en Tokio y, como era de esperar, fue presa fácil para Ana.

Se habían conocido en una de las discotecas para las que trabajaba, a través de unos amigos comunes, creo, y en tan solo un par de semanas anunciaron su boda. Ana se compró unos DVD para aprender japonés y se dispuso a embalar sus pocas pertenencias. La última vez que la vi, los tenía puestos mientras hacía las maletas.
–Cuando empiece a dormir todas las noches de un tirón, no me lo voy a poder creer.
–Sí, ahí es cuando empezarás a echarme de menos. Konichigua.
–Ya te echo de menos.
–Y yo –dijo con la mirada perdida mientras repetía arigato.

No volvimos a vernos. Supe por Tomás que finalmente la boda no se había celebrado. Al parecer, al arreglar los papeles para el visado a Japón, donde se iba a celebrar la boda, su prometido descubrió que en realidad se llamaba Floriana, y le pareció un nombre tan poco chic que decidió romper el compromiso. Claro que a Ana le dio igual, puesto que estaba a punto de fugarse a Roma con el sobrino de su novio.

Al cabo de unos meses recibí una postal del Coliseum, en la que Ana me decía que se sentía feliz, que echaba de menos nuestros paseos por Madrid, que le diera recuerdos a Tomás y que me volvería a escribir.


                                                                                     A Truman Capote.

Cosas en común

Recientemente publiqué aquí un ejercicio de clase, de los que hice en la Escuela de Escritores, y hay quien me ha dicho que por qué no colgaba más relatos en el blog, así que aquí os dejo un relato cuyos escenarios sé que a algunas personas les van a resultar muy familiares.

Cosas en común:
                                                                                        A las N. Kinney.

Supongo que había muchas cosas que nos hacían diferentes, pero había más que nos unían. Y por encima de todas ellas estaba que nos gustaba la noche, o mejor dicho, nos gustaban nuestras noches. Cada fin de semana la ciudad se nos antojaba nuestra; enorme, vibrante, plagada de opciones, de oportunidades, de vida,… de nuestra vida.

Era todo un ritual. Los del grupo quedábamos relativamente pronto, en alguna boca de metro, para ir a cenar algo a un restaurante barato aunque de moda, o a algún eterno clásico de Madrid o simplemente a tomar unas tapas en cualquier bar. Tras pedir, y ya con la primera caña o vino en la mano, nos poníamos rápidamente al día respecto a lo sucedido en nuestras vidas cotidianas durante aquella semana, como si quisiéramos pasar de puntillas por todo lo que fuera corriente u ordinario, porque a partir de ese momento nada podía serlo. Éramos jóvenes, éramos guapos y, lo que es más importante, éramos dioses por unas horas.

Tras la cena, visita obligada al Quiet Man. Allí, tranquilos, despacio, una primera copa mientras charlábamos, después, pululando por la zona otra copa en otro bar, luego otra, un baile, otro pub… siempre juntos y sin parar de reír. A lo largo de los años habíamos ido agotando las diferentes zonas de copas de la ciudad, Malasaña era la que más se nos resistía al aburrimiento. Tal vez fuera la gente, la variedad de bares o muy probablemente la cercanía a una discoteca de la Plaza de Vázquez de Mella, en la que acababan la noche los que no se habían retirado acompañados con anterioridad.

Cuando me paro a pensarlo, ahora me doy cuenta de lo curioso de la situación, unos amigos que todos los fines de semana acaban la noche en una discoteca de Chueca, sin ser ninguno gay. Sin embargo, la música era buena, no estaba muy lleno, tenían guardarropa y abría hasta altas horas, el sitio perfecto. Tenía dos plantas. Siempre subíamos a la segunda, donde no se podía fumar, y ocupábamos nuestra esquina, justo entre el final de la barra y la pista de baile; allí permanecíamos bailando hasta la hora del cierre. Llegó un momento en el que nos conocían los camareros, el portero y la mayoría de los parroquianos habituales.

Al principio el cambio fue apenas perceptible; y antes de que nos diéramos cuenta, ya nada era igual. Poco a poco las caras que nos rodeaban fueron cambiando, haciéndose más y más jóvenes, dejamos de encontrarnos con gente conocida por los bares, comenzamos a estar aburridos y cansados y a llegar cada vez más pronto a casa. El día que Rosa nos anunció que salía con un compañero de la oficina fue el detonante del fin. No sabría decir si fue que nos estábamos haciendo mayores, que necesitábamos un cambio, o que el novio de Rosa, un chico procedente de un barrio obrero, pero increíblemente conservador, no quería mezclarse unos trasnochadores natos que invariablemente terminaban sus noches en una discoteca de ambiente. Quién sabe, el caso fue que tuvimos una baja definitiva, a la que siguieron otras muchas aquejadas de lo nos dio por llamar el síndrome ‘parejil’.

Las noches se volvieron más cortas y los días más largos. Al principio, Julio y yo, los eternos, seguimos como si nada, pero la fórmula magistral ya no resultaba y parecía que se imponía en nuestras vidas un cambio de escenario que nos resistíamos a aceptar. Empezamos a hacer planes impensables para nosotros, como quedar un domingo a tomar café después de comer e ir al cine, o ir al rastro, a una exposición, al teatro…; hasta dormíamos.

