domingo, 10 de mayo de 2020

La Gran Vía


Tardó unos instantes en poder apartar la mirada. No era en apariencia un imagen demasiado perturbadora, al menos no para la mayoría de la gente, una simple fotografía de la Gran Vía totalmente vacía por la epidemia del Coronavirus.

La visión de un Madrid vacío, atronadoramente silencioso, se había repetido hasta la saciedad en todos los medios de comunicación durante los últimos días, pero había sido aquella instantánea de la Gran Vía tomada desde la Plaza del Callao, enfocada desde lo que parecía ser un cuarto piso, lo que la había removido por dentro. Era como si hasta ese momento no hubiera tomado conciencia real de lo que ocurría, a pesar de saberlo.

La ciudad estaba apagada de risas, de voces, de gente apretujándose a las puertas de los teatros y las tiendas, de la riada humana que día si, día también, desembocaba a Sol desde Preciados y Carmen, como si no hubiera otro sitio en todo Madrid por el que caminar... estaba apagada de vida.

Madrid se moría.

Se morían sus calles sin gente, y sus tiendas vacías. Aquel lugar no era su Madríz, sino un fantasma que le había robado la cara, y gastaba una broma de mal gusto directa al corazón.

Cerró los ojos.

La Gran Vía fue el primer lugar que visitó cuando llegó por primera vez hacía ya más de 60 años. Esperaba encontrarse una gran avenida como la Kurfürstendamm de su ciudad natal, como Unter der Linden o la Friedrichstraße, pero para su sorpresa se encontró con una calle amplía si, pero que comparada con las arterias principales de Berlín no era más que una aprendiz de gran avenida, claro que entonces aún nadie la había explicado que en realidad no estaba más que en un poblachón manchego que había llegado a ser capital por mera casualidad y capricho de un rey.

Madrid comenzaba por aquel entonces a despertar de verdad a la vida, por fin habían quedado atrás el estraperlo y las cartillas de racionamiento, las miserias humanas y la lucha por la supervivencia, todo bullía, a pesar de lo cual pudo identificar en muchas personas las huellas imborrables que dejan las guerras, las mismas que ella llevaba tatuadas en el alma. Años antes su hermano mayor le contó como había venido al mundo en la mesa del comedor de su casa, cerca del aeropuerto de Tempelhof, por la noche y en medio de un bombardeo aliado, de manera que el parto les había impedido bajar al sótano del edificio; las bombas sofocaron el ruido de sus llantos. Su hermano nunca más podría oír un sonido fuerte sin sobresaltarse.

Sus primeros recuerdos eran los de una ciudad derruida, en medio de un país derrotado y avergonzado, en la que los niños correteaban entre los escombros porque no había ningún otro lugar para jugar, y donde más de una vez se encontraban con algún muerto. Un Berlín dividido en el que durante la postguerra se iba haciendo progresivamente más difícil encontrar comida, de manera que los americanos se la tiraban desde los aviones. Creció comiendo patatas con sabor a queroseno; suerte el día que había patatas.

Pero aquello había quedado atrás, tenía 20 años y la vida por delante. Estaba en un nuevo país, en el que para su sorpresa no se viajaba en carros tirados por burros, sino que había coches, y muy poca gente sabía bailar sevillanas, un país en el que rápidamente descubrió que hablar 3 idiomas si uno no era el español, no le iba a servir de nada.

Era martes, o puede que miércoles, habían pasado muchos años ya, pero era entre semana eso si lo recordaba claramente, y tarde, muy tarde, por lo menos eran las ocho y media, hacía un par de horas que había cenado, y aquella calle que se había vuelto loca buscando en el callejero, porque resulta que en realidad no se llamaba la Gran Vía, sino la Avenida de Jose Antonio, estaba repleta de gente. Paseando, en los bares, los cines, el metro... pero ¿qué ocurría? sin duda alguna una catástrofe, era lo único que lo podía explicar. ¿Se habría muerto Franco? ¿se habría declarado otra guerra? si es que lo sabía, no tenía que haberse atrevido a salir sola por el centro de la ciudad y tan tarde, si es que la podía pasar cualquier cosa, a quién se le ocurre.

Según se acercaba a la Plaza del Callao se agolpaban más y más personas, ¡Dios santo! cada vez estaba más asustada, ¿y si comenzaba a haber disturbios y la pillaba en medio? ¿y si cerraban las fronteras y no podía volver a su país? No podía más de la intranquilidad, de manera que se dirigió a un policía, y en su rudimentario español y como pudo le preguntó que era lo que ocurría, pero no parecían entenderla, no sucedía nada, era un día normal, uno más. Resultaba que la vida en Madrid nunca tenía fin, allá donde fuera, a cualquier hora, sobre todo si ese lugar era la Gran Vía.

Habían pasado muchos años ya, demasiados, pero sonrió para si al recordar aquella anécdota; en Alemania a las 6 de la tarde quitan las aceras, llevada décadas contando divertida a todos sus amigos españoles.

La voz de su hijo rompió sus pensamientos,

- ¿Pero qué vamos a hacer ahora? ¿cómo saldremos de ésta? es todo un desastre, la parte sanitaria terrible, y la crisis económica que vendrá después peor aún. No sé cómo vamos a poder seguir adelante, esto es el final del mundo tal y como lo conocemos.

- No te preocupes hijo - dijo ella después de soltar una carcajada, mientras apretaba para sí su teléfono móvil con la imagen de una Gran Vía desierta - ¡menuda tontería! saldremos como siempre se ha hecho, tirando hacía delante, siempre hacia adelante, que la vida no se para, haz caso a una anciana, no lo dudes.

#Nuestros mayores   

domingo, 29 de marzo de 2020

Naphta y Settembrini, un paseo por el alma humana

Naphta y Settembrini, son dos de los personajes secundarios de La Montaña Mágica, novela del alemán Thomas Mann que da título a este blog. Bueno, digo secundarios porque el protagonista indiscutible es Hans Castorp, pero todos los que hemos leído este libro sabemos que realmente se trata de una novela coral, donde las voces y pensamientos de los distintos personajes son las que generan el alma de la historia.

Escrita durante el periodo de entreguerras, realmente no estaríamos ante una novela al uso, realmente sería una nivola como diría Unamuno, pues el autor nos da una auténtica lección de filosofía a través de una radiografía de la Europa previa a la Primera Guerra Mundial.

La acción se sitúa en un sanatorio de los Alpes suizos, en Davos para ser más exactos, donde el protagonista va a visitar a su primo enfermo de tuberculosis y termina quedándose varios años. De alguna manera es la antítesis a la Muerte en Venecia, del mismo autor, donde asistimos a la descomposición física y moral de un hombre moribundo seducido por la vida, mientras que en La Montaña mágica, vemos a un hombre sano que se deja llevar por el hastío propio de quien no hace nada, de alguna manera por la muerte.

Es un libro de los que tiene fama de inabarcable, de "tocho infumable", y nada más lejos de la realidad. Y lo dice alguien que no se casa con los clásicos, no he pasado de la página 15 del Ulises, y lo digo abiertamente, no soporto a Joyce (no, tampoco me gustó Dublineses), sigo sin saber que le ve la gente al Guardián entre el centeno, y creo que el mundo de la narrativa breve puede seguir existiendo sin Carver.

Pero Mann es distinto. Al igual que Galdós en los Episodios Nacionales, hace una radiografía de la Europa del momento, y del futuro... es cierto que se hecha de menos un personaje español, pero que se le va a hacer. Si su novela dio nombre este blog, uno de sus personajes, ya lo he contado muchas veces, es el artífice que de mi pseudónimo, el Señor Albín, austriaco, el único personaje judío de la historia, en una Europa que ya huele el antisemitismo (no olvidemos que Mann, casado con una judía, tuvo que huir de Alemania al llegar los nazis al poder, y eso que ya había ganado el premio nobel). Elegí ese personaje por la coincidencia del apellido, Albín, porque también es del una parte de mi familia. Si, tengo sangre judía, y estoy terriblemente orgullosa de ello.

Si una vez más me he puesto a hablar de Mann y su Montaña Mágica, es debido al momento que vivimos, en el que parece que los fantasmas de Naphta y Serrembrini hayan resucitado, y todo español con acceso a Internet se haya convertido en un filósofo nato, aunque no tenga ni la más remota idea de quienes fueron los sofistas, da igual, ellos saben más que nadie de quienes somos, que nos pasa, a donde vamos, y como solucionar todos los problemas del mundo. ¡Un horror!

Porque si por lo menos tuvieran la decencia de guardárselo para ellos mismos algo ganaríamos todos, pero no, lo tienen que propagar a los cuatro vientos, especialmente en ese amplificador de tontos que es Twitter. Y habrá quien diga, bueno y esta mujer, acaso ella no nos están contando su punto de vista, si, es cierto, pero esto es un blog, están pensados para eso y quien entra a leerlo sabe lo que es.

En La Montaña mágica [ojo: spoiler] Mann acaba con la tontería supina de los personajes, su dolce far niente y su yo pienso, de un plumazo y en un par de páginas: se declara la guerra, llaman al protagonista a filas y le matan, pim pam pum, a tomar por saco tanta idiotez, y vemos que las divagaciones que hemos leído en las chocorrocientas páginas anteriores en realidad no eran un halago de la sabiduría humana, sino una sátira de la tontería supina que tenían encima los burgueses de la época, y que más les valía dedicarse a las cosas importantes.

