lunes, 13 de febrero de 2017

Un apartamento en La Latina

Dejo aquí mi pequeño homenaje a uno de los escritores del S. XX que más me gustan, Truman Capote (si, Capote, no el puñetero Salinguer ni el odioso Carver). Es mi particular y madrileña versión de Desayuno de Tiffany´s.

Un apartamento en La Latina:

Me gusta volver a los lugares en los que he vivido, es como una experiencia de introspección personal dentro de mi propia historia. Mi lugar favorito está en La Latina, junto al Mercado de La Cebada. En realidad, solo es un viejo edificio con la fachada gris por la contaminación. Yo vivía en el tercer piso, en un minúsculo apartamento de apenas 30 metros cuadrados, con una sola habitación que hacía las veces de salón y dormitorio, cocina americana y un minúsculo cuarto de aseo. Sin embargo, era mi primera casa como adulto independiente, y es la fecha que no puedo evitar acordarme de aquel pisito con cierta nostalgia. Muchas veces, cuando paseo por el centro de Madrid y vuelvo a pasar de forma inconsciente por las casas en las que he vivido,  siempre me paro a contemplar ese pequeño balcón que se asoma a la Plaza de La Latina.

Justo enfrente del que era mi portal, al lado de la boca del metro, hay un bar. No es muy elegante, ni muy nuevo, ni siquiera demasiado limpio, pero sirven sin duda alguna los mejores boquerones en vinagre de todo Madrid. Cuando vivía en mi pisito, solía ir todas las tardes a tomar un pacharán y charlar con Tomás, el dueño. Ambos teníamos muchas cosas en común, nos gustaba revolver en el Rastro, o “remanar” como diría un catalán, ir al teatro, una buena charla en la barra de un bar…;  y sobre todo nos gustaba Ana.

Aún ahora, durante alguno de mis habituales paseos entro y me tomo un pacharán con Tomás, como si el tiempo no hubiera pasado. Solemos arreglar el mundo, incluso algunas veces estamos lo bastante borrachos como para hablar de Ana. El inicio siempre es el mismo, la eterna pregunta: qué habrá sido de ella. Ninguno hemos vuelto a tener noticias suyas en todos estos años.

Recuerdo el momento exacto en el que la conocí. Era la primera noche en mi recién estrenado estudio, y con la emoción me había costado bastante conciliar el sueño. Cuando por fin empezaba a dormirme, alguien tocó el timbre del telefonillo.
– ¿Sí?
–Oiga, amigo, ¿me puede abrir?, es que me he dejado las llaves en alguna parte.
–Primero, no son horas de llamar a casas ajenas, y segundo no la conozco de nada así que olvídese de que la abra el portal.
–Oh, vamos no sea así, soy su vecina de arriba, me llamo Ana y estoy segura de que nos vamos a llevar la mar de bien.
–Pero que demon…
–Déjese de maldecir y abra de una vez, que hace frío; ¿es que no sabe qué hora es? no son horas de que una muchachita decente ande sola por la calle.

Pensé que no era tan muchachita si andaba a esas horas sola por la calle; pero lo cierto fue que sus argumentos me hicieron gracia, así que abrí. Me puse el albornoz y las zapatillas y salí al descansillo, muerto de curiosidad. Así fue como vi a mi nueva vecina por primera vez mientras subía las escaleras; tendría unos veinte años, aunque parecía mayor, pintada y arreglada en exceso, con ropa demasiado cara para una chica de su edad. Se paró ante mí.
–Muchas gracias, vivo justo encima de usted, en otro miniminúsculo piso como el suyo. ¿Quiere subir y tomar algo?, es lo menos que puedo hacer por haberle sacado de la cama.

Estaba bastante perplejo ante el desparpajo de quien decía ser mi vecina, y no pude por menos que acompañarla hasta el piso de arriba, sin darme siquiera cuenta de que seguía en pijama y zapatillas.

El apartamento de Ana era exactamente igual al mío, salvo por un curioso detalle, el único mueble era una cama de matrimonio.
– ¿Dónde están sus cosas?
–Así es más práctico, no pienso quedarme mucho en este lugar, y además así no limpio el polvo y es la mejor manera de que no te rompan nada en las fiestas.
– ¿Fiestas?
–Sí, no se preocupe que está invitado. ¿Whiskey?

De repente, tuve el presentimiento de que había cometido un gran error, que se abría ante mí una horrible perspectiva de noches en vela.
–Dígame, ¿a qué se dedica?
–Soy actor, o por lo menos lo intento.
–No me diga, que terriblemente interesante, y ¿en qué está trabajando ahora?
– En nada.
–Ah, que profesión más curiosa, me encantaría verle algún día.
–Pues ya la avisaré. Y usted, ¿a qué se dedica?
–Soy relaciones públicas de varias discotecas.
–¿Y eso da para vivir?
–Según como te organices, pero es sólo hasta que me case.
–Enhorabuena, ¿cuándo es la boda?
–Gracias, aún no lo sé, ni sé quién es el novio; pero tranquilo que tarde o temprano pescaré a un buen partido que ande despistado y hala, a retirarme.

Mi cara de perplejidad debía ser considerable, así que para disimularla decidí que lo mejor era irme a mi casa y dejar de tomar copas a horas intempestivas en casa de locas jovencitas.

Sin embargo, de una manera increíblemente natural, durante los siguientes meses Ana se convirtió en un personaje habitual en mi vida. Solía olvidarse las llaves una media de dos o tres veces por semana, siempre de madrugada o a primera hora de la mañana, y las noches que no lo hacía era porque la juerga estaba montada en su propia casa; es decir, justo encima de mi cama. Lo peor era que cada vez que intentaba quejarme acabada con una copa en la mano y bailando hasta el amanecer con la más fea de todas sus amigas; de hecho, más de una vez desperté al día siguiente en el suelo de su salón.

Justamente uno de esos días en los que dormí en el suelo de su casa me llamaron para una suplencia. Era verano y, gracias a que estaban las ventanas abiertas, el pitido del contestador automático a través del patio de vecinos me devolvió al mundo de los lúcidos. Literalmente me tiré escaleras abajo, seguido muy de cerca por una Ana somnolienta que no paró de saltar a mi alrededor hasta que accedí a que me fuera a ver al teatro. Al finalizar la representación me estaba esperando a la salida, le había gustado mi actuación y quería agradecerme la entrada, y para mi sorpresa me invitó a comer al día siguiente. Creo que hasta ese momento nunca la había visto por el día.

A aquel primer encuentro diurno siguieron otros, siempre nos despedíamos con un nuevo plan. Paseos por el Retiro, cine en la Gran Vía, aperitivo en Casa Labra, e invariablemente terminábamos en el bar de Tomás, charlando los tres animadamente en la barra. Cuando salíamos a la calle, yo para volver a casa, ella para reunirse con quien fuera que hubiera quedado esa noche, se detenía un instante, miraba a su alrededor, cerraba los ojos, los volvía a abrir y me decía:
–Me encanta este lugar.
–Tiene encanto, sí.
–Sabes, creo que un lugar así nada malo puede ocurrirnos.