Sin embargo, el día que saltaron todas las señales de alarma fue cuando nos enteramos que algunos de nuestros amigos iban a ser padres. Definitivamente nos habíamos quedado descolgados, así que comenzamos a buscar alternativas.

Los compañeros de trabajo de Julio solían salir de cañas los jueves, y nos unimos al grupo a la expectativa de descubrir que salía de aquello. Durante varias semanas pareció irnos bien; sin embargo, notábamos como Carlos, uno de contabilidad, nos miraba raro. En un principio pensamos que tal vez se debía al hecho de ver a un chico y una chica que solo son amigos, no era la primera vez que nos ocurría, no sé muy bien por qué su actitud me hacía desconfiar de él. Lo comenté con Julio, quien se limitó a reír.

Hubo un día, en el que las cañas se alargaron más de lo debido, nosotros fuimos los últimos en irse a casa. Carlos más tarde declararía ante el juez que la culpa fue del alcohol, que no quería hacerlo, que todo había sido como un sueño…; pero no lo fue. Sólo fue un segundo. En el poco tiempo que tardamos en cambiar de bar, Julio y Carlos desaparecieron de mi lado, me di la vuelta y desanduve el camino para buscarles. Los encontré discutiendo vivamente, ambos tambaleantes
– ¿Qué, tú y tu amiguita habéis terminado de humillarme?
– ¿De qué hablas?
–Lo sabes muy bien.
–No, tío no tengo ni idea, así que déjate de paranoias y tira, que nos estamos quedando atrás.
–Tú y yo no vamos a ninguna parte –Carlos empujó a Julio de forma tan brusca que éste se tambaleó.
–Oye, ¿qué pasa aquí? –intervine yo–, ¿se puede saber de qué va esta escenita?
–Éste –dijo Julio, señalando a Carlos– que no sé qué mosca le ha picado. Se ha puesto a insultarme así sin más y en medio de la calle.
–Venga, va, hemos bebido mucho y os ha sentado mal, nos vamos para casa y asunto terminado – dije yo mirando a Carlos.
–De eso nada, me tenéis harto vosotros dos.
–Vamos a ver, ¿se puede saber qué narices te hemos hecho? –preguntó Julio.
–Te repito que lo sabéis perfectamente, dejad de haceros los tontitos conmigo que no cuela – dijo Carlos, cada vez más agresivo.
–Chicos, de verdad, lo mejor es que nos vayamos –insistí yo.
–De aquí no se va nadie –Carlos rompió el botellín de cerveza que tenía en la mano contra la pared–, vamos a terminar con éste asunto de una vez por todas.
– ¿Qué asunto? –dijo Julio, visiblemente asustado–. Mira, si te hemos hecho o dicho algo que te ha podido ofender, lo sentimos. –Yo asentí con la cabeza–. De veras que lo sentimos, te aseguro que no ha sido con mala intención.
–Que no, ja, entonces por qué venís todos los jueves, ¿eh? –dijo Carlos moviendo la botella rota en el aire.
–Porque sí –afirmé yo, mientras trataba de marcar el número de la policía en el móvil sin que lo notara–, para tomarnos algo y echarnos unas risas, sin más.
–Claro, para reíros de mí, y cuando os hayáis divertido lo suficiente entonces me descubriréis ante todo el mundo.

Julio y yo nos miramos.
–Tío, no tenemos nada que descubrir, porque no sabemos que coño te pasa, joder, ni que llevaras una doble vida. ¿Qué pasa, que no quieres que contemos que te llevas folios de la ofi o qué? – dijo Julio.
–El LP –dije mirando a Carlos, no sé cómo no nos habíamos dado cuenta antes–. Tío, tú eres un habitual del LP. Ostras, no sé cómo no me di cuenta antes de que te conocía de algo.
– ¿Era eso? –dijo Julio con cara de asombro–, ¿no querías que le dijéramos al resto que te conocíamos de vista de una discoteca?, valiente tontería.
–Tontería lo será para ti, y como digas algo…

Carlos no terminó la frase. Se abalanzó sobre Julio cayendo encima de él y, según declararía más tarde, sin darse cuenta de que aún tenía en la mano la botella rota. Julio falleció unas horas más tarde, los médicos no pudieron parar la hemorragia que le produjo el corte en el cuello con el que Carlos trataba de acallar lo que para él era su terrible secreto.

Supongo que durante años hubo muchas cosas que nos unían, pese a aquellas que nos diferenciaban. O al menos así fue hasta que terminamos de hacernos mayores; unos más tarde que otros, algunos de forma más traumática.





viernes, 3 de febrero de 2017

El mar

Recientemente he leído una noticia en el periódico relacionada con el lugar en el que nació mi madre, la Mariña lucense, y ha venido a mi memoria un ejercicio que realizamos en la Escuela de Escritores, en el que teníamos que narrar un viaje, y yo precisamente conté los viajes de mi infancia a este lugar.

No sé por qué me apetece compartirlo, aunque sólo sea un ejercicio de clase.

El mar:

El viaje a Cangas de Foz era largo y pesado. En aquella época apenas había autopistas y los viajes se hacían por interminables carreteras nacionales con un solo carril en cada sentido. Las recuerdo llenas de lentísimos camiones, de curvas, de baches y atravesando –creo yo– todos los pueblos, que tenían un cincuenta por ciento más de semáforos que la media nacional.