Pues eso, que menos divagar, menos compartir cada átomo de vuestros pensamientos, y más estar a la realidad de la vida, que en este momento es que hay un puto virus que nos tiene confinados a medio planeta en casa, que ha pillado a todo dios desprevenido, que ningún gobierno ha reaccionado lo suficientemente rápido porque a todo el mundo le viene grande, que da igual el país o la ideología todos han reaccionado igual, que no es momento de reproches sino de actuar, y sobre todo que no juguéis a ser Naptha y Settembrini, primero porque no les llegáis a la altura de los zapatos, y segundo porque antes deberíais tratar de salir de la Caverna.

Podéis empezar por buscar Platón en Google, que al menos la cuarentena os sirva para algo provechoso.

martes, 24 de marzo de 2020

Sueños frustrados y pandemias globales

A mi abuelo materno le gustaba el fútbol, mucho, tanto que solía jugar siempre que podía con los demás chavales de su barrio en el descampado que había en donde hoy se levanta el edificio de Telefónica de la C/ Ríos Rosas de Madrid, justo enfrente de la Escuela de Minas (si, como ya he dicho más de una vez en este blog, existimos los madrileños de Madrid). Y debía dársele bien, porque un tarde le vio un ojeador del entonces Atlético de Aviación, hoy Atlético de Madrid, y le fichó para el equipo.

Pasó varios años jugando en el equipo juvenil, los fines de semana claro, entre semana trabajaba como aprendiz de sastre en la desaparecida sastrería Herranz, en la C/ Arenal*. Entonces el fútbol distaba mucho de ser el deporte de masas que es hoy, y los jugadores eran deportistas, pero de los de verdad, amateurs, a los que el club les proporcionaba la equipación y gracias (siempre decía que había nacido demasiado pronto), por lo que todos tenían que compaginarlo con un trabajo. Fueron varios años de entrenamientos y partidos, hasta que un buen día le anunciaron que ¡por fin! le pasaban al primer equipo.

Y entonces estalló la Guerra Civil....

Una guerra, además, en la que por desgracia le tocó luchar, y mucho, llegando a ser coronel del cuerpo de Carabineros, pero como decía Michael Ende en La Historia Interminable, esa es otra historia, y debe ser contada en otro momento. Cuento ésto, porque en los últimos días no paro de leer en las redes sociales historias de personas llorando digitalmente por las esquinas de la red de redes.

¡Oh (emulemos un poquito los discursos de Cicerón) que cruel destino el de los españolitos de a pie!, que por culpa de la mala fortuna se han visto confinados a vivir recluidos en sus hogares, provistos de electricidad, agua corriente, calefacción, y por su supuesto acceso a Internet. Que terrible destino les tenía preparado este año bisiesto, que en un aciago giro de la rueda de la vida han visto alteradas sus rutinas diarias para tener que adaptarse a una nueva realidad. Y no diré (ahora vamos a por las Catilinarias) que muchos son afortunados por poder teletrabajar, mientras otros ven peligrar sus trabajos, no diré que la suerte sonríe a aquellos que pueden quedarse en casa, principalmente porque tienen una, mientras otros viven en la calle o en un campo de refugiados, o simplemente tienen que jugarse la salud porque deben ir a trabajar. No diré que hay quien se queja de los deberes que mandan los colegios a los niños, mientras en algunos hogares no disponen de ordenador, ni diré que hay familias que aún se están tratando de recuperar de la crisis de 2008, cuando les viene a golpear de frente otra nueva crisis. No diré que hay quien se queja de vivir, mientras a otros muchos les ha venido a cortar su hilo la fatal parca. No, no diremos que en el primer mundo la gente llora desconsolada porque se aburre en casa, y no sabe que serie ver en Netflix o HBO (no quieran los dioses que abran un libro y comiencen a leer), mientras la plaga del apocalipsis comienza a llegar a países donde la mayoría de la población no tiene acceso a la cobertura básica más elemental, o siquiera agua limpia para poder lavarse las manos.

No, no diré nada de eso.

Simplemente diré que hubo otra generación que vio como sus vidas se cortaban de raíz, y sus esperanzas de futuro quedaban sepultadas bajo las bombas. Porque sobre todo en Madrid, nuevamente Madrid, fueron tres años de vivir agazapados, y esconderse día si, día también, en los sótanos o en el metro, con un palo entre los dientes para que las ondas expansivas no les rompieran los tímpanos, y pasando tanta hambre que en toda la ciudad no quedaron ni gatos, ni perros, ni pájaros...

Mi abuelo vio como de un plumazo sus sueños de infancia y juventud se iban al traste, y cambiada la pelota por un fusil. Mi abuela paterna, también madrileña, siempre decía que a ella la habían robado tres años de su vida*. Por decir algo, porque como bien plasmó Fernando Fernán Gómez, después de la guerra no vino la paz, vino la Victoria.

Y hablo del sitio de Madrid, porque es aquello que me contaron de primera mano, pero que seguro tuvo que ser un juego de niños comparado con, por poner un ejemplo el cerco de Stalingrado.

Pero aquí todos llorando por las esquinas de Facebook, Twitter, Instagram, y lo que se ponga por delante, porque no podemos salir a la calle. Es agobiante, lo sé, yo he pasado previamente mucho tiempo encerrada en mi casa por circunstancias que no vienen a cuento, aunque en mi caso el tener un mundo propio interior, siempre me ha ayudado mucho. Tal vez es que algunos temen encontrarse consigo mismos y descubrir que están vacíos, que no hay nada, sólo una carcasa de piel y huesos que alberga en su interior un ente mezquino al que sólo preocupa su propia satisfacción y felicidad personal.

Ay, que razón tenía Hobbes cuando pronunció aquello de homo homini lupi. Pero es que en las redes sociales esta expresión ha alcanzado nuevas cotas hasta ahora desconocidas por el alma humana. Y eso que no estoy entrando a valorar a los que se ponen a discutir de política, incluso en esta situación, esos son ya una raza aparte, un nuevo eslabón evolutivo, porque desde luego serán homos, pero no tienen nada de sapiens.

Así que por favor, dejad ya de quejaros y escribir subnormalidades, y preparémonos para trabajar duro cuando venzamos a este enemigo invisible, recordemos que tras la guerra viene la postguerra, y ésta siempre es más dura.

* Como sabrán quienes lo hayan leído en "Con aire insolente" hay dos relatos inspirados en la vida de mi abuelo "El sastre y el rey", ya que aparte de futbolista fue el sastre de Alfonso XIII, y "La locura del silencio", además, el relato "El Museo del Prado" está libremente inspirado en un episodio de la vida de mi abuela.

lunes, 16 de marzo de 2020

El cuento de Pedro y el lobo: cuando Europa contuvo el aliento.

Para quien no conozca el cuento de Pedro y el lobo, les diré que era uno de mis favoritos siendo niña.

Lo escuchaba, como no podía ser de otra manera, en un disco de vinilo de 45 revoluciones (para los Millenials, unos que eran más chitititos),  mientras pasaba las páginas de un cuento que ilustraba la historia. No, no teníamos Netflix, ni Youtube, ni falta que nos hacía. Con unos simples cuentos acompañados de un vinilo nos bastaba para soñar y estar entretenidos por un buen rato. Aún recuerdo aquella voz femenina, por supuesto en el español de México, que era donde se doblaba todo el material infantil en aquella época, diciendo, "pasen la página cuando escuchen la campanilla" (por favor, óiganlo en sus mentes con el suave acento de las películas de Disney de nuestra infancia.)

Tengo que confesar que en realidad no soy tan mayor (aunque haga más de una década que me tiña las canas), y los cuentos con sus correspondientes vinilos eran de mi padre. A mi de primera mano lo que llegó fue el revival ochentero, los Cuentacuentos, que básicamente venían a ser lo mismo pero con un cinta de Casette. Por si alguien se lo está preguntando, si, aún los conservo todos, ambas versiones, la original y la remasterizada. Puedo colgar testimonio gráfico si alguien no me cree.

El caso es que no es que sea presa de un ataque de nostalgia, de ese paraíso perdido como diría Dámaso, pero sí que no he podido evitar en los últimos días que el cuento de Pedro y el lobo haya venido a mi mente. Y no es por la asociación de animales con instrumentos (ese oboe, ese chelo, que nos anunciaban la inequívoca llegada de alguno de los protagonistas), sino por el argumento principal, ese que "viene el lobo, que viene el lobo", que anunciaba Pedro de manera engañosa, de manera que cuando llegó el lobo de verdad nadie le creyó.

Eso es lo que en cierta manera nos ha pasado a los europeos en general, y a los mediterráneos en particular (me van a permitir que haga mía esa genial frase de la oscarizada película Mediterráneo, "un mismo mar, una misma patria"), que de tanto decirnos que venía el lobo, cuando ha llegado de verdad no nos lo podemos creer.

Y es que en una cultura donde la calle y la vida es la social conforman el núcleo de nuestro ADN, la mayoría aún nos estamos pellizcando para poder creernos que estamos confinados en casa. Porque si, esto no es Corea, ni China, ni Irán, aquí han tenido que mandar al ejército para meternos en nuestras puñeteras casas. Ahora eso, si, cuando nos dejen salir que tiemblen los bares.

El problema es que primero fue la gripe A, que vienen el lobo, nos dijeron, y entonces las empresas montaron gabinetes de crisis, colocaron dispensadores de gel desinfectante por todas partes, los gobiernos compraron dosis ingentes de un medicamento milagroso contra el bicho opresor, que finalmente se quedaron almacenadas por siempre jamás.

Luego vino el Ebola, que viene el lobo, nos volvieron a gritar, y entonces seguimos con preocupación como la enfermedad avanzada por África arrasando todo a su paso, hasta el punto que hubo 2 casos en España, para los que habilitaron toda un planta del Hospital Carlos III de Madrid, se crearon nuevos protocolos, la gente contuvo el aliento, y al final en Europa no pasó nada.