Pero todo acabó cuando por fin encontró a su buen partido despistado. Era un hombre de unos cuarenta años, alto, moreno, se podría decir que apuesto, muy elegante; y sobre todo con una envidiable posición, era el agregado cultural de la embajada de España en Tokio y, como era de esperar, fue presa fácil para Ana.

Se habían conocido en una de las discotecas para las que trabajaba, a través de unos amigos comunes, creo, y en tan solo un par de semanas anunciaron su boda. Ana se compró unos DVD para aprender japonés y se dispuso a embalar sus pocas pertenencias. La última vez que la vi, los tenía puestos mientras hacía las maletas.
–Cuando empiece a dormir todas las noches de un tirón, no me lo voy a poder creer.
–Sí, ahí es cuando empezarás a echarme de menos. Konichigua.
–Ya te echo de menos.
–Y yo –dijo con la mirada perdida mientras repetía arigato.

No volvimos a vernos. Supe por Tomás que finalmente la boda no se había celebrado. Al parecer, al arreglar los papeles para el visado a Japón, donde se iba a celebrar la boda, su prometido descubrió que en realidad se llamaba Floriana, y le pareció un nombre tan poco chic que decidió romper el compromiso. Claro que a Ana le dio igual, puesto que estaba a punto de fugarse a Roma con el sobrino de su novio.

Al cabo de unos meses recibí una postal del Coliseum, en la que Ana me decía que se sentía feliz, que echaba de menos nuestros paseos por Madrid, que le diera recuerdos a Tomás y que me volvería a escribir.


                                                                                     A Truman Capote.

Cosas en común

Recientemente publiqué aquí un ejercicio de clase, de los que hice en la Escuela de Escritores, y hay quien me ha dicho que por qué no colgaba más relatos en el blog, así que aquí os dejo un relato cuyos escenarios sé que a algunas personas les van a resultar muy familiares.

Cosas en común:
                                                                                        A las N. Kinney.

Supongo que había muchas cosas que nos hacían diferentes, pero había más que nos unían. Y por encima de todas ellas estaba que nos gustaba la noche, o mejor dicho, nos gustaban nuestras noches. Cada fin de semana la ciudad se nos antojaba nuestra; enorme, vibrante, plagada de opciones, de oportunidades, de vida,… de nuestra vida.

Era todo un ritual. Los del grupo quedábamos relativamente pronto, en alguna boca de metro, para ir a cenar algo a un restaurante barato aunque de moda, o a algún eterno clásico de Madrid o simplemente a tomar unas tapas en cualquier bar. Tras pedir, y ya con la primera caña o vino en la mano, nos poníamos rápidamente al día respecto a lo sucedido en nuestras vidas cotidianas durante aquella semana, como si quisiéramos pasar de puntillas por todo lo que fuera corriente u ordinario, porque a partir de ese momento nada podía serlo. Éramos jóvenes, éramos guapos y, lo que es más importante, éramos dioses por unas horas.

Tras la cena, visita obligada al Quiet Man. Allí, tranquilos, despacio, una primera copa mientras charlábamos, después, pululando por la zona otra copa en otro bar, luego otra, un baile, otro pub… siempre juntos y sin parar de reír. A lo largo de los años habíamos ido agotando las diferentes zonas de copas de la ciudad, Malasaña era la que más se nos resistía al aburrimiento. Tal vez fuera la gente, la variedad de bares o muy probablemente la cercanía a una discoteca de la Plaza de Vázquez de Mella, en la que acababan la noche los que no se habían retirado acompañados con anterioridad.

Cuando me paro a pensarlo, ahora me doy cuenta de lo curioso de la situación, unos amigos que todos los fines de semana acaban la noche en una discoteca de Chueca, sin ser ninguno gay. Sin embargo, la música era buena, no estaba muy lleno, tenían guardarropa y abría hasta altas horas, el sitio perfecto. Tenía dos plantas. Siempre subíamos a la segunda, donde no se podía fumar, y ocupábamos nuestra esquina, justo entre el final de la barra y la pista de baile; allí permanecíamos bailando hasta la hora del cierre. Llegó un momento en el que nos conocían los camareros, el portero y la mayoría de los parroquianos habituales.

Al principio el cambio fue apenas perceptible; y antes de que nos diéramos cuenta, ya nada era igual. Poco a poco las caras que nos rodeaban fueron cambiando, haciéndose más y más jóvenes, dejamos de encontrarnos con gente conocida por los bares, comenzamos a estar aburridos y cansados y a llegar cada vez más pronto a casa. El día que Rosa nos anunció que salía con un compañero de la oficina fue el detonante del fin. No sabría decir si fue que nos estábamos haciendo mayores, que necesitábamos un cambio, o que el novio de Rosa, un chico procedente de un barrio obrero, pero increíblemente conservador, no quería mezclarse unos trasnochadores natos que invariablemente terminaban sus noches en una discoteca de ambiente. Quién sabe, el caso fue que tuvimos una baja definitiva, a la que siguieron otras muchas aquejadas de lo nos dio por llamar el síndrome ‘parejil’.

Las noches se volvieron más cortas y los días más largos. Al principio, Julio y yo, los eternos, seguimos como si nada, pero la fórmula magistral ya no resultaba y parecía que se imponía en nuestras vidas un cambio de escenario que nos resistíamos a aceptar. Empezamos a hacer planes impensables para nosotros, como quedar un domingo a tomar café después de comer e ir al cine, o ir al rastro, a una exposición, al teatro…; hasta dormíamos.

Sin embargo, el día que saltaron todas las señales de alarma fue cuando nos enteramos que algunos de nuestros amigos iban a ser padres. Definitivamente nos habíamos quedado descolgados, así que comenzamos a buscar alternativas.

Los compañeros de trabajo de Julio solían salir de cañas los jueves, y nos unimos al grupo a la expectativa de descubrir que salía de aquello. Durante varias semanas pareció irnos bien; sin embargo, notábamos como Carlos, uno de contabilidad, nos miraba raro. En un principio pensamos que tal vez se debía al hecho de ver a un chico y una chica que solo son amigos, no era la primera vez que nos ocurría, no sé muy bien por qué su actitud me hacía desconfiar de él. Lo comenté con Julio, quien se limitó a reír.