Un buen día, normalmente a mediados del verano, mi madre me levantaba bastante temprano anunciándome que nos íbamos de vacaciones; es decir, que nos íbamos a Galicia. Mi padre hacía la maleta refunfuñando “nos va llover, seguro que nos va a llover, es que tu pueblo siempre llueve, y si no nos llueve, estará nublado, no vamos a ir ni un solo día a la playa… es que no sé por qué no vamos a Alicante como todo el mundo”.

Mi padre tenía por aquel entonces un R-18 sin radio, ni por supuesto aire condicionado, ni cinturones de seguridad en los asientos de atrás, ni airbag, ni ABS, ni dirección asistida, ni nada de nada; pero yo me acomodaba en el asiento trasero, solo para mí, y era feliz. Llevaba siempre un cojín que me había hecho mi tía, al que había puesto unos botones a modo de nariz y ojos y tejido mi nombre de manera que formara una gran sonrisa. Solía tumbarme poniendo el cojín como almohada, y dejaba que el traqueteo del coche me durmiera; cuando fui más mayor, cambié el cojín por un walkman y millones de cintas de casette.

La primera parte del viaje consistía en atravesar toda Castilla, con todos sus pueblos, con sus respectivos semáforos. Mi padre le tenía especial inquina a Medina del Campo porque decía que había un guardia de trafico que daba preferencia a los del pueblo frente a los que iban por la nacional y el atasco era permanente e infinito, es la fecha que cuando va por la autopista y a lo lejos se ve Medina del Campo, se empieza a reír como un loco y dice “mira como voy ahora, mira como voy”.

Al cabo de dos horas de viaje, a mi padre había que darle conversación porque las interminables rectas de Castilla le producen un sueño terrible al volante.

A mi me encanta esta parte del camino. Me fascina el amarillo infinito de la meseta, contemplar los campos de labranza a ambos lados de la carretera, las tenues lomas en lontananza, las salpicaduras verdes y granates rompiendo los ocres, dejando que la vista vuele sin ningún obstáculo hasta el horizonte.

Por fin pasamos Medina del Campo y continuamos viaje. Una provincia tras otra, un pueblo tras otro, un castillo, un sin fin de castillos y una iglesia románica, y otra, y otra, hasta que todos los lugares parecen el mismo. Y vuelta al atasco, estamos ya en Tordesillas, a mi me encanta, mis padres lo odian porque el coche se cala en la multitud de cuestas que jalonan todo el municipio. Pero yo estoy muy lejos. Me basta mirar por la ventanilla para con un poco de imaginación trasladarme a la Edad Media, y deseo profundamente poder viajar en el tiempo.

Dejamos atrás Zamora. En León hace menos calor, pero para entonces yo ya estoy tan mareada que me da todo igual. Habré vomitado tres o cuatro veces y estoy deseando llegar a Astorga para poder bajarme del dichoso coche. Astorga es parada obligatoria, si mi padre no compra mantecados luego no hay quien le soporte el resto del camino, y yo aprovecho para estirar las piernas y tomar un poco el aire. Hemos entrado en el camino de Santiago, desde ahora hasta llegar a Lugo la presencia de peregrinos será algo constante.

Y vuelta al coche… los carteles que anuncian la proximidad de Las Médulas nos indican que estamos en el Bierzo, donde el paisaje comienza a cambiar. Se divisan los primeros árboles y los colores de la meseta dejan paso al verde rabioso de la España húmeda. Poco antes de subir el Puerto de Piedrafita, paramos a comer en Valcarce, lo que no es sino una excusa para comprar cerezas (cosas de tener un padre obeso), las venden en puestos ambulantes a la orilla de la carretera, que hoy naturalmente han desaparecido.

Después de comer, (mis padres claro, yo no tengo estómago para nada) nos disponemos a la ardua tarea del subir el puerto de montaña. Hoy día atravesar el Puerto de Piedrafita es cuestión de unos minutos, la ingeniería ha ganado el pulso a la naturaleza; gigantescos viaductos que destrozan el increíble paisaje de uno de los lugares más bellos del planeta, permiten que la autopista siga más allá de los profundos valles que otrora convirtieran a Galicia en uno de los lugares más aislados de Europa. Pero los viaductos aún no existen, en su lugar hay una comarcal inundada de curvas que baja a los valles para luego volver a subir a las montañas. A mi padre se le cala mil veces el coche, es imposible ir a más de 20 Km. por hora, mi madre me empieza a contar que esa carretera es buenísima, que cuando ella era pequeña había más curvas y mucho más cerradas, solo había un carril para los dos sentidos y si te venía un coche de frente había que echarse a mitad del campo, así que había muchos accidentes porque, claro, en las zonas de desfiladeros mucha gente se había despeñado: “es más, si te asomas verás todavía los restos de la carretera antigua, vamos, un camino de cabras”.

La curiosa caravana que tratamos de llegar a alguna parte la solemos formar dos o tres coches, un carro con heno tirado por un burro (que además va el primero y no suele tener nada de prisa) los peregrinos a Santiago que casi van más deprisa que nosotros y, por supuesto, un camión. Para cuando llegamos a Pereje todos estamos mareados, y mi padre jura y perjura que el año que viene nos vamos de vacaciones a Alicante como todo el mundo.