Después llegó la gripe Aviar (¿o fue antes que el Ébola? no lo sé, la verdad no me acuerdo) las personas enfermaban por el mundo, en lo que parecía ser la amenaza de la gripe definitiva. Pero ahí quedó todo. Y el Sars, otra vez el lobo.

Ah, y antes de todo eso no nos olvidemos de las vacas locas, a cuya costa sacrificamos en toda Europa miles de reses. Pero bueno eso como principalmente fue en Gran Bretaña no nos importó mucho, se ve que el mal querer entre la isla y el continente viene de antiguo.

El caso es que cuando nos han gritado que viene el lobo, y además otra vez de China, que manda narices, a ver si están ya quietecitos de crear tanto bicho raro, y venía de verdad, no nos lo hemos creído. Ni nosotros, ni nuestros gobernantes, ni nadie. Sólo un pobre oftalmólogo en Wuhan pareció verlo venir, aunque de nada le sirvió porque las autoridades chinas (por si a alguien se le ha olvidado, China es una dictadura, y de las chungas) le silenciaron, y luego el pobre encima murió.

El lobo avanzaba impasible desde China hacía el resto del mundo, y los europeos como siempre lo veíamos por la televisión. Reconozcámoslo, los europeos siempre vemos las cosas por la televisión, más que nada porque lo realmente grave siempre pasa allende nuestras fronteras. Hasta que, oh, tocó territorio europeo. ¡Qué ya está aquí el lobo!, nos comenzaron a gritar, pero entonces dijimos, bah, eso es como otra gripe, más que nada porque nos habían gritado tantas veces que ya estábamos sordos. Para cuando el lobo nos ha comenzado a devorar, ha sido tarde, porque además unos supuestos pseudo liberales (madre mía si los liberales de verdad, los del s.XIX levantaran la cabeza y vieran como toman su nombre en vano...) habían recortado los puestos de leñadores, privatizado la gestión del bosque, y los recursos que tenían las ovejitas y su pastor, para defenderse estaban bastante mermados, es más, el lobo avanzó tanto que se cambió de cuento y se comió a la abuelita, sin que Caperucita pudiera hacer nada porque no podía ni ir a verla.

Esta crisis nos ha pillado con el paso cambiado, y nos ha hecho recordar a todos que aunque no lo vivimos, sólo una generación nos separa de la postguerra y el hambre, y hemos visto como en el imaginario colectivo están grabadas a fuego las cartillas de racionamiento y el estraperlo, lanzándose gran parte de la población a acaparar alimentos de manera compulsiva.

Lo que más me ha dolido de esta crisis, que nos tiene confinados a italianos y españoles en casa, es que la Unión Europea ha mirado para otro lado. Puede que sea una ilusa, pero soy europeista, y lo único que han hecho es esperar que les llegue el Coronavirus (si, lo nombro, esto no es una novela de Harry Potter donde el malo es literalmente quien no puede ser nombrado), y cuando Italia les ha pedido ayuda, sobre todo material médico han mirado para otro lado. Es más, ni siquiera se han puesto a tomar medidas serias para con sus propios ciudadanos, y eso que saben que en breve le llegará, porque como la Peste negra, este virus ha hundido fuerte su garra en el viejo continente, cuyos ciudadanos lo único que podemos hacer ahora es contener el aliento, y aguantar psicológicamente lo que podamos.

Un dato, en la última epidemia de Peste negra murieron tantos europeos que los señores feudales se quedaron sin mano de obra y tuvieron que empezar a pagar para conseguirla, fue el final de los siervos;  y como afectaba más a hombre que a mujeres, tuvieron que limitar en parte la antigua figura romana del pater familias, de manera que en aquellas familias donde sólo quedaron mujeres se les permitía tener derecho de propiedad sobre las tierras, y ser en definitiva independientes, fue el inicio de la liberación de la mujer.

Aunque parezca increíble, de todo siempre sale algo bueno, y antes de que nos demos cuenta, estaremos como al inicio de Aida, cantando "Retorna vincitor".

Ah, y por supuesto les vamos a demostrar al resto de europeos, esos estirados bárbaros del norte, que los pueblos mediterráneos tenemos algo de lo que ellos carecen, que sabemos improvisar y sobre todo que tenemos una gran capacidad para gestionar el caos, pues al fin y al cabo es un poco nuestro día a día.

Lo malo va a ser la crisis que va a venir después, algo que no sé si vamos a poder levantar a base de tapas.

martes, 16 de julio de 2019

Morirse al sol

"Morirse al Sol" de Isabel J. Romero, es una novela magníficamente escrita, conformada por una serie de historias cortas protagonizadas por el personaje de Juanillo, un simpático niño al que vemos crecer a lo largo de la obra, y que con sus relatos nos traslada a la Córdoba rural de mediados del siglo pasado.

Probablemente para mucha gente joven la realidad de Juanillo le resulte trementamente lejana, como si fuera de otro mundo, pero hay que recordar que no ha pasado tanto tiempo. Por mi edad, yo no he conocido esa época, pero si que he escuchado historias muy similares de la boca de mi madre, nacida y crecida en una aldea del Lugo más profundo en plena postguerra. Casas sin agua corriente, con una sóla bombilla (bueno, en el caso de mi madre ni eso, no había luz eléctrica, se alumbraban con carburo), casas de pueblo que se caen de puro viejas, y en las que los animales conviven con los humanos, haciendo la doble función de procurar alimento y retrete, pues lo único que había en aquella época para según que menesteres era el corral. Tiempos de gentes sencillas, pero en la que las personas eran probablemente más felices, donde no tenían de nada, salvo su dignidad.

A través de los ojos de Juanillo contemplamos las manos de su madre peladas de fregar y lavar a mano, y en carne viva por encalar con las manos desnudas, no en vano gasta sus primeros ingresos, haciéndole los deberes al hijo del Notario, en comprarle unos guantes de plástico. Vemos como se cuela con su abuela en el circo porque no pueden pagar la entrada, y a un padre deslomado de tanto trabajar en el campo, unas gentes con la ropa remendada y para los que unos simples torreznos son un lujo.

Juanillo es la autora, y el libro su infancia, una infancia llena de privaciones, pero que nos retrata increíblemente feliz. Los abuelos, los primos, los amigos, el amor de sus padres, son más que suficiente para él, pero es un niño listo, tanto que es consciente de que tiene que haber otro mundo más allá del pueblo, y que la única manera de alcanzarlo es matándose a estudiar para conseguir una beca en un internado. No se nos cuenta que fue de Juanillo más allá de la primera adolescencia, pero la autora ha sido maestra.

Nadie debería olvidar de donde venimos, porque esa España está más cerca de lo que muchos piensan, la autora podría ser mi madre, tengamos presente que sólo una generación nos separa del hambre y las privaciones.

Me ha gustado especialmente la parte en la que van a Madrid a una boda, y descubren Galerías Preciados con sus escaleras mecánicas, la ducha, el metro...  mi abuela paterna, madrileña de pura cepa, recordaría toda la vida como su suegro, oriundo de Berlanga de Duero provincia de Soria, se presentó en su boda en la basílica de San Cayetano en 1948, vestido con traje regional. Un abismo separaba ambos mundos.

Muchas partes me han recordado también a la última película de Almodóvar, "Dolor y gloria", primero por el tinto autobiográfico, y segundo por las similitudes en la historia, las casas encaladas, la dignidad del pobre, los primeros descubrimientos, la beca de estudios, la madre que sabe que a su hijo le puede aguardar otro destino que no sea la era...

En definitiva, una lectura más que recomendable, e incluso diría imprescindible.

Un sólo apunte más, Isabel, es una pena que no comenzaras a escribir mucho antes.


jueves, 9 de mayo de 2019

Paseando "Con aire insolente" por las librerías:


Hace un par de meses decidí, por decirlo de alguna manera, llevar a mi libro de paseo por varias librerías del centro de Madrid, con la intención de intentar que lo incluyeran entre los títulos de sus estanterías. Este fue el resultado:

- Bajo el Volcán: cuando hacía las tertulias en el café Barbieri me encantaba esta librería, recuerdo que al acabar siempre íbamos a revolver y encontrar tesoros. Es un local pequeño pero con material tremendamente escogido, tienen discos, películas y como no, libros. He tenido grandes charlas con el propietario sobre los grandes genios de la ciencia ficción... pero el caso es que cuando fui con mi libro debajo del brazo la persona que me atendió me dijo que el dueño no estaba, pero que no lo iban a pedir a la distribuidora, que eran muchos autores los que les visitaban por el mismo motiv0, y para resumir que me fuera por donde había venido.

 - Burma: cuando les digo el motivo de mi visita, me ponen cara de odio infinito, y me tienen algo así como tres cuartos de hora soltándome un discurso sobre el poco futuro que me auguran en el mundo literario, y ya cuando les digo que el libro lo publica Bohodón ediciones, es el acabose porque resulta que ha ido esa semana otro autor de la misma editorial y por el mismo motivo.

Básicamente me vienen a decir que la mayoría de lo que se publica ahora es una basura, que no piensan perder el tiempo leyendo mi libro, que por qué tendrían que hacerlo, por qué leer y recomendar el mío y no otro, que se publica muchísimo y hay mucha autopublicación que viene hasta con faltas de ortografía (les intento explicar que no es una autopublicación, sino una edición tradicional, pero como el que tiene un tío en Cuenca), que los libros de autores desconocidos no se venden y no se van a esforzar por venderlo porque ellos no tienen porque hacerme publicidad, ah y que si quiero lo que si pueden hacer es organizarme una presentación porque además como el local es pequeño si va poca gente no se nota mucho, ¿perdón?, que estoy en mi puñetera ciudad, donde vive toda mi familia y amigos.

Sin comentarios.