Hubo un día, en el que las cañas se alargaron más de lo debido, nosotros fuimos los últimos en irse a casa. Carlos más tarde declararía ante el juez que la culpa fue del alcohol, que no quería hacerlo, que todo había sido como un sueño…; pero no lo fue. Sólo fue un segundo. En el poco tiempo que tardamos en cambiar de bar, Julio y Carlos desaparecieron de mi lado, me di la vuelta y desanduve el camino para buscarles. Los encontré discutiendo vivamente, ambos tambaleantes
– ¿Qué, tú y tu amiguita habéis terminado de humillarme?
– ¿De qué hablas?
–Lo sabes muy bien.
–No, tío no tengo ni idea, así que déjate de paranoias y tira, que nos estamos quedando atrás.
–Tú y yo no vamos a ninguna parte –Carlos empujó a Julio de forma tan brusca que éste se tambaleó.
–Oye, ¿qué pasa aquí? –intervine yo–, ¿se puede saber de qué va esta escenita?
–Éste –dijo Julio, señalando a Carlos– que no sé qué mosca le ha picado. Se ha puesto a insultarme así sin más y en medio de la calle.
–Venga, va, hemos bebido mucho y os ha sentado mal, nos vamos para casa y asunto terminado – dije yo mirando a Carlos.
–De eso nada, me tenéis harto vosotros dos.
–Vamos a ver, ¿se puede saber qué narices te hemos hecho? –preguntó Julio.
–Te repito que lo sabéis perfectamente, dejad de haceros los tontitos conmigo que no cuela – dijo Carlos, cada vez más agresivo.
–Chicos, de verdad, lo mejor es que nos vayamos –insistí yo.
–De aquí no se va nadie –Carlos rompió el botellín de cerveza que tenía en la mano contra la pared–, vamos a terminar con éste asunto de una vez por todas.
– ¿Qué asunto? –dijo Julio, visiblemente asustado–. Mira, si te hemos hecho o dicho algo que te ha podido ofender, lo sentimos. –Yo asentí con la cabeza–. De veras que lo sentimos, te aseguro que no ha sido con mala intención.
–Que no, ja, entonces por qué venís todos los jueves, ¿eh? –dijo Carlos moviendo la botella rota en el aire.
–Porque sí –afirmé yo, mientras trataba de marcar el número de la policía en el móvil sin que lo notara–, para tomarnos algo y echarnos unas risas, sin más.
–Claro, para reíros de mí, y cuando os hayáis divertido lo suficiente entonces me descubriréis ante todo el mundo.

Julio y yo nos miramos.
–Tío, no tenemos nada que descubrir, porque no sabemos que coño te pasa, joder, ni que llevaras una doble vida. ¿Qué pasa, que no quieres que contemos que te llevas folios de la ofi o qué? – dijo Julio.
–El LP –dije mirando a Carlos, no sé cómo no nos habíamos dado cuenta antes–. Tío, tú eres un habitual del LP. Ostras, no sé cómo no me di cuenta antes de que te conocía de algo.
– ¿Era eso? –dijo Julio con cara de asombro–, ¿no querías que le dijéramos al resto que te conocíamos de vista de una discoteca?, valiente tontería.
–Tontería lo será para ti, y como digas algo…

Carlos no terminó la frase. Se abalanzó sobre Julio cayendo encima de él y, según declararía más tarde, sin darse cuenta de que aún tenía en la mano la botella rota. Julio falleció unas horas más tarde, los médicos no pudieron parar la hemorragia que le produjo el corte en el cuello con el que Carlos trataba de acallar lo que para él era su terrible secreto.

Supongo que durante años hubo muchas cosas que nos unían, pese a aquellas que nos diferenciaban. O al menos así fue hasta que terminamos de hacernos mayores; unos más tarde que otros, algunos de forma más traumática.





viernes, 3 de febrero de 2017

El mar

Recientemente he leído una noticia en el periódico relacionada con el lugar en el que nació mi madre, la Mariña lucense, y ha venido a mi memoria un ejercicio que realizamos en la Escuela de Escritores, en el que teníamos que narrar un viaje, y yo precisamente conté los viajes de mi infancia a este lugar.

No sé por qué me apetece compartirlo, aunque sólo sea un ejercicio de clase.

El mar:

El viaje a Cangas de Foz era largo y pesado. En aquella época apenas había autopistas y los viajes se hacían por interminables carreteras nacionales con un solo carril en cada sentido. Las recuerdo llenas de lentísimos camiones, de curvas, de baches y atravesando –creo yo– todos los pueblos, que tenían un cincuenta por ciento más de semáforos que la media nacional.

Un buen día, normalmente a mediados del verano, mi madre me levantaba bastante temprano anunciándome que nos íbamos de vacaciones; es decir, que nos íbamos a Galicia. Mi padre hacía la maleta refunfuñando “nos va llover, seguro que nos va a llover, es que tu pueblo siempre llueve, y si no nos llueve, estará nublado, no vamos a ir ni un solo día a la playa… es que no sé por qué no vamos a Alicante como todo el mundo”.

Mi padre tenía por aquel entonces un R-18 sin radio, ni por supuesto aire condicionado, ni cinturones de seguridad en los asientos de atrás, ni airbag, ni ABS, ni dirección asistida, ni nada de nada; pero yo me acomodaba en el asiento trasero, solo para mí, y era feliz. Llevaba siempre un cojín que me había hecho mi tía, al que había puesto unos botones a modo de nariz y ojos y tejido mi nombre de manera que formara una gran sonrisa. Solía tumbarme poniendo el cojín como almohada, y dejaba que el traqueteo del coche me durmiera; cuando fui más mayor, cambié el cojín por un walkman y millones de cintas de casette.

La primera parte del viaje consistía en atravesar toda Castilla, con todos sus pueblos, con sus respectivos semáforos. Mi padre le tenía especial inquina a Medina del Campo porque decía que había un guardia de trafico que daba preferencia a los del pueblo frente a los que iban por la nacional y el atasco era permanente e infinito, es la fecha que cuando va por la autopista y a lo lejos se ve Medina del Campo, se empieza a reír como un loco y dice “mira como voy ahora, mira como voy”.

Al cabo de dos horas de viaje, a mi padre había que darle conversación porque las interminables rectas de Castilla le producen un sueño terrible al volante.

A mi me encanta esta parte del camino. Me fascina el amarillo infinito de la meseta, contemplar los campos de labranza a ambos lados de la carretera, las tenues lomas en lontananza, las salpicaduras verdes y granates rompiendo los ocres, dejando que la vista vuele sin ningún obstáculo hasta el horizonte.

Por fin pasamos Medina del Campo y continuamos viaje. Una provincia tras otra, un pueblo tras otro, un castillo, un sin fin de castillos y una iglesia románica, y otra, y otra, hasta que todos los lugares parecen el mismo. Y vuelta al atasco, estamos ya en Tordesillas, a mi me encanta, mis padres lo odian porque el coche se cala en la multitud de cuestas que jalonan todo el municipio. Pero yo estoy muy lejos. Me basta mirar por la ventanilla para con un poco de imaginación trasladarme a la Edad Media, y deseo profundamente poder viajar en el tiempo.

Dejamos atrás Zamora. En León hace menos calor, pero para entonces yo ya estoy tan mareada que me da todo igual. Habré vomitado tres o cuatro veces y estoy deseando llegar a Astorga para poder bajarme del dichoso coche. Astorga es parada obligatoria, si mi padre no compra mantecados luego no hay quien le soporte el resto del camino, y yo aprovecho para estirar las piernas y tomar un poco el aire. Hemos entrado en el camino de Santiago, desde ahora hasta llegar a Lugo la presencia de peregrinos será algo constante.

Y vuelta al coche… los carteles que anuncian la proximidad de Las Médulas nos indican que estamos en el Bierzo, donde el paisaje comienza a cambiar. Se divisan los primeros árboles y los colores de la meseta dejan paso al verde rabioso de la España húmeda. Poco antes de subir el Puerto de Piedrafita, paramos a comer en Valcarce, lo que no es sino una excusa para comprar cerezas (cosas de tener un padre obeso), las venden en puestos ambulantes a la orilla de la carretera, que hoy naturalmente han desaparecido.