Por fin entramos en Galicia por la provincia de Lugo; empieza a llover, siempre. Mi padre le dice a mi madre que si en su puñetera tierra no la pueden recibir de otra manera, y que en Alicante no llueve. Mi madre que pisar Galicia y olvidársele el castellano es todo uno; le responde algo que no entiende, pero yo sí, y nos reímos juntas.

El paisaje no puede ser más distinto. Los bosques sólo se abren para dejar paso a pastos de un verde esmeralda tan intenso que hace daño a la vista. Las vacas serán a partir de ahora otra constante en nuestro camino, mi madre las señala y me empieza a enseñar a distinguir una vaca marela de una limusin. Cuando llegue al pueblo, mi abuela se encargará de enseñarme a distinguir un brote de patata del de un grelo, del de un nabo, a ordeñar…; todas esas cosas que ella considera fundamentales y que los niños de ciudad no sabemos, porque en la ciudad no sabemos nada.

Las imponentes murallas de Lugo nos hacen abandonar la carretera nacional y entrar en la comarcal. A partir de ese momento habrá más carros que coches, y sobre todo más vacas, tanto en el campo como en la carretera. En Villalba mi padre para de nuevo para comprar queso de San Simón, lo hará a la ida y la vuelta. Ya estamos en la recta final del camino; tenemos que darnos prisa para que no se nos haga muy tarde o de lo contrario la niebla que cae junto con la tarde nos hará más difícil el trayecto.

Al llegar al valle de Mondoñedo mi padre baja las ventanillas para que entre el aire. Huele a menta, de una forma profunda y mareante. Casi sin pensarlo mi padre detiene el coche en un pequeño saliente de la carretera y nos bajamos a mirar, da igual cuantas veces lo hayamos visto. El valle, inundado hasta el más mínimo de sus resquicios por millones de eucaliptos, forma un óvalo perfecto. Un sin fin de ondulaciones hacen decrecer las suaves montañas hasta llegar, en lo más profundo, al pueblo, del que pese a la distancia se vislumbra su imponente catedral.

La catedral de Mondoñedo anuncia que nos acercamos a Cangas, aunque aún hay que pasar por Lourenzá y Celeiro. Yo estoy cada vez más nerviosa porque se abre ante mi todo un verano con mis primos corriendo libre por el campo, dando un biberón hecho con un botellín de cerveza a los terneros recién nacidos, bajando a la playa, oliendo las algas que se secan al sol, subiendo por las rocas coger vígaros, zampeñas, pulpiños de roca…; a ser completamente libre, con una libertad que nunca volveré a experimentar, ni tampoco mis hijos, porque hoy día los coches impiden correr a los niños, porque tras la llegada de los turistas está prohibido mariscar, porque ya casi no hay huertas, ni establos…, pero si chalets de veraneantes que ni siquiera respetan las piedras de la arquitectura popular.

Cuando la antigua carretera se aproximaba a Foz, había un punto concreto, una casa gris con una gran hortensia azul en el lateral, en el que por primera vez se divisaba el mar, un mar azul e intenso que ya no nos abandonaría el resto del camino ni de las vacaciones, poco antes de llegar a ese punto mi padre comenzaba a carraspear y cuando la primera brizna de azul llegaba hasta su vista, gritaba a pleno pulmón

EL MAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRRRRRR

Y sabíamos que el verano siguiente volveríamos a Galicia.


viernes, 27 de enero de 2017

De los talleres literarios:

Me he permitido titular esta entrada de la misma manera que se titulaban antaño los libros, o mejor dicho sus capítulos, algo así como "De como nació Lázaro, y de cuyo hijo fue". Aunque también lo podía haber iniciado con un clásico "Oh", como los antiguos oradores romanos, que estudiábamos aquellos que aún tuvimos la suerte estudiar latín. Y bien, ¿por qué lo he hecho?, muy sencillo, porque para mi la Literatura es básicamente eso, los grandes clásicos, antiguos y modernos, el buen narrar de historias, y el magnífico manejo del lenguaje. Aunque viendo mi desigual experiencia con algunos talleres literarios, se ve que no lo es para el mundo.

Os cuento:

Comencé a escribir muy temprano (aunque me haya cundido poco), con unos doce o trece años, como la natural prolongación a mi pasión por la lectura. Me presenté, con poco éxito, a mi primer concurso a los dieciséis, y me plantee por primera vez la posibilidad de tratar de publicar algo a los veinte. Fue en ese momento cuando, la verdad por casualidad, oí hablar por primera vez de los talleres literarios; fue un anuncio en El País de los talleres de la extinta Escuela de Letras de la C/ Factor. En aquel momento no pude hacer ninguno, por precio y por horario, ya que estaba en la Universidad, pero que quedé con la idea, y como yo soy mucho de no quedarme con ganas de hacer nada que realmente me apetezca, retomé la idea cuando comencé a trabajar.