Como soy educada, me encanta hablar con la gente y tengo el optimismo grabado a fuego en los genes, les doy las gracias y salgo con la cabeza bien alta.

La verdad es que se pasaron bastante, deprimirían a cualquiera. Yo creo que no les va bien el negocio y lo pagaron conmigo, sino, no se explica.

- La Fugitiva: todos los madrileños culturetas de pro, hemos ido alguna vez a tomar algo a este maravilloso café-librería, donde los buenos libros cuelgan de las paredes arropándote mientras disfrutas de una buena conversación. La persona que me atiende, que parece el dueño, es extremadamente amable conmigo (lo cual agradecí infinitamente tras el vapuleo de Burma), me deja hablar, ojea el libro, dice que tiene muy buena pinta y una edición realmente cuidada. Luego me dice que no trabaja con la distribuidora, una lástima porque si no lo pedía. No sé si era una excusa, pero por lo menos me trató con educación y cortesía, y me deseo mucha suerte.

- Méndez: que decir de la librería Méndez que todo ávido lector de libros no conozca ya. Todo un clásico de Madrid, donde es realmente fácil encontrarse con, por ejemplo, Javier Marías.

La persona de caja me remite al dueño, quien me mira por encima del hombro perdonándome la vida como si fuera la mayor piltrafa del Universo. Apunta el nombre del libro en un folio y me dice, claramente para que me vaya rápido y sin molestar que lo pedirá. Fue terriblemente humillante.

Le he dicho a todo el mundo que conozco que no vuelva a comprar allí.

- Mujeres: Mujeres es la librería del partido feminista, y todo un referente en mi vida (si, soy feminista y a mucha honra). Es el lugar al que siempre voy a comprar libros cada vez que voy al centro, una parada obligada.

La persona que me atiende dice que no está la dueña y que no puede coger más libros en depósito, porque ya tienen muchísimos. Le aclaro que no quiero dejar el libro en depósito, sino tratar que lo pidan a la distribuidora puesto que se trata de un libro de temática femenina que encaja a la perfección con la filosofía del local. Me escucha atentamente, lo hojea, apunta el nombre del libro, de la editorial, de la distribuidora y me asegura que lo van a pedir.

No he ido a comprobarlo, pero me tengo que pasar un día preguntando por él.

- Mujeres & compañía: es la librería de la asociación feminista del mismo nombre, cuyo objeto es dar a conocer la escritura femenina y hacer visibles sus aportación a la civilización. Conocí esta librería en enero, tras acudir a una sesión literaria organizada por la Asociación de escritores noveles en el café Fígaro, y la verdad es que es un sitio con mucho encanto que merece la pena conocer, uno de esos rincones maravillosos que deparan las callejuelas de Madrid.

Fueron extremadamente amables conmigo, remarcaron que si las librerías pequeñas no ayudan a los escritores que empiezan quien lo va a hacer (aleluya), que nos tenemos que ayudar mutuamente porque autores y libreros se necesitan mutuamente. Por cierto, salí de allí con una novela bajo el brazo, mucha librería estaba pisando yo sin comprar nada, jajaja


Nota para los libreros: sin autores no habría libros ni librerías. No se puede vivir de publicar sólo clásicos, sin nuevos autores la Literatura se moriría, y con ella vuestro medio de vida. No todo el mundo nace siendo un escritor consagrado, hay que empezar desde abajo y tratar de labrarse un camino, a modo de ejemplo decir que Pablo Neruda tuvo que autoeditar su primer libro. Los autores somos quienes en cierta medida sostenemos vuestro negocio, nos necesitáis porque no podéis producir vosotros mismos los textos, además, somos vuestra principal fuente de ingresos ya que todos sin excepción somos ávidos lectores. Como mínimo, nos deberíais tratar con respeto y educación, porque además como decían en Armas de mujer el capullo de hoy puede ser el magnate de mañana, y no sabéis que autor desconocido estará algún día detrás del próximo súper ventas.


miércoles, 20 de marzo de 2019

Hombres, de Angélika Schrobsdorff

Recientemente llegó a mis manos la novela Hombres, de Angélika Schrobsdorff, autora también del gran éxito editorial Tú no eres como otras madres. Lo primero que ha llamado mi atención es que, aunque se acabe que publicar en nuestro país, Hombres fue su primera novela, y Tú no eres como otras madres no fue escrita hasta décadas después, cuando precisamente la primera parece una continuación de la segunda, es más, me atrevería a decir que ambos relatos se deben leer como un todo, pues donde acaba la historia de la madre comienza la de la hija.

Y es que hay partes de Hombres que realmente no se llegan a comprender del todo si previamente no se han leído otros libros de la autora. Sin esas referencias, este primer libro no es más de una sucesión de las historias amorosas de la protagonista, a lo largo de su adolescencia y primera juventud, sin mayor interés que asistir a la contemplación del verdadero significado de la liberación de la mujer. Completado con Tú no eres como otras madres, Hombres es el relato de un alma herida que busca consuelo en los brazos equivocados, que sólo quiere un rinconcito en el mundo donde recomponer su espíritu y dejar de vagar sóla por el mundo tras la terrible devastación de la II Guerra Mundial.

Ya comenté en este blog la profunda impresión que me causó la lectura de Tú no eres como otras madres, pues la autora nos narra una historia, su historia, enmascarada en la excusa de trazar una biografía sobre su madre, con un punto de vista sobre un conflicto bélico tan sumamente traído y llevado hasta ahora prácticamente inexplorado, el de la población civil alemana que no estaba de acuerdo con el nazismo.

Se da la circunstancia de que la autora es medio judía, pero eso es algo puramente anecdótico en su vida, pues bautizada en la fe de su padre y criada en una familia alemana protestante, no descubre la religión de sus abuelos maternos (su madre se convierte al cristianismo) hasta bien entrada la adolescencia. Por lo que el relato es doblemente crudo.

La publicación de Hombres en la Alemania de los años 60, supuso un gran escándalo, lógico si pensamos que leído en el 2019 sorprende la "libertad" con la que la protagonista encara su vida, normal que hace varías décadas, y en una sociedad tan conservadora como la Alemana, levanta ampollas entre los "defensores de la decencia".

Si Tú no eres como otras madres, es una declaración de amor a una madre, que desde luego en nada se parece a otras, Hombres es una declaración de amor a la vida, y ambos son el grito de auxilio de una superviviente herida.

Y nuevamente no cuenta que pasó con su hermana Bettina.

martes, 22 de enero de 2019

Publicar un libro: "Con aire insolente" de Bohodón Ediciones.


En reiteradas veces a lo largo de distintos post he comentado que escribo, que me gusta escribir, que la narrativa es mi gran vocación y la tabla de salvación que me mantiene siempre a flote... bueno, en realidad esa necesidad interior fue lo que llevó a abrir el blog hace ya años. No en vano lleva el título de, para mi, una de las mejores novelas de la Historia de la Literatura, y como también he explicado en más de una ocasión, firmo como El Señor Albín, no sólo por el personaje de dicho libro, es más, podía haber escogido otro personaje con mayor protagonismo, pero me decanté por éste por la curiosa casualidad de que mi bisabuela también se apellidaba Albín (y sí, como el personaje también era judía).

También he hablado en esta, mi pequeña y particular Montaña mágica, en la que como Nafta y Settembrini divago y filosofo sobre cualquier tema que tenga a bien captar mi atención, sobre mi relación con los talleres literarios, así como de mis intentos, hasta ahora infructuosos, de publicar mi primer libro, una colección de relatos cortos.

Pues bien, puedo decir ya alto y claro que soy escritora, porque por fin he conseguido publicar un libro (parece que hasta que no se publica, por mucho que una persona tenga escrito, no se puede considerar a si mismo como escritor). Y lo he publicado de manera tradicional, no es una autopublicación, ni una coedición, circunstancias que como ya he comentado aquí otras veces no quería asumir, me parece una falacia, un autoengaño del autor. Si no consigues publicar, puede que no sea tu momento, deja la obra reposar, dale una vuelta e inténtalo de nuevo, pero no caigas en el engaño de la coedición, y no autopubliques a la primera de cambio.

Además, para mi la simbiosis autor/editor es la esencia verdadera de Literatura, cuantos grandes autores no lo serían tanto sin la labor, oculta siempre, del buen trabajo de su editor. Famoso es el caso de Raymond Carver, quintaesencia del Realismo sucio norteamericano, cuyos relatos fueron cercenados sin piedad por su editor, dando lugar a lo que conocemos hoy día desde un original bastante alejado precisamente de esa prosa tan característicamente carveriana (aunque en este caso tan extremo, siempre he tenido la duda de a quien se le puede considerar el verdadero autor), o el caso de Harper Lee quien reescribe su "Ve, y pon un centinela", por consejo de su editor, cambiando el punto de vista y con ello la voz del narrador, pasando de la visión de un adulto a una visión infantil, dando lugar al genial "Matar a un ruiseñor".

Es algo que se da en muchos géneros. No menos conocida es la transformación que hizo Verdi del original Trigoletto, al final Rigoletto, cambiando no sólo el título, sino añadiendo un área más, la archifamosa La donna e movile, porque, aquí me van a disculpar pero no recuerdo bien si fue su editor, Ricordi, o su no menos genial libretista Arrigo Boito, quien le dijo que le parecía a la obra le faltaba algo.

Además, la editorial es un soporte para el autor y el libro, un ente que debe arroparte, y si no lo hace, es que no hace bien su trabajo.

Que conste que no desprecio la autoedición, es algo a lo que el mercado aboca a muchos autores, sobre todo en géneros con menos ventas como la poesía. El mismísimo Pablo Neruda tuvo que autoeditar sus primeros libros, pero yo buscaba otra cosa.