Después de comer, (mis padres claro, yo no tengo estómago para nada) nos disponemos a la ardua tarea del subir el puerto de montaña. Hoy día atravesar el Puerto de Piedrafita es cuestión de unos minutos, la ingeniería ha ganado el pulso a la naturaleza; gigantescos viaductos que destrozan el increíble paisaje de uno de los lugares más bellos del planeta, permiten que la autopista siga más allá de los profundos valles que otrora convirtieran a Galicia en uno de los lugares más aislados de Europa. Pero los viaductos aún no existen, en su lugar hay una comarcal inundada de curvas que baja a los valles para luego volver a subir a las montañas. A mi padre se le cala mil veces el coche, es imposible ir a más de 20 Km. por hora, mi madre me empieza a contar que esa carretera es buenísima, que cuando ella era pequeña había más curvas y mucho más cerradas, solo había un carril para los dos sentidos y si te venía un coche de frente había que echarse a mitad del campo, así que había muchos accidentes porque, claro, en las zonas de desfiladeros mucha gente se había despeñado: “es más, si te asomas verás todavía los restos de la carretera antigua, vamos, un camino de cabras”.

La curiosa caravana que tratamos de llegar a alguna parte la solemos formar dos o tres coches, un carro con heno tirado por un burro (que además va el primero y no suele tener nada de prisa) los peregrinos a Santiago que casi van más deprisa que nosotros y, por supuesto, un camión. Para cuando llegamos a Pereje todos estamos mareados, y mi padre jura y perjura que el año que viene nos vamos de vacaciones a Alicante como todo el mundo.

Por fin entramos en Galicia por la provincia de Lugo; empieza a llover, siempre. Mi padre le dice a mi madre que si en su puñetera tierra no la pueden recibir de otra manera, y que en Alicante no llueve. Mi madre que pisar Galicia y olvidársele el castellano es todo uno; le responde algo que no entiende, pero yo sí, y nos reímos juntas.

El paisaje no puede ser más distinto. Los bosques sólo se abren para dejar paso a pastos de un verde esmeralda tan intenso que hace daño a la vista. Las vacas serán a partir de ahora otra constante en nuestro camino, mi madre las señala y me empieza a enseñar a distinguir una vaca marela de una limusin. Cuando llegue al pueblo, mi abuela se encargará de enseñarme a distinguir un brote de patata del de un grelo, del de un nabo, a ordeñar…; todas esas cosas que ella considera fundamentales y que los niños de ciudad no sabemos, porque en la ciudad no sabemos nada.

Las imponentes murallas de Lugo nos hacen abandonar la carretera nacional y entrar en la comarcal. A partir de ese momento habrá más carros que coches, y sobre todo más vacas, tanto en el campo como en la carretera. En Villalba mi padre para de nuevo para comprar queso de San Simón, lo hará a la ida y la vuelta. Ya estamos en la recta final del camino; tenemos que darnos prisa para que no se nos haga muy tarde o de lo contrario la niebla que cae junto con la tarde nos hará más difícil el trayecto.

Al llegar al valle de Mondoñedo mi padre baja las ventanillas para que entre el aire. Huele a menta, de una forma profunda y mareante. Casi sin pensarlo mi padre detiene el coche en un pequeño saliente de la carretera y nos bajamos a mirar, da igual cuantas veces lo hayamos visto. El valle, inundado hasta el más mínimo de sus resquicios por millones de eucaliptos, forma un óvalo perfecto. Un sin fin de ondulaciones hacen decrecer las suaves montañas hasta llegar, en lo más profundo, al pueblo, del que pese a la distancia se vislumbra su imponente catedral.

La catedral de Mondoñedo anuncia que nos acercamos a Cangas, aunque aún hay que pasar por Lourenzá y Celeiro. Yo estoy cada vez más nerviosa porque se abre ante mi todo un verano con mis primos corriendo libre por el campo, dando un biberón hecho con un botellín de cerveza a los terneros recién nacidos, bajando a la playa, oliendo las algas que se secan al sol, subiendo por las rocas coger vígaros, zampeñas, pulpiños de roca…; a ser completamente libre, con una libertad que nunca volveré a experimentar, ni tampoco mis hijos, porque hoy día los coches impiden correr a los niños, porque tras la llegada de los turistas está prohibido mariscar, porque ya casi no hay huertas, ni establos…, pero si chalets de veraneantes que ni siquiera respetan las piedras de la arquitectura popular.

Cuando la antigua carretera se aproximaba a Foz, había un punto concreto, una casa gris con una gran hortensia azul en el lateral, en el que por primera vez se divisaba el mar, un mar azul e intenso que ya no nos abandonaría el resto del camino ni de las vacaciones, poco antes de llegar a ese punto mi padre comenzaba a carraspear y cuando la primera brizna de azul llegaba hasta su vista, gritaba a pleno pulmón

EL MAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRRRRRR

Y sabíamos que el verano siguiente volveríamos a Galicia.


viernes, 27 de enero de 2017

De los talleres literarios:

Me he permitido titular esta entrada de la misma manera que se titulaban antaño los libros, o mejor dicho sus capítulos, algo así como "De como nació Lázaro, y de cuyo hijo fue". Aunque también lo podía haber iniciado con un clásico "Oh", como los antiguos oradores romanos, que estudiábamos aquellos que aún tuvimos la suerte estudiar latín. Y bien, ¿por qué lo he hecho?, muy sencillo, porque para mi la Literatura es básicamente eso, los grandes clásicos, antiguos y modernos, el buen narrar de historias, y el magnífico manejo del lenguaje. Aunque viendo mi desigual experiencia con algunos talleres literarios, se ve que no lo es para el mundo.

Os cuento:

Comencé a escribir muy temprano (aunque me haya cundido poco), con unos doce o trece años, como la natural prolongación a mi pasión por la lectura. Me presenté, con poco éxito, a mi primer concurso a los dieciséis, y me plantee por primera vez la posibilidad de tratar de publicar algo a los veinte. Fue en ese momento cuando, la verdad por casualidad, oí hablar por primera vez de los talleres literarios; fue un anuncio en El País de los talleres de la extinta Escuela de Letras de la C/ Factor. En aquel momento no pude hacer ninguno, por precio y por horario, ya que estaba en la Universidad, pero que quedé con la idea, y como yo soy mucho de no quedarme con ganas de hacer nada que realmente me apetezca, retomé la idea cuando comencé a trabajar.

Como tenía que trabajar (un vicio que tenemos algunos, más que nada por aquello de pagar facturas y esas cosas) comprometerme a un curso presencial me pareció arriesgado, así que busqué talleres on-line, y así llegué a la Escuela de Escritores. Cursé curso anual de relato breve A, curso anual de relato breve B, y curso anual de relato avanzado, tres años de mi vida pegada a un portátil y viviendo una experiencia maravillosa. No sólo tuve una gran profesora, Isabel Cobo, sino también unos grandes compañeros. Sagui, F.J, Javier, Cristina... siempre que me siento a escribir me acuerdo de vosotros con mucho cariño, y me pregunto si vosotros también habréis continuado haciéndolo. Fue un grupo de trabajo muy especial, y la época más fructífera de mi vida en lo que a lo literario concierne, gracias a todos. Así que después de tan estupenda experiencia me lancé al curso anual de novela... que horror, apenas llegué a conocer a los compañeros, porque sinceramente tras los primeros y destructivos comentarios del profesor me borré, me negué a pagar más dinero por algo así.