Como tenía que trabajar (un vicio que tenemos algunos, más que nada por aquello de pagar facturas y esas cosas) comprometerme a un curso presencial me pareció arriesgado, así que busqué talleres on-line, y así llegué a la Escuela de Escritores. Cursé curso anual de relato breve A, curso anual de relato breve B, y curso anual de relato avanzado, tres años de mi vida pegada a un portátil y viviendo una experiencia maravillosa. No sólo tuve una gran profesora, Isabel Cobo, sino también unos grandes compañeros. Sagui, F.J, Javier, Cristina... siempre que me siento a escribir me acuerdo de vosotros con mucho cariño, y me pregunto si vosotros también habréis continuado haciéndolo. Fue un grupo de trabajo muy especial, y la época más fructífera de mi vida en lo que a lo literario concierne, gracias a todos. Así que después de tan estupenda experiencia me lancé al curso anual de novela... que horror, apenas llegué a conocer a los compañeros, porque sinceramente tras los primeros y destructivos comentarios del profesor me borré, me negué a pagar más dinero por algo así.

En las escuelas de escritores te venden que todo el mundo puede escribir, que es sólo cuestión de técnica, y que no es necesario tener un talento especial. No estoy de acuerdo, si fuera así no hubieran existido los grandes escritores clásicos, que no tuvieron formación especial alguna. Pues bien, para ser profesor tampoco vale todo el mundo, no basta con saber escribir, hay que saber enseñar. A mi que me cuenten que se ha estado de charla con el escritor fulano o mengano, porque claro como él ha sido finalista del Nadal... pues como que no me aporta nada. Además, tras tres años escribiendo relatos a foro abierto, una está más que acostumbrada a las críticas, la crítica es buena, te muestra los fallos y te hace mejorar, pero siempre hecha de forma constructiva, no destructiva, algo que también muchos profesores (y más de un alumno) deberían aprender.

No sólo hay trolls y haters en las redes sociales.

Tras borrarme de aquel nefasto curso, un gran amiga (y gran poetisa) literalmente me arrastró un fin de semana con ella hasta Alcázar de San Juan, donde se ubica la Escuela de escritores Alonso Quijano. Hicimos un curso de Redacción y estilo, que me hizo volver a congraciarme con los talleres. Por cierto, creo que todo el mundo debería hacer un curso de redacción en algún momento de su vida.

De vuelta a Madrid, continué escribiendo y realicé un par de cursos presenciales más, está vez organizados por mi amiga, quien se lió la manta a la cabeza y creo la Escuela Tomás Gallego, con ayuda de Ramón Alcaraz del Desván de la memoria. Nuevamente fueron buenas experiencias, conocí a gente muy interesante, a los que simplemente les apasionaba escribir como a mi, sin más (y es que todo el que ha tenido un mínimo contacto con el mundo literario, sabe que hay mucho ególatra pagado de si mismo que sólo va a estos sitios a que le regalen los oídos. No fue el caso), y al propio Ramón, una de esas personas del mundo literario que realmente enseñan, animan y se preocupan por los escritores noveles.

Tras mi primera maternidad, que me obligó a un pequeño parón, tenía ganas de retomar la escritura, y me animé de nuevo con los talleres literarios. Otra vez volví a buscar algo que pudiera hacer desde casa, esta vez para poder combinarlo con el cuidado de mi hijo, y tras mucho buscar llegué a los Talleres de Relee. Que gran error.

En Relee lo primero de todo fue pedirme que les mandara algo que ya hubiera escrito, para garantizar que estaba al nivel del curso. ¿Perdón? Nunca me habían pedido algo así, y ya tenía algo de experiencia en el tema. Es un curso, se va a aprender, no es una candidatura al Nobel. Bueno, el caso es que lo mandé y me admitieron, en que hora.

Sus talleres funcionan casi de idéntica manera a los de la Escuela de Escritores, de hecho, la profesora nos contó que ella había sido la fundadora y se había marchado para crear esta nueva escuela. Pero no, no era lo mismo. En la Escuela de Escritores los temas, aunque largos, son amenos y didácticos, llenos de ejemplos que te hacen comprender la técnica para luego poder aplicarla al ejercicio quincenal; en Relee me parecían soporíferos ladrillos imposibles de acabar, ¡y soy licenciada en Derecho!, para que yo diga que algo es un ladrillo... era como una especie de magma de teoría y técnica absolutamente ininteligible, tardaba un siglo en leerlos y no sacaba nada en claro. Volví a leer temas de cursos anteriores, para ver si era yo, pero no. Luego estaba la profesora, ausente por demás, nos dejaba a nuestro libre albedrío, excepto eso si, para enviar las correcciones de los ejercicios. Que estaba muy ocupada decía, pues en otros cursos el profesor siempre estaba ahí, todos los días, para moderar y corregir. Decía que íbamos a aprender de leer y corregir a los demás, y de sus correcciones... sus correcciones, nuevamente digo que no todo el mundo vale para enseñar, todo lo que yo enviaba (tras conseguir saber que narices era lo que había que tratar de plasmar) era malísimo, me rayé y un día envié un relato que había escrito durante mis años en la Escuela de Escritores, relato que había corregido en su día con mi profesora, y posteriormente con Ramón Alcaraz, y me dijo que uff estaba muy verde, que notaba que estaba poco trabajado, sin comentarios.