Así, tras muchos intentos, y sobre todo muchas correcciones del manuscrito original (de hecho, poco han modificado en la editorial) he publicado mi primer libro de relatos cortos: "Con aire insolente" con la editorial Bohodón ediciones. Gracias Marisa y José Luis por dar una oportunidad mi libro.

El título es un verso de El estudiante de Salamanca, la versión del mito de Don Juan de José de Espronceda, en concreto del pasaje en el que el protagonista descubre que está muerto:

"Calado el sombrero y en pie, indiferente
el féretro mira don lix pasar,
y al paso pregunta con su aire insolente
los nombres de aquellos que al sepulcro van.

Mas ¡cuál su sorpresa, su asombro cuál fuera, cuando horrorizado con espanto ve
que el uno don Diego de Pastrana era,
y el otro ¡Dios Santo!, y el otro era él…!"

Porque, ¿qué título se le pone a una colección de relatos cortos? la elección del poeta tiene mucho que ver con ese sastre protagonista de dos de los relatos incluidos en el libro, pero para saber el por que tendréis que esperar a esa novela que algún día escribiré sobre su vida. La elección de la obra de entre todos sus títulos, obedece más a mis gustos personales, me fascina el mito de Don Juan, y el verso en concreto me pareció muy sonoro, y sobre todo que daba mucha fuerza a todas esas mujeres que pululan especialmente por el segundo bloque de relatos.

Y nada más, aparte de dejaros aquí la magnífica acuarela que Eduardo Estrada, un buen amigo, ha tenido a bien pintar para la portada.

Sólo añadir, que todos aquellos ya hayáis leído el libro sois libres de dejar aquí vuestros comentarios sobre el mismo, ya sean bueno o malos, pues precisamente de las mejores críticas negativas (siempre constructivas) son de las que más se aprende.

Espero de todo corazón que os guste.

La imagen puede contener: una o varias personas y texto

miércoles, 28 de noviembre de 2018

La revolución de los seriéfilos:


De un tiempo a esta parte se viene hablando de la época dorada de la ¿televisión?, ¿seguro qué es televisión? yo ya no lo tengo tan claro. La televisión venía siendo hasta la fecha aquello que emitían en los distintos canales, bazofia en su gran mayoría que relegaba productos de calidad, como películas de autor, a altas horas de la madrugada, y que maltrataba sin remedio la emisión de aquellas series que no fueran objeto de audiencias millonarias (como olvidar que en su día La2 no llegó a emitir el último capítulo de A dos metros bajo tierra...). Por tanto, aunque se empeñen en conservar el formato clásico las series de televisión, con capítulos de una determinada duración y la puesta a disposición por temporadas, sinceramente creo que estamos ante el nacimiento de un nuevo género. Está el cine, la televisión, y las plataformas de pago.

La tan cacareadas época dorada ha supuesto el trasvase del talento cinematográfico a la elaboración de series para la televisión y las plataformas de pago. Si el cine cuidaba los guiones hasta el punto de encargarlos a escritores de la talla de Faulkner o Hemingway, ahora esa factura tan cuidada en lo que a la historia se refiere se ha trasladado a las series. Por fortuna, no se ha perdido.

Muchos dicen que esta revolución comenzó con Doctor en Alaska a finales de los 90, pero yo creo que nos tenemos que remontar mucho más atrás, en concreto hasta los años 60, a Los Vengadores, serie que por edad yo nunca que visto salvo por referencias, pero de la que aún hoy se oyen ecos, sobre todo en lo que a estética se refiere. Y no hay que olvidar que la actriz que daba vida a la legendaria Emma Peel, Diana Rigg, es quien interpreta a la sibilina reina de Altojardin en Juego de Tronos. Los Vengadores se trataba de una serie de "espías" por decirlo de alguna manera, que bebía directamente del éxito las películas de James Bond de la época, y cuya influencia, sobre todo en lo que a los retorcidos planes de los malvados aún vemos en películas como Los Increibles o la saga de Gru.

Bueno y también en los 60 tenemos el Santo y el Fugitivo, cuyo capítulo final aún hoy sigue siendo el tercer capítulo más visto de la Historia de la televisión.

Si, hubo vida antes de Netflix y HBO, y había series igual de buenas.

En los 70 tenemos el Superagente 86, que me encanta, y Colombo. Como olvidar ese puro y esa voz, para mi el mejor detective de todas las series. Ah, y tampoco podemos olvidar Arriba y abajo, Starky y Hush o la sencillamente genial Mash. También es la época de Los Ángeles de Charlie o La casa de la pradera, pero reconozcámoslo, han envejecido fatal.

En los 80 el entretenimiento fue el gran protagonista, en el cine (dando lugar a las mejores películas para ver con palominas nunca más vistas) y también en la televisión. Hay quien dice que son muy planas y simplonas, sin ningún valor añadido, pero lo siento, no comparto esa opinión, todos los que vivimos los 80 sabemos que en 1972 un comando compuesto de los mejores hombre del ejército americano fueron encarcelados por un crimen que no habían cometido, no tardaron fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos, hoy buscados todavía por el gobierno sobreviven como soldados de fortuna, si tiene usted algún problema y los encuentra quizá pueda contratarlos, venga vamos todos juntos nananana nanana nanananan nanana ¡El equipo A!, jajajaja

A ver que si todos los capítulos eran iguales y replicaban la misma historia, nos daba y nos sigue dando igual, porque quien no haya tratado de construir una central nuclear con un par de clips y una tableta de chocolate, le haya hablado al reloj cuando tiene el coche aparcado lejos para ver si viene solo, y después de todo le encante que los planes salgan bien, no sabe lo que es la verdadera televisión. Y todo eso sin efectos especiales, ni presupuestos millonarios, y lo siento, por mucha expectación que haga generado la llegada, por fin, de Daenerys Targarian a Poniente, o la muerte de Khal Dogo o Ned Stark no es comparable, ni de lejos, al shock causado por la muerte de Chanquete,  y todos lo sabemos. Porque del barco de Chanquete, no nos moverán.

De aquella época también tenemos Canción triste de Hill Street, cuya música al igual de la Cheers, aún tienen el poder de hacer que me pare, cierre los ojos, y viaje en el tiempo. Canción triste de Hill Street, a mi modo de ver, supone un punto de inflexión, el momento en el que algo comenzó realmente a cambiar, los personajes comenzaron a tener más profundidad y los argumentos iban mucho más allá de simplemente tratar de hacer pasar el rato al espectador, y es que ese "tengan cuidado ahí fuera" sigue siendo de plena actualidad.

Creo que me enamoré por primera vez viendo Remington Steele, y encima luego Pierce Brosnan fue James Bond, para que más, arg... Fue la serie que hizo de la tensión sexual no resulta un arte, y sin la que no hubieran sido posibles Luz de luna, El Mentalista o Bones. Por cierto, no recuerdo haber visto el final... en fin. Por no hablar de que aún espero poder encontrar un hotel como el de la serie del mismo nombre.

Luz de luna, aparte de ser ya el inicio de la transición a los 90, y la catapulta a la fama de Bruce Willis (¡con pelo!), supone otro punto de inflexión en las tan manidas series de detectives, quién puede olvidar los versos de la señorita Topisto contestando al teléfono. Y lo mismo podemos decir de Se ha escrito un crimen, la mejor serie sobre una gafe que yo he visto, si una gafe, porque vamos era aparecer la señora Lansbury por cualquier sitio y morirse alguien, igual en que A dos metros bajo tierra, siempre sabes que en cada capítulo va a morir alguien.

Y en los 90 llegó la revolución, la televisión se vuelve culta y sesuda, y los giros argumentales dan para horas y horas de discusiones en los foros de la recién nacida Internet, ay, que sería de nosotros los frikis sin Internet.

El punto de partida real de esta nueva forma de hacer televisión es Doctor en Alaska, las aventuras y desventuras del Doctor Fleischmann en Cicely, son aún hoy insuperables. Serie llena de referencias cinéfilas y literarias donde las haya, supuso también el inicio del maltrato sistemático por parte los canales de televisión a las series de calidad para desesperación absoluta de sus seguidores. Se emitía los viernes a las 12 de la noche. Para poder ver todos los capítulos en orden me tuve que comprar hace años los DVDs. Sin comentarios. Dicen que quieren hacer un remake, habrá que ver si supera al original, que algunos aún tratamos de sintonizar en la radio el programa de Cris por la mañana en la K-Oso.

Tras Doctor en Alaska, llegó A dos metros bajo tierra, Los Soprano, The Wire, y las Chicas Gilmore. La nueva televisión ya estaba aquí para quedarse, eso si conseguías poder seguir el hilo de alguna debido a los continuos cambios de horario a los que eran sometidas. No conseguí ver en orden Sexo en Nueva York hasta la reposición en Divinity hace unos años. Un horror.

Pero llegó un momento en que los ya seriéfilos acabamos hasta las narices, queríamos ver esas nuevas series, hacerlo en orden y poder comentarlas, y ahí estaba esperándonos nuestro nuevo gran aliado: Internet, y comenzaron las descargas ilegales, de cuya única culpa tuvieron los canales convencionales.

Recuerdo que cuando Cuatro estaba emitiendo Queer as Folk olvidaron, si olvidaron, emitir el último capítulo de la segunda temporada. ¡Una season finale!, eso es imperdonable, los seguidores de la serie unidos y convocados a través un foro donde comentábamos los capítulos nos pusimos a llamar al canal como posesos, y conseguimos que lo emitieran un sábado, a las tres de la madrugada... La tercera temporada la pirateamos subiendo los capítulos al Megaploud, y quien esto escribe es una persona extremadamente respetuosa con los derechos de autor, pero llegó un momento en el que ver una serie de calidad con orden y concierto era imposible.