En las escuelas de escritores te venden que todo el mundo puede escribir, que es sólo cuestión de técnica, y que no es necesario tener un talento especial. No estoy de acuerdo, si fuera así no hubieran existido los grandes escritores clásicos, que no tuvieron formación especial alguna. Pues bien, para ser profesor tampoco vale todo el mundo, no basta con saber escribir, hay que saber enseñar. A mi que me cuenten que se ha estado de charla con el escritor fulano o mengano, porque claro como él ha sido finalista del Nadal... pues como que no me aporta nada. Además, tras tres años escribiendo relatos a foro abierto, una está más que acostumbrada a las críticas, la crítica es buena, te muestra los fallos y te hace mejorar, pero siempre hecha de forma constructiva, no destructiva, algo que también muchos profesores (y más de un alumno) deberían aprender.

No sólo hay trolls y haters en las redes sociales.

Tras borrarme de aquel nefasto curso, un gran amiga (y gran poetisa) literalmente me arrastró un fin de semana con ella hasta Alcázar de San Juan, donde se ubica la Escuela de escritores Alonso Quijano. Hicimos un curso de Redacción y estilo, que me hizo volver a congraciarme con los talleres. Por cierto, creo que todo el mundo debería hacer un curso de redacción en algún momento de su vida.

De vuelta a Madrid, continué escribiendo y realicé un par de cursos presenciales más, está vez organizados por mi amiga, quien se lió la manta a la cabeza y creo la Escuela Tomás Gallego, con ayuda de Ramón Alcaraz del Desván de la memoria. Nuevamente fueron buenas experiencias, conocí a gente muy interesante, a los que simplemente les apasionaba escribir como a mi, sin más (y es que todo el que ha tenido un mínimo contacto con el mundo literario, sabe que hay mucho ególatra pagado de si mismo que sólo va a estos sitios a que le regalen los oídos. No fue el caso), y al propio Ramón, una de esas personas del mundo literario que realmente enseñan, animan y se preocupan por los escritores noveles.

Tras mi primera maternidad, que me obligó a un pequeño parón, tenía ganas de retomar la escritura, y me animé de nuevo con los talleres literarios. Otra vez volví a buscar algo que pudiera hacer desde casa, esta vez para poder combinarlo con el cuidado de mi hijo, y tras mucho buscar llegué a los Talleres de Relee. Que gran error.

En Relee lo primero de todo fue pedirme que les mandara algo que ya hubiera escrito, para garantizar que estaba al nivel del curso. ¿Perdón? Nunca me habían pedido algo así, y ya tenía algo de experiencia en el tema. Es un curso, se va a aprender, no es una candidatura al Nobel. Bueno, el caso es que lo mandé y me admitieron, en que hora.

Sus talleres funcionan casi de idéntica manera a los de la Escuela de Escritores, de hecho, la profesora nos contó que ella había sido la fundadora y se había marchado para crear esta nueva escuela. Pero no, no era lo mismo. En la Escuela de Escritores los temas, aunque largos, son amenos y didácticos, llenos de ejemplos que te hacen comprender la técnica para luego poder aplicarla al ejercicio quincenal; en Relee me parecían soporíferos ladrillos imposibles de acabar, ¡y soy licenciada en Derecho!, para que yo diga que algo es un ladrillo... era como una especie de magma de teoría y técnica absolutamente ininteligible, tardaba un siglo en leerlos y no sacaba nada en claro. Volví a leer temas de cursos anteriores, para ver si era yo, pero no. Luego estaba la profesora, ausente por demás, nos dejaba a nuestro libre albedrío, excepto eso si, para enviar las correcciones de los ejercicios. Que estaba muy ocupada decía, pues en otros cursos el profesor siempre estaba ahí, todos los días, para moderar y corregir. Decía que íbamos a aprender de leer y corregir a los demás, y de sus correcciones... sus correcciones, nuevamente digo que no todo el mundo vale para enseñar, todo lo que yo enviaba (tras conseguir saber que narices era lo que había que tratar de plasmar) era malísimo, me rayé y un día envié un relato que había escrito durante mis años en la Escuela de Escritores, relato que había corregido en su día con mi profesora, y posteriormente con Ramón Alcaraz, y me dijo que uff estaba muy verde, que notaba que estaba poco trabajado, sin comentarios.

Luego estaban las lecturas, de autores muy conocidos, en su casa, claro. Aunque mira por donde yo era la única que no los conocía, que mala suerte. A ver, en el mundo del "relatista" y de los talleres de relato breve hay una serie de autores que se suponen son el gran totem, todo el mundo los ha leído, te tienen que gustar por narices y son intocables, ejemplos de como escribir un relato perfecto, y que al final se repiten una y otra vez. Yo personalmente, como vuelva a tener que leer una sóla vez más en mi vida "La dama del perrito" de Chejov, me da un patatús. Y que decir de oh, los puñeteros "9 cuentos" de Salinger, que contra ya no me gustaron la primera vez los leí, ni "Dublineses" de Joyce, odio a Joyce, ni por supuesto el realismo sucio, no, no me gustan ni Wolf, ni Ford, ni Bukouski, ni por supuesto, el oh adorado e idolatrado, el gran Carver. Después de decir esto públicamente hay quien me va a apedrear, porque decir en determinados ambientes que no te gusta, sobre todo Carver, es como cagarte en la madre alguien, o más bien como ser tía y salir a la calle sin burka en Afganistan, una blasfemia. Pues no, no me gustan, y no se les ven de grandioso la de verdad.

Ah, y me olvidaba del gran totem del relato breve español, "Velocidad de los jardines" de Eloy Tizón, yo de verdad que aún le estoy buscando la genialidad por algún lado, y no se la veo. Ignacio Ferrando le da mil vueltas, y no tiene tanto pábulo entre los resabiados del relato breve.

En fin, el caso es que en Relee no caen en la mayoría de los lugares comunes propios de estos lares (cayeron eso los dichosos "9 cuentos", y hubo muchas referencias a Carver, como no), y te mandan leer autores de los que en muchas ocasiones yo reconozco, para escándalo de mis compañeros de curso, que no había oído hablar, y que de nuevo no me gustaron. Se supone que eran un ejemplo de como debíamos aspirar a escribir... pero si eran horribles, para nada lo que a mi me gusta leer. Y yo que pensaba que eso de si no puedes ser profundo se oscuro, sólo se aplicaba al mundo del Derecho. Luego, por ejemplo, nos mandaban leer un relato de Juan Carlos Marquez, que a mi me parecía genial, y lo destrozaban. Me sentía como un yanqui en la corte del rey Arturo.