Luego estaban las lecturas, de autores muy conocidos, en su casa, claro. Aunque mira por donde yo era la única que no los conocía, que mala suerte. A ver, en el mundo del "relatista" y de los talleres de relato breve hay una serie de autores que se suponen son el gran totem, todo el mundo los ha leído, te tienen que gustar por narices y son intocables, ejemplos de como escribir un relato perfecto, y que al final se repiten una y otra vez. Yo personalmente, como vuelva a tener que leer una sóla vez más en mi vida "La dama del perrito" de Chejov, me da un patatús. Y que decir de oh, los puñeteros "9 cuentos" de Salinger, que contra ya no me gustaron la primera vez los leí, ni "Dublineses" de Joyce, odio a Joyce, ni por supuesto el realismo sucio, no, no me gustan ni Wolf, ni Ford, ni Bukouski, ni por supuesto, el oh adorado e idolatrado, el gran Carver. Después de decir esto públicamente hay quien me va a apedrear, porque decir en determinados ambientes que no te gusta, sobre todo Carver, es como cagarte en la madre alguien, o más bien como ser tía y salir a la calle sin burka en Afganistan, una blasfemia. Pues no, no me gustan, y no se les ven de grandioso la de verdad.

Ah, y me olvidaba del gran totem del relato breve español, "Velocidad de los jardines" de Eloy Tizón, yo de verdad que aún le estoy buscando la genialidad por algún lado, y no se la veo. Ignacio Ferrando le da mil vueltas, y no tiene tanto pábulo entre los resabiados del relato breve.

En fin, el caso es que en Relee no caen en la mayoría de los lugares comunes propios de estos lares (cayeron eso los dichosos "9 cuentos", y hubo muchas referencias a Carver, como no), y te mandan leer autores de los que en muchas ocasiones yo reconozco, para escándalo de mis compañeros de curso, que no había oído hablar, y que de nuevo no me gustaron. Se supone que eran un ejemplo de como debíamos aspirar a escribir... pero si eran horribles, para nada lo que a mi me gusta leer. Y yo que pensaba que eso de si no puedes ser profundo se oscuro, sólo se aplicaba al mundo del Derecho. Luego, por ejemplo, nos mandaban leer un relato de Juan Carlos Marquez, que a mi me parecía genial, y lo destrozaban. Me sentía como un yanqui en la corte del rey Arturo.

Pero lo peor sin duda alguna, pero lo peor de lo peor, fueron los compañeros. Un atajo de ególatras megalómanos que se creían el próximo Cervantes, el García Márquez del s. XXI, o no, creo que a lo mejor estos autores les parecían demasiado comerciales y convencionales. No sólo tenías que comentar sus relatos por huevos, tuvieras o no tiempo de hacerlo, y además en profundidad, nada de hacerlo por encima, sino que además tenías que soportar como destrozaban los tuyos de forma nada constructiva. Y claro, como la profesora casi no asomaba por allí, los cuchillos campaban a sus anchas, me río yo de los trolls que comentan las noticias en Facebook, estos eran peores porque iban directamente a joder al personal. Unas trifulcas... porque claro cualquiera les tosía. A mi se me ocurrió decir que me había apuntado a un curso de relato breve, no de crítica literaria, y para que más, porque ya me tenían tirria porque se suponía que no comentaba con suficiente profundidad.

Hasta que me harté, era una mierda de curso, que me costaba dinero sin aprender nada, lleno de trolls, y que me estaba costando un precioso tiempo que no tenía. Además, era gafe, todos tenían algún problema de salud, en la vida había visto tanta gente con enfermedades junta. Cuando me di de baja estaba embaraza de mi segundo hijo, y en la semana 13 se desprendió la bolsa por completo y tuve que guardar reposo, estaba gafado.

Me di de baja porque me negaba a pagar más, y la respuesta general fue que claro, que iba muy justa para ese curso.

Como he dicho antes, en el mundo literario el ego campa a sus anchas, pero a algunos les infla más que un globo aerostático. Hace unos años, hice un curso sobre Dickens y Stoker en los cursos de verano del Escorial, y recuerdo que había quien interrumpía a los ponentes continuamente para mostrar cuanto sabía del tema, y el director del curso en un momento determinado dijo algo que me pareció genial, y muy bien puede aplicarse a lo que aquí estoy contando, hay gente que le encanta oírse a si misma y demostrar a los demás cuanto saben.

Recientemente, como no aprendo, solicité información sobre los talleres de Cursiva, la escuela de la editorial Random House Mondadori, me pedían que lo pagara todo al inicio del curso, cuando les dije que si podía pagar mes a mes, porque había tenido malas experiencias, no me contestaron. En fin, a ver que ya se sabe que es un negocio, pero se podían cortar un poco más.


Lo dicho al inicio, para mi escribir narrativa es contar buenas historias, como se ha hecho desde los albores de la humanidad, de manera que capten la atención del lector, y le dejen buen sabor de boca. No usar una y un millón de técnicas, que conviertan el continente en algo más importante que el contenido. Una buena prosa es importante, por supuesto, pero no hay que olvidar que un escritor actual de narrativa no es más que un juglar con un ordenador portátil.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Cuando Hitler robó el conejo rosa

Hace años leí un libro que se titulaba "Cuando Hitler robó el conejo rosa", en el una periodista británica, de origen alemán, narraba su infancia y adolescencia huyendo del nazismo y la II Guerra Mundial. De clase alta, apenas era una niña pequeña cuando, de forma apresurada, tiene que huir de Berlín junto a sus padres y hermano mayor ante el ascenso del nazismo, ya que están a punto de detener a su padre, un intelectual de izquierdas y judío. Dado lo apresurado de la huída se van casi con lo puesto, lo que la impide llevarse consigo su peluche favorito, un conejito rosa, de ahí el título del libro.