A través de la red de redes los fanáticos de la televisión nos descubrimos unos a otros, generándose todo un subgénero, los fanfic, continuaciones de las series escritas por los seguidores.

Luego están las esperas interminables, siempre tienen el don de dejarte la historia en el momento más interesante, ¿y ahora tengo que esperar a la semana que viene? o lo que es peor ¿a la emisión de la nueva temporada el próximo año?, un escándalo, y aquí vuelvo al inicio de este post, y es que la nueva forma de ver series bajo demanda a través de plataformas de pago, igualmente de la mano de Internet, si que ha sido toda una revolución.

Quien inventó Netflix, es un friki seriéfilo que estaba harto, no hay que ver que son los primeros a los que se la ha ocurrido la sencilla idea de estrenar las temporadas completas, sin esperas. Porque los seriéfilos no vemos series, nos las bebemos encadenando un capítulo tras otro, es más, yo suelo esperar a que acaben del todo para verme del tirón las X temporadas que corresponda.

Veo lo que quiero y cuando quiero, no tengo que depender de estar pendiente de un horario de emisión (bueno yo siempre he programado la grabación y luego lo he visto cuando he considerado), ni en muchos casos una semana, al estrenarse, como digo, muchas series por temporadas completas. Y yo es que aún no entiendo como puede haber series que respeten ese formato tradicional, y para mi rancio y obsoleto, de emitir un capítulo por semana ¿por qué? si las audiencias en nada serán cosa del pasado.

Lo malo de todo esto es que ver productos de calidad sin pagar ya es casi imposible, se ha visto con Juego de Tronos, Cuatro y La Sexta emitieron las primeras temporadas, pero ahora ya si no se tiene Movistar o HBO es imposible seguir su emisión, y eso aleja a una parte del público de productos de manufactura impecable, condenándoles a tragarse la cada vez más bochornosa televisión gratuita, con honrosas excepciones como Modern Family o The big bang Theory, claro.

Por si a alguien le interesa, ahora mismo estoy viendo como unas 7 series a la vez, Outlander, La casa de papel, El desencanto, El joven Sheldon, Mom, The good Doctor y Younger.

Bienvenidos a una nueva era.

martes, 16 de octubre de 2018

Diario de un español por el mundo

"Diario de un español por el mundo", de Juan Sepúlveda Sanchís, es una divertida sátira del tradicional género de literatura de viajes. El protagonista, un estudiante valenciano (alter ego del autor) cuenta en primera persona sus andanzas y aventuras en Rumanía, Texas e Islandia, junto con otro puñado de estudiantes de diversas nacionalidades.

Conocí a Juan durante su estancia en Madrid (por cierto, Juan una sugerencia, ya sé que Madrid no es un país, pero para próximas entregas podrías añadirlo como destino), ya que se unió a la tertulia Letras de Lavapiés, que por aquel entonces organizaba junto con unos amigos en el Café Barbieri. Desde un primer momento le dio otro aire a la tertulia, no sólo porque nos hizo mover el culo del Barbieri, e ir por ejemplo al Getafe negro o a la radio, sino que además nos abrió un blog, que por cierto, fue lo que me dio la idea para comenzar a tener yo uno propio, aunque fuera para escribir sobre aquello que se pasara por la cabeza. Por aquel entonces estaba escribiendo lo que más tarde sería su primer libro de relatos, "Las seis caras de un dado", y aquellos relatos sobre mafiosos rusos o cines misteriosos, contrastaron bastante con las habituales poesías del resto de miembros. Recuerdo que le dije a los demás, éste será el primero de todos nosotros en publicar, y así fue. "Diario de un español por el mundo" es su tercer libro.

Todos aquellos que hemos conocido a alguien que se haya ido de Erasmus (yo fui tonta y no me fui), hemos oído contar impresionantes anécdotas sobre fiestas sin fin, borracheras épicas, rupturas traumáticas, o no tanto (toda mi generación y las siguientes, sabemos que no hay relación de pareja que sobreviva a una beca "orgamus"), amistades internacionales, y básicamente la mejor experiencia de sus vidas. No sé yo si Erasmo de Rotterdam, tenía eso en mente cuando pensó por primera vez en la unidad de Europa, pero bueno, desde luego, unir lo que se dice unir, une mucho a personas de diversas nacionalidades, jajaja. Pues bien, este ameno libro, es como escuchar las aventuras de tu amigo recién aterrizado de cualquier universidad europea, pero sin beca Erasmus de por medio. 

Hay situaciones tan surrealistas, que aún conociendo al autor, me planteo si no serán inventadas. Para mi la más desternillante de todas es una "corrección de examen" en Texas, en la que para distraer la atención hace que acusen al profesor de robar una chocolatina, para así poder aprovechar la confusión para, buscar un examen con el nombre escrito a lápiz, borrarlo y poner el suyo, aspirando los restos de goma de borrar, para no dejar pruebas... hay que leerlo de verdad. Lo mejor cuando termina hablando con el ayudante del profesor con los restos de goma de borrar entre los dientes. En mi opinión la mejor parte es de la Texas, Juan deberías contar toda tu estancia, no sólo los primeros días, seguro que te da para un libro completo. 

Hay mil situaciones que hacen que el lector se ria con ganas, y vea con gran simpatía esa maravillosa aventura que es siempre el viajar. En definitiva una gran recomendación para pasar un buen rato, y conocer un poquito más sobre otros países.

Podéis encontrar este magnífico libro en Amazon.


domingo, 14 de enero de 2018

Tú no eres como otras madres

Tú no eres como otras madres, de Angélika Schrobsdorff, es una novela que captó mi atención por su singular título, y que lejos de defraudarme, me ha atrapado como hacía tiempo no lo hacía ningún otro libro. En él, la autora, narra la vida de su madre, y en cierta manera de ella misma, desde el mismo día de su nacimiento hasta su muerte.

Nacida en el seno de una familia judía en el Berlín de finales del s. XIX, la protagonista tiene una vida que desde luego merecía una novela, y sin duda una película. No sólo fue una mujer adelantada a su tiempo, que consigue librarse de las garras de un destino propio de la burguesía de la época, que la abocaba sin demora a un matrimonio sin amor, que la encerraría para siempre en la cocina y el paritario. Se casa por amor, con un escritor protestante en contra de los deseos de su propia familia, con lo que aquello representaba en aquella época, lazándose de lleno a lo que la autora repite sin cesar a lo largo de la novela, al ancho y libre mundo cristiano, algo que como cristiana que soy, me ha hecho mucha gracia, claro que probablemente porque no conozco las imposiciones propias de otras religiones, y por tanto, no valoro como debería lo que tengo.

De ese primer matrimonio nacerá su hermano mayor, Peter, y luego de hacer las paces con sus padres,  y sacudirse todo el romanticismo del cuerpo al descubrir una infidelidad de su marido, se lanzará a vivir sin freno ni demora los locos años 20, y en Berlín, que no es poco decir. Así, en una orgía, conocerá a su segundo marido, y padre de la autora, eso, tras haber tenido una otra hija con un amante con el que convive junto con su marido. A su segundo marido, tampoco es que le sea muy fiel, pero es muy buena persona, y una bellísima amistad les unirá toda la vida.

Cuando todo en su vida parece encauzarse sucede algo que como lectora, y dada la época y el país, estaba esperando que ocurriera, el ascenso del nazismo. Dan ganas de gritarle por dios Else, coge a tus hijos y sal corriendo de Alemania, pero no lo hace, hace tiempo que no se siente judia, el judaísmo es una mera anécdota en su vida, casada con un protestante, con sus hijos bautizados...pero claro, todos sabemos que eso les iba a dar igual.

La visión que se ofrece en este libro, ha sido novedosa para mí, te da la de los propios alemanes que no estaban de acuerdo con el nazismo, y observan atónitos y sin poder dar crédito lo que ocurre en su país. Se repiten una y otra vez que en la culta y educada Alemania, hay cosas que no pueden suceder, y que alguien les podrá freno. Que lástima, todos sabemos cómo acaba la historia.

Finalmente ocurre lo inevitable, y Else se marcha con sus dos hijas a Bulgaria, donde se bautiza bajo el clero ortodoxo, porque lo más triste de la historia, es que ella se siente cristiana. En Bulgaria como es sabido les acaba alcanzando la guerra, y esa parte contada bajo el prisma de los recuerdos de la autora (otras partes están reconstruidas con testimonios de amigos y familiares, así como con la prólija correspondencia de su madre), y es sin duda alguna la más dura. Las guerras siempre lo son. Curiosamente su relato me ha recordado mucho al que hace Sandor Marai en La mujer justa, aunque éste sea húngaro, y la autora de la novela que comento pasara la guerra en Bulgaria. Son relatos muy parecidos, los bombardeos, el hambre, la suciedad, la llegada de los comunistas... Otro episodio a destacar es la vuelta a una Alemania derrotada, hundida y arruinada. Una visión, que apenas se ha mostrado hasta ahora, máxime teniendo en cuenta que la mayoría de relatos sobre la II Guerra mundial se han escrito por los vencedores.

Puede que quien lea líneas piense que le destripado la novela, pues bien, les aseguro que no es así, que lo que cuento es apenas una sinopsis de lo acontecido en la vida de Else Kirschner.

En definitiva aconsejo a todo el mundo la lectura de esta novela, que ha sido un gran éxito en su país de origen, y a la que yo llegué por casualidad. Y si además se conoce Berlín, como se mi caso, se disfrutará de su lectura aún más, aunque ahora tenga que volver para conocer Wansee.