Pero lo peor sin duda alguna, pero lo peor de lo peor, fueron los compañeros. Un atajo de ególatras megalómanos que se creían el próximo Cervantes, el García Márquez del s. XXI, o no, creo que a lo mejor estos autores les parecían demasiado comerciales y convencionales. No sólo tenías que comentar sus relatos por huevos, tuvieras o no tiempo de hacerlo, y además en profundidad, nada de hacerlo por encima, sino que además tenías que soportar como destrozaban los tuyos de forma nada constructiva. Y claro, como la profesora casi no asomaba por allí, los cuchillos campaban a sus anchas, me río yo de los trolls que comentan las noticias en Facebook, estos eran peores porque iban directamente a joder al personal. Unas trifulcas... porque claro cualquiera les tosía. A mi se me ocurrió decir que me había apuntado a un curso de relato breve, no de crítica literaria, y para que más, porque ya me tenían tirria porque se suponía que no comentaba con suficiente profundidad.

Hasta que me harté, era una mierda de curso, que me costaba dinero sin aprender nada, lleno de trolls, y que me estaba costando un precioso tiempo que no tenía. Además, era gafe, todos tenían algún problema de salud, en la vida había visto tanta gente con enfermedades junta. Cuando me di de baja estaba embaraza de mi segundo hijo, y en la semana 13 se desprendió la bolsa por completo y tuve que guardar reposo, estaba gafado.

Me di de baja porque me negaba a pagar más, y la respuesta general fue que claro, que iba muy justa para ese curso.

Como he dicho antes, en el mundo literario el ego campa a sus anchas, pero a algunos les infla más que un globo aerostático. Hace unos años, hice un curso sobre Dickens y Stoker en los cursos de verano del Escorial, y recuerdo que había quien interrumpía a los ponentes continuamente para mostrar cuanto sabía del tema, y el director del curso en un momento determinado dijo algo que me pareció genial, y muy bien puede aplicarse a lo que aquí estoy contando, hay gente que le encanta oírse a si misma y demostrar a los demás cuanto saben.

Recientemente, como no aprendo, solicité información sobre los talleres de Cursiva, la escuela de la editorial Random House Mondadori, me pedían que lo pagara todo al inicio del curso, cuando les dije que si podía pagar mes a mes, porque había tenido malas experiencias, no me contestaron. En fin, a ver que ya se sabe que es un negocio, pero se podían cortar un poco más.


Lo dicho al inicio, para mi escribir narrativa es contar buenas historias, como se ha hecho desde los albores de la humanidad, de manera que capten la atención del lector, y le dejen buen sabor de boca. No usar una y un millón de técnicas, que conviertan el continente en algo más importante que el contenido. Una buena prosa es importante, por supuesto, pero no hay que olvidar que un escritor actual de narrativa no es más que un juglar con un ordenador portátil.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Cuando Hitler robó el conejo rosa

Hace años leí un libro que se titulaba "Cuando Hitler robó el conejo rosa", en el una periodista británica, de origen alemán, narraba su infancia y adolescencia huyendo del nazismo y la II Guerra Mundial. De clase alta, apenas era una niña pequeña cuando, de forma apresurada, tiene que huir de Berlín junto a sus padres y hermano mayor ante el ascenso del nazismo, ya que están a punto de detener a su padre, un intelectual de izquierdas y judío. Dado lo apresurado de la huída se van casi con lo puesto, lo que la impide llevarse consigo su peluche favorito, un conejito rosa, de ahí el título del libro.

En un primer momento huyen a Suiza, a un cantón de habla alemana, donde viven seguros y felices un tiempo, sin embargo, su sobrevenida mala situación económica a consecuencia del hecho de ser refugiados, hace que marchen a París donde su padre encuentra un trabajo. Las cosas en Francia son al principio un poco más difíciles, no habla el idioma, no conoce las costumbres... Su madre se tiene que quedar en casa cuidando de su familia, algo que no ha hecho nunca, teniendo que aprender incluso a cocinar, porque siempre ha tenido servicio. Pero cuando todo va un poco mejor (menos en lo económico) Hitler invade Francia, por lo que inician un nuevo viaje, esta vez definitivo, al Reino Unido, cuando la protagonista ya es una adolescente.

Leí ese libro cuando tenía la misma edad que la protagonista al final de la novela, fue un regalo de mi abuela paterna. No sé muy bien como llegó a sus manos, y aunque ella durante la guerra civil española sólo se fue de Madrid a Valdepeñas (también siendo una adolescente), para evitar los bombardeos, se había sentido profundamente identificada con lo que contaba el libro, con el sentimiento de pérdida de la que ha sido tu vida que ya nunca volverá a ser igual. Y es que todas las guerras son al final la misma mierda.

Este libro ha vuelto a mi memoria los últimos días, tras ver un video en Internet (en un más que sorprendente y perfecto inglés) de un civil en Alepo despidiéndose del mundo, medio cagándose en la ONU, diciendo que saben que les van a matar, y preocupado básicamente por su hija. La historia de un país en el que el pueblo reclama democracia, y por ello se levanta, lo que acaba desembocando en una terrible guerra civil, en el que mueren miles de personas ante la pasividad del mundo, sin que nadie haga nada, mirando para otro lado, y generando un gran oleada de refugiados que son hacinados en campos, puede ser la historia de Siria en 2016, o puede curiosamente puede ser la de España en 1936, sólo que esta vez ni siquiera hay brigadistas internacionales. ¿Cuál es la diferencia? pues no lo sé, a Franco le apoyó Hitler, a Bashar al Assad le apoya Putin, entre tiranos anda el juego. Puede que ni Madrid ni Guernica sean Alepo o Srebreniça, y que los republicanos que huyeron de España no fueran ni la mitad de los refugiados que han llegado a Europa en los últimos tiempos (aunque dieron lugar al mayor campo de concentración de la II Guerra Mundial, por delante de los de los nazis. Y por cierto, dormían en la arena de una playa en Francia, no tenían ni las tiendas de campaña que les dan ahora, y si, también había niños), pero desde luego la indiferencia internacional si que es la misma.

Me gustaría poder decirles a los ciudadanos sirios que el tiempo lo cura todo, pero cualquier español, al igual que cualquier bosnio, serbio, croata, macedonio, les podrá decir que no es así, que no hay décadas que cierren las heridas de una guerra civil, como mucho se envolverán en una amnesia colectiva para poder seguir adelante. Yo nací en 1978, y todavía hubo quien recordó que era nieta de un rojo, y no deja de ser llamativo que aún a día de hoy no se puede comentar abiertamente en España que la muerte indiscriminada de militantes, o supuestos militantes, de partidos de izquierdas en la España de Franco, fue declarada como genocidio por la ONU . Y es que después de la guerra no viene la paz, sino la victoria.

La guerra de España fue un ensayo de la II Guerra Mundial, esperemos que Siria no sea un ensayo de algo más, porque entre esta guerra, Putin, Trump, y el yihadismo, a mi la situación ya me empieza a dar muchísimo miedo.