En un primer momento huyen a Suiza, a un cantón de habla alemana, donde viven seguros y felices un tiempo, sin embargo, su sobrevenida mala situación económica a consecuencia del hecho de ser refugiados, hace que marchen a París donde su padre encuentra un trabajo. Las cosas en Francia son al principio un poco más difíciles, no habla el idioma, no conoce las costumbres... Su madre se tiene que quedar en casa cuidando de su familia, algo que no ha hecho nunca, teniendo que aprender incluso a cocinar, porque siempre ha tenido servicio. Pero cuando todo va un poco mejor (menos en lo económico) Hitler invade Francia, por lo que inician un nuevo viaje, esta vez definitivo, al Reino Unido, cuando la protagonista ya es una adolescente.

Leí ese libro cuando tenía la misma edad que la protagonista al final de la novela, fue un regalo de mi abuela paterna. No sé muy bien como llegó a sus manos, y aunque ella durante la guerra civil española sólo se fue de Madrid a Valdepeñas (también siendo una adolescente), para evitar los bombardeos, se había sentido profundamente identificada con lo que contaba el libro, con el sentimiento de pérdida de la que ha sido tu vida que ya nunca volverá a ser igual. Y es que todas las guerras son al final la misma mierda.

Este libro ha vuelto a mi memoria los últimos días, tras ver un video en Internet (en un más que sorprendente y perfecto inglés) de un civil en Alepo despidiéndose del mundo, medio cagándose en la ONU, diciendo que saben que les van a matar, y preocupado básicamente por su hija. La historia de un país en el que el pueblo reclama democracia, y por ello se levanta, lo que acaba desembocando en una terrible guerra civil, en el que mueren miles de personas ante la pasividad del mundo, sin que nadie haga nada, mirando para otro lado, y generando un gran oleada de refugiados que son hacinados en campos, puede ser la historia de Siria en 2016, o puede curiosamente puede ser la de España en 1936, sólo que esta vez ni siquiera hay brigadistas internacionales. ¿Cuál es la diferencia? pues no lo sé, a Franco le apoyó Hitler, a Bashar al Assad le apoya Putin, entre tiranos anda el juego. Puede que ni Madrid ni Guernica sean Alepo o Srebreniça, y que los republicanos que huyeron de España no fueran ni la mitad de los refugiados que han llegado a Europa en los últimos tiempos (aunque dieron lugar al mayor campo de concentración de la II Guerra Mundial, por delante de los de los nazis. Y por cierto, dormían en la arena de una playa en Francia, no tenían ni las tiendas de campaña que les dan ahora, y si, también había niños), pero desde luego la indiferencia internacional si que es la misma.

Me gustaría poder decirles a los ciudadanos sirios que el tiempo lo cura todo, pero cualquier español, al igual que cualquier bosnio, serbio, croata, macedonio, les podrá decir que no es así, que no hay décadas que cierren las heridas de una guerra civil, como mucho se envolverán en una amnesia colectiva para poder seguir adelante. Yo nací en 1978, y todavía hubo quien recordó que era nieta de un rojo, y no deja de ser llamativo que aún a día de hoy no se puede comentar abiertamente en España que la muerte indiscriminada de militantes, o supuestos militantes, de partidos de izquierdas en la España de Franco, fue declarada como genocidio por la ONU . Y es que después de la guerra no viene la paz, sino la victoria.

La guerra de España fue un ensayo de la II Guerra Mundial, esperemos que Siria no sea un ensayo de algo más, porque entre esta guerra, Putin, Trump, y el yihadismo, a mi la situación ya me empieza a dar muchísimo miedo.


Pero volviendo al libro sobre el que hablaba al inicio, me rompe el corazón ver a los niños huyendo de sus hogares. Yo tengo dos niños pequeños y pienso en como les afectaría vivir una guerra, tener que dejar su casa, su cuarto, sus juguetes como la protagonista, no puedo evitarlo se me saltan las lágrimas al pensarlo. Los niños siempre son niños, da igual su nacionalidad.  Y lo mismo me ocurre al pensar en los adultos, lo duro que tiene que ser dejar tu casa, tus cosas, tus recuerdos de toda una vida, para empezar de cero vete a saber cómo ni dónde. Y eso en el mejor de los casos, porque estarían vivos. Es algo que ha ocurrido y ocurre siempre en todas las guerras, y es una mierda. 

jueves, 13 de febrero de 2014

Hoy no voy a hablar de libros, sino de leyes.