Una última cuestión, señora Schrobsdorff, si llegara a leer estas líneas, permítame que la diga que no la perdono que pusiera fin a su libro sin un epílogo que contará que fue de su hermana Bettina, de verdad.

martes, 21 de noviembre de 2017

Madrid y la polución:

Desde hace unos días en la ciudad de Madrid llevamos registrando unos niveles extremadamente altos de polución, que hacen que se esté activo el escenario 2 anticontaminación, es decir, no se puede circular a más de 70 km/h ni aparcar en horario y zona SER. Medidas que, aunque necesarias, no sé si son suficientes ¿por qué? porque son circunstanciales y no permanentes, a saber, en cuanto llueva o haga viento todo volverá a la normalidad, todo el mundo volverá a coger el coche, y de nuevo los que vivimos en la ciudad respiraremos un aire insano. Pero a nadie parece importarle realmente.

La que escribe estas líneas ha nacido y vivido siempre en la ciudad de Madrid, pero en Madrid, Madrid, vamos, en el centro, lo que hace que tenga callo en lo que a contaminación se refiere. Recuerdo de siempre las recomendaciones de no salir a correr cuando pasaba un tiempo prolongado sin llover, o las hojas de los parques recubiertas de un polvillo grisáceo. Pero nunca he tenido como ahora la sensación de respirar mierda pura, se palpa, se mastica, y ésto lo están respirando nuestros hijos. Pero a nadie parece importarle realmente.

Todos sabemos que la gran culpa la tiene el tráfico, por mucho que la industria del automóvil se empeñe en decir que sólo es responsable del 30% de la contaminación de la ciudad, y para ser más exactos, el tráfico que genera la gente que vive fuera de la ciudad. Y no es un tópico, no es algo manido, es la pura realidad. ¿ Por qué? porque tienen la puñetera costumbre de ir en coche hasta al baño, cuando los madrileños en nuestros trayectos por la ciudad cogemos el transporte público, salvo extrema y real necesidad (habrá excepciones por supuesto, pero es la gran realidad). Conozco a gente que se medio escandaliza cuando les digo que meto a mis hijos en el autobús (desde prácticamente su nacimiento), o que no cogen el autobús pese a tenerlo en la puerta de casa, porque nunca lo han utilizado, si tienen coche...

Tengo la circunstancia de tratar con mucha gente que vive fuera de Madrid, y su, como denominarla... insolidaridad, indiferencia, inmadurez inclusive, es pasmosa. Hoy un compañero de trabajo, residente en Rivas, me decía que hay que ver que el Ayuntamiento de Madrid cada está poniendo más incómodo el ir a Madrid en coche, no he podido por menos que decirle, que por supuesto, es que esa es la idea. A ver si nos vamos enterando todos.

A lo largo de mi vida he tenido que oír todo tipo de comentarios, desde un "Uff, paso, yo luego me voy a mi casa, y ahí os jodéis los de la capital" de otro vecino de Rivas (a ver si lo pasa es que os jode a vosotros vivir en el culo en el mundo), a "es que si nos lo ponen tan difícil ir en coche, no sé de que vais a vivir los madrileños" (si, es lo que tiene, que la ciudad vive sólo de la gente que viene en coche), u "hombre, no va a ser Madrid para los madrileños" (no, pero somos los que nos tragamos la mierda, y es nuestra ciudad, que se mantiene con nuestros impuestos, así que lo siento pero si, tenemos preferencia y derecho a no morir de cáncer de pulmón) pero el más habitual es "odio Madrid, no sé como puede nadie vivir ahí", pues eso, como os gustan tanto, a ver si empezáis a quedaros ya en vuestros puñeteros pueblos.

Pero por favor, no nos olvidemos del gran tópico, "tendrán que poner medios y mejorar el transporte público, ¿no?", evidentemente siempre hay cosas que mejorar, pero lo cierto es que Madrid tiene uno de los mejores sistemas de transporte público del mundo, por encima de muchas otras ciudades europeas, creedme, lo dice alguien que ha cogido el metro en Roma, Londres, Berlín, Paris... llegas a Madrid y besas el mapa del suburbano. ¿Qué es mejorable? sin duda, hace mucho que el metro de Madrid, no vuela, que se debería ampliar la red de cercanías y con ella los aparcamientos disuasorios, que ambos medios de transporte, junto con los autobuses, tuvieran mucha más frecuencia de paso en horas punta, que los autobuses, urbanos e interurbanos fueran no contaminantes, y sobre todo, que se rigieran con puntualidad inglesa.

A todo esto, quien estas líneas suscribe, defensora a ultranza del transporte público, va al trabajo en coche, ¿por qué? pues porque no me quedan más huevos. Y es que hay un problema muy habitual y que nadie parece ver, y es que el transporte público une los distintos barrios de la ciudad, y los municipios del extrarradio con la capital, es decir, se basa en un sistema de visión centípetra totalmente desfasado. Desde hace años se está produciendo una deslocalización de las empresas fuera de las grandes urbes, de manera que se ubican en municipios fronterizos, parques empresariales, polígonos industriales... zonas que no están en absoluto preparadas para acudir a ellas en transporte público, principalmente porque no lo hay o es claramente deficitario. Sinceramente no se debería permitir que se otorgaran licencias para construir grandes edificios de oficinas, si la zona no está dotada previamente de infraestructura suficiente, o  no hay un compromiso real de la Administración Pública de ponerlo en el futuro. El mejor ejemplo de ésto es la nueva sede de BBVA, que está provocando tales atascos que hasta está siendo motivo de estudio por el Ayuntamiento, y digo yo, la solución no sería poner una boca de metro o estación de cercanías cerca; es como la ciudad financiera del Santander, claro que ahí ya rizaron el rizo y pusieron el metro ligero, es que algo así como, venga vamos, me hago la vuelta a la Comunidad de Madrid hasta que consigo llegar al trabajo. Señores de la Administración, que para que el transporte público sea útil, lo primero de todo tiene que ser accesible y ágil, en el sentido de que no tiene mucho sentido que de más vueltas que una peonza, y se tarde media mañana en llegar del punto A al B, porque entonces la gente coge el coche.

En mi caso si quisiera ir al trabajo en transporte público tardaría dos horas en ir y dos horas en volver, frente a 20 minutos en coche ¿lo ponemos en una balanza?

Así ocurre, que en los últimos grandes episodios de contaminación, ésta llegó hasta Alcorcón, Coslada y Majadahonda, porque claro, no le puedes decir a la polución, mira no que es que aquí acaba el término municipal de Madrid, de este punto kilométrico no pases, porque va ser que no va a hacer mucho caso. Y eso es algo que a mucha gente no parece importarle realmente.

Luego está el otro problema que sufrimos muchas personas, la inaccesividad física al transporte público. Me explico, cuando se va con un carrito de niño se puede subir a los autobuses de la EMT (siempre que no haya otro carrito dentro), si, pero es difícil abarcar toda la ciudad en autobús, es más, con niños pequeños puede ser la aventura del Poseidón (yo tendría que coger tres autobuses para ir a Sol desde mi casa), y en el metro gran parte de las estaciones no tienen ascensor, es cierto que muchas madres y padres se la juegan bajando y subiendo los carritos por las escaleras mecánicas, pero a mi personalmente me da pavor. Desde que soy madre estoy obsesionada con las barreras arquitectónicas, realmente no te das cuenta hasta que no lo sufres, pero lo malo es que lo mío es pasajero, pero las personas en silla de ruedas lo sufrirán toda la vida.

Por todo ello, me parece absurdo tener protocolos anticontaminación para escenarios determinados, en lugar de medidas permanentes. Como una vez oí a un periodista decirle a Gallardón cuando era alcalde, no se puede estar pendiente de que llueva, porque la danza de la lluvia no es una opción tangible.

Que esa es otra, están los embalses al 37%... nos veo como en Mad Max.

¿Y qué haría yo? pues sin ser ni mucho menos una experta en la materia, tomaría las siguientes medidas:

  1. Prohibir la circulación en la ciudad de Madrid a los coches más contaminantes, sean de residentes o no. 
  1. Hacer de todo el distrito centro, una gran APR (bueno, esta medida ya está en marcha), y estudiar ampliarla a otros distritos, como Salamanca o Retiro, aunque si que creo que estas medidas deben ir acompañas de la construcción de más aparcamientos para los no residentes, ya que sería el único punto al que podrían acceder de la zona, y la casuística de las personas y sus necesidades pueden ser muy variadas. 
   Para quien no lo sepa, las APR son las áreas de prioridad residencial, cuyos accesos están controlados por cámaras de seguridad, de manera que sólo pueden acceder los residentes, o los no residentes única y exclusivamente si se dirigen a      un aparcamiento. Actualmente son APR los barrios de Ópera, Cortes, Embajadores y Letras.

  1. Poner un peaje de acceso a la ciudad a los no residentes. 
  1. Ampliaría la red de metro y cercanías, así como los aparcamientos disuasorios. Todavía hay barrios en la capital sin metro, y municipios grandes sin cercanías. 
  1. Mejoraría, y mucho, la accesibilidad al transporte público para las personas con movilidad reducida. 
  1. Cambiaría toda la flota de autobuses urbanos e interurbanos por otros no contaminantes. Estudiar la posibilidad de exigirlo también a taxis y VTC. 
  1. Ampliar los puntos de recarga para vehículos eléctricos. 
  1. Mejoraría la frecuencia de paso de autobuses, metro y cercanías en horas punta. 
  1. Tenemos que tener un transporte público ágil y eficaz, para ello, deber ser realmente puntual, y rápido, lo que llevaría a estudiar la actual red para detectar sus carencias, las vueltas de peonza no tienen mucho sentido. 
  1. Crearía una tarjeta como el SER, para aquellas personas que necesite usar el coche para trabajar, ojo, no para ir a trabajar, sino para desarrollar su actividad laboral, ya sea por cuenta ajena o propia. Algo parecido a la tarjeta para industriales, pero ampliada a turismos, con más horas de aparcamiento por día, y siempre limitada a vehículos que no superaran un determinado índice de emisiones. 
    Como supongo mucha gente lo no sabrá, los vehículos industriales tienen la posibilidad de obtener una tarjeta que les permite aparcar en zona azul durante 6 horas al día.