Pero volviendo al libro sobre el que hablaba al inicio, me rompe el corazón ver a los niños huyendo de sus hogares. Yo tengo dos niños pequeños y pienso en como les afectaría vivir una guerra, tener que dejar su casa, su cuarto, sus juguetes como la protagonista, no puedo evitarlo se me saltan las lágrimas al pensarlo. Los niños siempre son niños, da igual su nacionalidad.  Y lo mismo me ocurre al pensar en los adultos, lo duro que tiene que ser dejar tu casa, tus cosas, tus recuerdos de toda una vida, para empezar de cero vete a saber cómo ni dónde. Y eso en el mejor de los casos, porque estarían vivos. Es algo que ha ocurrido y ocurre siempre en todas las guerras, y es una mierda. 

jueves, 13 de febrero de 2014

Hoy no voy a hablar de libros, sino de leyes.

Hoy no voy a hablar de libros, sino de mi otra faceta profesional, la jurídica.
Y es que la que estas líneas escribe, y que sueña con ser escritora profesional, es en realidad abogado. Podría decir que la abogacía es la profesión que desempeño para pagar las facturas, pero no sería cierto, tengo la grandísima suerte, esa que sólo disfrutamos unos cuantos afortunados, de dedicarme a aquello que me gusta.
Me matricule en la facultad de derecho por pura vocación, pese a los numerosos comentarios de mi entorno relativos a como con una media de 9 elegía una carrera para que sólo se necesitaba un 5. Pues porque era lo que me gustaba, y eso es algo que debe primar. Creo firmemente que a esta vida hemos venido a tratar de ser lo más felices posibles.
Y es que yo siempre, hasta donde me alcanza la memoria, he querido ser abogado o juez (si, en masculino, los nombre de profesión no tienen género. Es una reminiscencia del género neutro en latín, es lo que se denomina género epiceno). Estudie lo que me gustaba sin hacer caso a propios ni extraños, y tuve la enorme suerte de poder ganarme la vida ejerciendo la abogacía, algo que no es tan fácil como pueda parecer visto desde fuera, debido a costumbres tan extendidas como no pagar a los pasantes, hacer contratos mercantiles, y un largo etcétera de abusos laborales.
En mi caso concreto ejerzo la abogacía de empresa, que para mi es algo así como la cuadratura del círculo, ¿por qué? porque la abogacía de despacho es incompatible con algo tan fundamental como la vida misma. Horarios terroríficos, jornadas inacabables, plazos y más plazos, clientes histéricos, imposibilidad de vacaciones fuera de agosto… vamos, que no es lo más idílico del mundo. Sin embargo, el abogado de empresa tiene un contrato laboral (si, existen) con todo lo que ello implica (bajas, vacaciones, un salario mínimo, seguridad social, horarios medianamente razonables) pero sigue ejerciendo la abogacía.
Pero no sé porque el resto del mundo jurídico tiene una visión muy diferente de nosotros, la verdad, como si fuésemos menos abogados. Por ejemplo, recuerdo una conferencia del Decano del colegio de Madrid al que pertenezco (no la actual, ni el anterior, hace dos Decanos) en la que decía que el abogado de empresa al deberse a un solo cliente perdía la independencia propia de la profesión (¿perdón?) y que desvirtuaba los principios básicos de la abogacía, que era la profesión liberal por excelencia. Vamos, que éramos mucho menos abogado que el letrado que está en su despacho independiente haciendo exactamente el mismo trabajo que nosotros.  Ahora, eso si, las cuotas colegiales nos las cobran como a todos.
Otra vez, en una cena del Grupo de abogados jóvenes del Icam, me decían algunos compañeros que a veces habían pensado buscar trabajo en una empresa, sobre todo por los horarios, pero que claro que no querían dejar el ejercicio, y cuando yo les respondí que que tenía que ver, que yo pasaba juicios, y redactaba contratos, se quedaban perplejos. ¿Pero que se piensan que hacemos los abogados de empresa? ¿recursos de multas?
Toda esta reflexión viene al hilo de una reciente proposición de ley que pretende separarnos a los abogados, y que afortunadamente ha sido rechazada por el Consejo General del Poder General. A ver en que queda. Se trata de establecer el requisito obligatorio de la colegiación únicamente a los abogados que ejercen en despachos ¿por qué? pues porque hay, como digo, quien considera que por existir un vínculo laboral somos menos abogados.
Esta distinción además, nos cerraría las puertas de los Juzgados. No tiene ninguna lógica, nosotros conocemos perfectamente la empresa, y por tanto, somos quienes mejor podemos defender sus intereses en juicio. Es cierto que muchos abogados de empresa no tocan el procesal, y derivan todos los contenciosos a despachos externos, si, pero no es menos cierto que en la mayoría de despachos (por cierto, que se dice bufete, dicho así bu-fe-te, no bufet, que no son una barra libre) hay profesionales únicamente del asesoramiento, estableciéndose quienes se dedican ex profeso al procesal. Y es que hay abogados en despachos que nunca han usado su número de colegiado, porque jamás han pisado un Tribunal.
La norma realmente lo que pretende es que los abogados dedicados al asesoramiento no precisen colegiación, muy bien, pero al establecer como limitativo el vínculo laboral finalmente nos corta el paso a los Tribunales a los abogado de empresa, que para sorpresa de muchos, hacemos dicho trabajo.
Además, aunque no fuera así, la colegiación establece (y más ahora que se accede por examen) unos requisitos unificados de conocimiento y profesionalidad. Creo que todos debemos ser iguales.
En otros países ya existe esta diferenciación. Clásica es la diferencia existente en el Reino Unido entre Solicitors y Barriters, los primeros dedicados al asesoramiento y la asistencia a primeras instancias, y los segundos dedicados a los Procesos ante altas instancias. Nunca he entedido esa separación, ¿por qué cambiar de abogado a mitad de un procedimiento? No tiene ningún sentido.
Sé por mis compañeros de otros países que la situación se repite en muchos lugares. En Portugal no está bien visto que los abogados de empresa acudan a los Tribunales porque consideran que no tienen distancia con el pleito (precisamente eso es beneficioso, lo defiendes como si la empresa fuera tuya), en Francia también diferencian a los abogados procesalistas de los que no lo son, y lo mismo en Italia. De hecho, me comentaba una compañera de Italia, que ella se dedicó a la abogacía de empresa porque no aprobó el examen de colegiación.  Eso hace incurrir a las empresas en un doble gasto, pues cada vez que tienen un pleito precisan contratar a un despacho externo.
Si esta ley sale adelante se va a dar la paradoja de que aquellas empresas con grandes departamentos de contencioso dentro de sus Asesorías de empresa, no van a poder acudir a juicio debido a su relación laboral. O que si puedan hacerlo aquellos abogados de despacho, que en muchas ocasiones son asesorías empresariales externalizadas, pero que no se dedican en absoluto a temas procesales.

Ya veremos que ocurre.

sábado, 24 de agosto de 2013

Mi vecina quiere presentarme a su gato:


Mi vecina quiere presentarme a su gato, es el segundo libro de Miguel Abollado Rego, quien debutó en el panorama literario con La Danza de los malditos, novela de intriga en torno a las pinturas negras de Goya.