Hoy no voy a hablar de libros, sino de mi otra faceta profesional, la jurídica.
Y es que la que estas líneas escribe, y que sueña con ser escritora profesional, es en realidad abogado. Podría decir que la abogacía es la profesión que desempeño para pagar las facturas, pero no sería cierto, tengo la grandísima suerte, esa que sólo disfrutamos unos cuantos afortunados, de dedicarme a aquello que me gusta.
Me matricule en la facultad de derecho por pura vocación, pese a los numerosos comentarios de mi entorno relativos a como con una media de 9 elegía una carrera para que sólo se necesitaba un 5. Pues porque era lo que me gustaba, y eso es algo que debe primar. Creo firmemente que a esta vida hemos venido a tratar de ser lo más felices posibles.
Y es que yo siempre, hasta donde me alcanza la memoria, he querido ser abogado o juez (si, en masculino, los nombre de profesión no tienen género. Es una reminiscencia del género neutro en latín, es lo que se denomina género epiceno). Estudie lo que me gustaba sin hacer caso a propios ni extraños, y tuve la enorme suerte de poder ganarme la vida ejerciendo la abogacía, algo que no es tan fácil como pueda parecer visto desde fuera, debido a costumbres tan extendidas como no pagar a los pasantes, hacer contratos mercantiles, y un largo etcétera de abusos laborales.
En mi caso concreto ejerzo la abogacía de empresa, que para mi es algo así como la cuadratura del círculo, ¿por qué? porque la abogacía de despacho es incompatible con algo tan fundamental como la vida misma. Horarios terroríficos, jornadas inacabables, plazos y más plazos, clientes histéricos, imposibilidad de vacaciones fuera de agosto… vamos, que no es lo más idílico del mundo. Sin embargo, el abogado de empresa tiene un contrato laboral (si, existen) con todo lo que ello implica (bajas, vacaciones, un salario mínimo, seguridad social, horarios medianamente razonables) pero sigue ejerciendo la abogacía.
Pero no sé porque el resto del mundo jurídico tiene una visión muy diferente de nosotros, la verdad, como si fuésemos menos abogados. Por ejemplo, recuerdo una conferencia del Decano del colegio de Madrid al que pertenezco (no la actual, ni el anterior, hace dos Decanos) en la que decía que el abogado de empresa al deberse a un solo cliente perdía la independencia propia de la profesión (¿perdón?) y que desvirtuaba los principios básicos de la abogacía, que era la profesión liberal por excelencia. Vamos, que éramos mucho menos abogado que el letrado que está en su despacho independiente haciendo exactamente el mismo trabajo que nosotros.  Ahora, eso si, las cuotas colegiales nos las cobran como a todos.
Otra vez, en una cena del Grupo de abogados jóvenes del Icam, me decían algunos compañeros que a veces habían pensado buscar trabajo en una empresa, sobre todo por los horarios, pero que claro que no querían dejar el ejercicio, y cuando yo les respondí que que tenía que ver, que yo pasaba juicios, y redactaba contratos, se quedaban perplejos. ¿Pero que se piensan que hacemos los abogados de empresa? ¿recursos de multas?
Toda esta reflexión viene al hilo de una reciente proposición de ley que pretende separarnos a los abogados, y que afortunadamente ha sido rechazada por el Consejo General del Poder General. A ver en que queda. Se trata de establecer el requisito obligatorio de la colegiación únicamente a los abogados que ejercen en despachos ¿por qué? pues porque hay, como digo, quien considera que por existir un vínculo laboral somos menos abogados.
Esta distinción además, nos cerraría las puertas de los Juzgados. No tiene ninguna lógica, nosotros conocemos perfectamente la empresa, y por tanto, somos quienes mejor podemos defender sus intereses en juicio. Es cierto que muchos abogados de empresa no tocan el procesal, y derivan todos los contenciosos a despachos externos, si, pero no es menos cierto que en la mayoría de despachos (por cierto, que se dice bufete, dicho así bu-fe-te, no bufet, que no son una barra libre) hay profesionales únicamente del asesoramiento, estableciéndose quienes se dedican ex profeso al procesal. Y es que hay abogados en despachos que nunca han usado su número de colegiado, porque jamás han pisado un Tribunal.
La norma realmente lo que pretende es que los abogados dedicados al asesoramiento no precisen colegiación, muy bien, pero al establecer como limitativo el vínculo laboral finalmente nos corta el paso a los Tribunales a los abogado de empresa, que para sorpresa de muchos, hacemos dicho trabajo.
Además, aunque no fuera así, la colegiación establece (y más ahora que se accede por examen) unos requisitos unificados de conocimiento y profesionalidad. Creo que todos debemos ser iguales.
En otros países ya existe esta diferenciación. Clásica es la diferencia existente en el Reino Unido entre Solicitors y Barriters, los primeros dedicados al asesoramiento y la asistencia a primeras instancias, y los segundos dedicados a los Procesos ante altas instancias. Nunca he entedido esa separación, ¿por qué cambiar de abogado a mitad de un procedimiento? No tiene ningún sentido.
Sé por mis compañeros de otros países que la situación se repite en muchos lugares. En Portugal no está bien visto que los abogados de empresa acudan a los Tribunales porque consideran que no tienen distancia con el pleito (precisamente eso es beneficioso, lo defiendes como si la empresa fuera tuya), en Francia también diferencian a los abogados procesalistas de los que no lo son, y lo mismo en Italia. De hecho, me comentaba una compañera de Italia, que ella se dedicó a la abogacía de empresa porque no aprobó el examen de colegiación.  Eso hace incurrir a las empresas en un doble gasto, pues cada vez que tienen un pleito precisan contratar a un despacho externo.
Si esta ley sale adelante se va a dar la paradoja de que aquellas empresas con grandes departamentos de contencioso dentro de sus Asesorías de empresa, no van a poder acudir a juicio debido a su relación laboral. O que si puedan hacerlo aquellos abogados de despacho, que en muchas ocasiones son asesorías empresariales externalizadas, pero que no se dedican en absoluto a temas procesales.

Ya veremos que ocurre.