  1. Exigir a las empresas con más de 50 trabajadores la elaboración de un plan de movilidad. 
  1. No permitir la creación de espacios empresariales en zonas sin transporte público, o sin perspectivas de tenerlo en un futuro, o que aún teniéndolo éste sea claramente deficitario. Revisaría las existentes, y volviendo a la medida 4, actuaría sobre éstas. 
Todo ésto no se me ha ocurrido de repente, está muy pensado y meditado, y es que nada me haría más ilusión en esta vida que ser la alcaldesa de mi querida Madrid (aunque muchas de las cosas que indico, dependen de la Comunidad de Madrid), porque eso es precisamente lo que le hace falta a esta ciudad, dejar aparte los intereses partidistas, y ser dirigida por gente que realmente la ame.

lunes, 13 de febrero de 2017

Un apartamento en La Latina

Dejo aquí mi pequeño homenaje a uno de los escritores del S. XX que más me gustan, Truman Capote (si, Capote, no el puñetero Salinguer ni el odioso Carver). Es mi particular y madrileña versión de Desayuno de Tiffany´s.

Un apartamento en La Latina:

Me gusta volver a los lugares en los que he vivido, es como una experiencia de introspección personal dentro de mi propia historia. Mi lugar favorito está en La Latina, junto al Mercado de La Cebada. En realidad, solo es un viejo edificio con la fachada gris por la contaminación. Yo vivía en el tercer piso, en un minúsculo apartamento de apenas 30 metros cuadrados, con una sola habitación que hacía las veces de salón y dormitorio, cocina americana y un minúsculo cuarto de aseo. Sin embargo, era mi primera casa como adulto independiente, y es la fecha que no puedo evitar acordarme de aquel pisito con cierta nostalgia. Muchas veces, cuando paseo por el centro de Madrid y vuelvo a pasar de forma inconsciente por las casas en las que he vivido,  siempre me paro a contemplar ese pequeño balcón que se asoma a la Plaza de La Latina.

Justo enfrente del que era mi portal, al lado de la boca del metro, hay un bar. No es muy elegante, ni muy nuevo, ni siquiera demasiado limpio, pero sirven sin duda alguna los mejores boquerones en vinagre de todo Madrid. Cuando vivía en mi pisito, solía ir todas las tardes a tomar un pacharán y charlar con Tomás, el dueño. Ambos teníamos muchas cosas en común, nos gustaba revolver en el Rastro, o “remanar” como diría un catalán, ir al teatro, una buena charla en la barra de un bar…;  y sobre todo nos gustaba Ana.

Aún ahora, durante alguno de mis habituales paseos entro y me tomo un pacharán con Tomás, como si el tiempo no hubiera pasado. Solemos arreglar el mundo, incluso algunas veces estamos lo bastante borrachos como para hablar de Ana. El inicio siempre es el mismo, la eterna pregunta: qué habrá sido de ella. Ninguno hemos vuelto a tener noticias suyas en todos estos años.

Recuerdo el momento exacto en el que la conocí. Era la primera noche en mi recién estrenado estudio, y con la emoción me había costado bastante conciliar el sueño. Cuando por fin empezaba a dormirme, alguien tocó el timbre del telefonillo.
– ¿Sí?
–Oiga, amigo, ¿me puede abrir?, es que me he dejado las llaves en alguna parte.
–Primero, no son horas de llamar a casas ajenas, y segundo no la conozco de nada así que olvídese de que la abra el portal.
–Oh, vamos no sea así, soy su vecina de arriba, me llamo Ana y estoy segura de que nos vamos a llevar la mar de bien.
–Pero que demon…
–Déjese de maldecir y abra de una vez, que hace frío; ¿es que no sabe qué hora es? no son horas de que una muchachita decente ande sola por la calle.

Pensé que no era tan muchachita si andaba a esas horas sola por la calle; pero lo cierto fue que sus argumentos me hicieron gracia, así que abrí. Me puse el albornoz y las zapatillas y salí al descansillo, muerto de curiosidad. Así fue como vi a mi nueva vecina por primera vez mientras subía las escaleras; tendría unos veinte años, aunque parecía mayor, pintada y arreglada en exceso, con ropa demasiado cara para una chica de su edad. Se paró ante mí.
–Muchas gracias, vivo justo encima de usted, en otro miniminúsculo piso como el suyo. ¿Quiere subir y tomar algo?, es lo menos que puedo hacer por haberle sacado de la cama.

Estaba bastante perplejo ante el desparpajo de quien decía ser mi vecina, y no pude por menos que acompañarla hasta el piso de arriba, sin darme siquiera cuenta de que seguía en pijama y zapatillas.

El apartamento de Ana era exactamente igual al mío, salvo por un curioso detalle, el único mueble era una cama de matrimonio.
– ¿Dónde están sus cosas?
–Así es más práctico, no pienso quedarme mucho en este lugar, y además así no limpio el polvo y es la mejor manera de que no te rompan nada en las fiestas.
– ¿Fiestas?
–Sí, no se preocupe que está invitado. ¿Whiskey?

De repente, tuve el presentimiento de que había cometido un gran error, que se abría ante mí una horrible perspectiva de noches en vela.
–Dígame, ¿a qué se dedica?
–Soy actor, o por lo menos lo intento.
–No me diga, que terriblemente interesante, y ¿en qué está trabajando ahora?
– En nada.
–Ah, que profesión más curiosa, me encantaría verle algún día.
–Pues ya la avisaré. Y usted, ¿a qué se dedica?
–Soy relaciones públicas de varias discotecas.
–¿Y eso da para vivir?
–Según como te organices, pero es sólo hasta que me case.
–Enhorabuena, ¿cuándo es la boda?
–Gracias, aún no lo sé, ni sé quién es el novio; pero tranquilo que tarde o temprano pescaré a un buen partido que ande despistado y hala, a retirarme.

Mi cara de perplejidad debía ser considerable, así que para disimularla decidí que lo mejor era irme a mi casa y dejar de tomar copas a horas intempestivas en casa de locas jovencitas.

Sin embargo, de una manera increíblemente natural, durante los siguientes meses Ana se convirtió en un personaje habitual en mi vida. Solía olvidarse las llaves una media de dos o tres veces por semana, siempre de madrugada o a primera hora de la mañana, y las noches que no lo hacía era porque la juerga estaba montada en su propia casa; es decir, justo encima de mi cama. Lo peor era que cada vez que intentaba quejarme acabada con una copa en la mano y bailando hasta el amanecer con la más fea de todas sus amigas; de hecho, más de una vez desperté al día siguiente en el suelo de su salón.

Justamente uno de esos días en los que dormí en el suelo de su casa me llamaron para una suplencia. Era verano y, gracias a que estaban las ventanas abiertas, el pitido del contestador automático a través del patio de vecinos me devolvió al mundo de los lúcidos. Literalmente me tiré escaleras abajo, seguido muy de cerca por una Ana somnolienta que no paró de saltar a mi alrededor hasta que accedí a que me fuera a ver al teatro. Al finalizar la representación me estaba esperando a la salida, le había gustado mi actuación y quería agradecerme la entrada, y para mi sorpresa me invitó a comer al día siguiente. Creo que hasta ese momento nunca la había visto por el día.

A aquel primer encuentro diurno siguieron otros, siempre nos despedíamos con un nuevo plan. Paseos por el Retiro, cine en la Gran Vía, aperitivo en Casa Labra, e invariablemente terminábamos en el bar de Tomás, charlando los tres animadamente en la barra. Cuando salíamos a la calle, yo para volver a casa, ella para reunirse con quien fuera que hubiera quedado esa noche, se detenía un instante, miraba a su alrededor, cerraba los ojos, los volvía a abrir y me decía:
–Me encanta este lugar.
–Tiene encanto, sí.
–Sabes, creo que un lugar así nada malo puede ocurrirnos.

Pero todo acabó cuando por fin encontró a su buen partido despistado. Era un hombre de unos cuarenta años, alto, moreno, se podría decir que apuesto, muy elegante; y sobre todo con una envidiable posición, era el agregado cultural de la embajada de España en Tokio y, como era de esperar, fue presa fácil para Ana.

Se habían conocido en una de las discotecas para las que trabajaba, a través de unos amigos comunes, creo, y en tan solo un par de semanas anunciaron su boda. Ana se compró unos DVD para aprender japonés y se dispuso a embalar sus pocas pertenencias. La última vez que la vi, los tenía puestos mientras hacía las maletas.
–Cuando empiece a dormir todas las noches de un tirón, no me lo voy a poder creer.
–Sí, ahí es cuando empezarás a echarme de menos. Konichigua.
–Ya te echo de menos.
–Y yo –dijo con la mirada perdida mientras repetía arigato.

No volvimos a vernos. Supe por Tomás que finalmente la boda no se había celebrado. Al parecer, al arreglar los papeles para el visado a Japón, donde se iba a celebrar la boda, su prometido descubrió que en realidad se llamaba Floriana, y le pareció un nombre tan poco chic que decidió romper el compromiso. Claro que a Ana le dio igual, puesto que estaba a punto de fugarse a Roma con el sobrino de su novio.

Al cabo de unos meses recibí una postal del Coliseum, en la que Ana me decía que se sentía feliz, que echaba de menos nuestros paseos por Madrid, que le diera recuerdos a Tomás y que me volvería a escribir.


                                                                                     A Truman Capote.