Esta segunda novela, supone un cambio radical de registro, ya que Abollado pasa del Thriller al humor. Y es que Mi vecina quiere presentarme a su gato, es un libro que podríamos tildar "de género de entretenimiento", en el que el autor nos presenta a un protagonista bastante cafre, que se gana la vida como profesor de matemáticas en la Universidad, y que literalmente pasa de todo, de la gente, de los convencionalismos, de la dieta...

A pesar de ser un tanto antisocial, tiene aprecio a su familia, y a su amigo de la infancia. El personaje se nos hace simpático desde el primer momento, pues pese a todos sus defectos, o precisamente por ellos, creo que cualquier lector se puede sentir identificado con alguno de los aspectos de su personalidad. A mi particularmente me ha encantado como desdeña a la gente que no le interesa, algo que yo llevo haciendo toda mi vida. Por no hablar de su amor por el cine y la comida, dos de mis grandes pasiones. 

La historia nos lleva de Madrid a las playas de Cádiz, las cuales obviamente el autor conoce de primera mano, en busca de la novia de un amigo, la reconciliación de sus padres, y una huida a Marruecos.  

La historia transcurre ágil, y con ritmo constante, sin que en ningún momento nos deje de entretener.

Un libro perfecto para leer en la piscina o la playa.  

Memorable, la escena en la sala de espera del médico. Real como la vida misma.

jueves, 27 de junio de 2013

Una vacante imprevista:


Una vacante imprevista, es la primera incursión de J.K. Rowling en la Literatura para adultos. Y sinceramente, tengo que decir que me ha sorprendido, y mucho.

Yo he sido de esos adultos que han leído la saga de Harry Potter, con la misma avidez que un niño, y no me esperaba un cambio de registro tan abrupto. La autora ha dejado a Ron, Harry y Hermione, muy lejos.

Hay que comenzar por decir que se trata de un libro duro, muy duro, donde se degüella a la sociedad británica, a través de sus distintas clases sociales. Por como está narrado, se vislumbra el origen humilde de la autora, y su apoyo a aquellas personas que deciden mejorar en la vida a través del esfuerzo propio.

La acción se sitúa en el idílico pueblo de Pagford, en el West Country inglés. Se nos plantea un escenario de cuento de hadas, el típico pueblecito con una bonita plaza, una abadía gótica, y muchas casas todas iguales. Pero entre Pagford y la vecina ciudad de Yarvil, se ubican Las Prados, una barriada de casas de realojo a la que nadie quiere acercarse ni enfrentarse.

La protagonista, Krystal Weedon, es una adolescente de dieciséis años, que asiste al instituto en Pagford, pero que vive en Los Prados con su madre yonqui y prostituta, y su hermano de tres años, al que ella cuida.

La novela comienza cuando uno de los concejales del Ayuntamiento de Pagford, Barry Fairbrother muere repentinamente, dejando una concejalía vacante, ahí el título de la novela. Poco a poco, descubriremos que el acaudalado Fairbrother al que todo el mundo quería en Pagford, había crecido en Los Prados, y salido de allí gracias a su arrojo y buenas notas, y era a su vez la única persona que quería ayudar a Krystal, en la que se veía a si mismo.

No voy a desvelar más del argumento, porque esta novela merece ser leída, y que el lector descubra las sorpresas que se encierran tras los muros de las casas de Pagford, así como el impactante final. A mi me ha dejado varios días pensativa, y con un sabor de boca agridulce.

Es una novela de las que te atrapan sin remedio, buscando cualquier momento para dedicarlo a su lectura. Como ya hiciera en la saga de Harry Potter, maneja con soltura a un gran número de personajes, pues vemos desfilar ante nuestras narices a prácticamente todo el censo de Pagford y gran parte de Los Prados, dotando asimismo a cada personaje de unas características propias y bien definidas.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención, es todo el sistema de ayudas británico. Tienen una de las peores sanidades públicas del mundo, y por otro lado hay tantas ayudas sociales que hay gente que se puede permitir vivir toda su vida sin trabajar, y hasta tienen garantizada una vivienda. Eso en España es impensable. Otra cosa chocante, es el nivel educativo en las escuelas públicas, Krystal Weedon, ha sido escolarizada toda su vida, y a sus dieciséis años apenas sabe leer, me parece absolutamente increíble. En contraposición, las gemelas Mollison reciben una carísima y esmerada educación en un colegio de pago. ¿Y ese se supone que es uno de los principales países de Europa? por lo menos autocrítica no les falta.

Mención aparte merece el personaje de Robbie Weedon, el hermanito de Krystal, ese desvalido niñito de 3 años, desatendido y sucio en aquel horrible ambiente, del que sólo se preocupa su hermana. Probablemente me ha tocado más la fibra sensible porque mientras leía el libro, tenía a mi lado en su hamaquita a mi bebé de tres meses.

El mundo editorial:


Todo escritor escribe para ser leído, lo reconozca o no. Muchos dicen que lo hacen como forma de expresión, o como una manera de desahogo, y es cierto, pero el destino final, siempre, es ser leído, algo que tradicionalmente se ha hecho a través del mundo editorial.

Todos hacemos lo mismo. Cuando terminamos un manuscrito, lo registramos y comenzamos el envío masivo a todas la editoriales que podamos, cuantas más mejor. Es obvio que los editores reciben muchísimos manuscritos, pero su forma de enfrentarse a ellos y sus autores es muy variada, y en muchas ocasiones no tiene nada que ver con el tamaño de su editorial.

Mi marido siempre compara el intentar publicar con buscar un empleo, por lo arduo e infructuoso de la tarea.

La mayoría directamente ni te responden, lo que me parece que aduce de una falta de educación de proporciones bíblicas. No cuesta nada mandar una cartita o un correo electrónico rechazando el libro, aunque sea una carta tipo de esas de "no entras en nuestra línea editorial", da igual, por lo menos te han respondido, y no te quedas esperando por los siglos de siglos.

Luego están las que te dicen directamente es su Web que no admiten manuscritos, y que no estudian los no solicitados. A mi eso me parece una prepotencia increíble, es como decir, a ver, vosotros, escritores no conocidos de mierdecilla, como oses mandarnos tu no solicitado ejemplar te vamos a mirar por encima del hombro sin perdonarte la vida. Se les olvida que hasta J.K Rowling fue en algún momento una autora novel, y que una editorial sin los escritores, no es NADA.

También tenemos las supuestamente enrolladas, que ponen en su Web toda una parafernalia relativa a que ellos apoyan a los autores, y que si, que mandes tu ejemplar, y puede que hasta te manden un correo diciendo que pasas al comité de lectura. Pero luego no se molestan en contestarte, ni para darte una negativa.

Finalmente están las editoriales serias, las que se leen todo lo que les llega, aunque sean editoriales realmente grandes, y que pasados unos meses, se dignan remitirte una carta, hasta incluso teniendo el detalle de devolverte el ejemplar enviado (que la encuadernación no nos la regalan), acompañada de una educada carta de rechazo. Da gusto.

Señores editores, la educación y la humildad, son dos cualidades que nunca debieran olvidar, por muchos ejemplares que reciban.

viernes, 24 de mayo de 2013

Nuevo blog

Hola a todos,

Como últimamente estaba empezando a mezclar churras con merinas, como se suele decir, he creado un nuevo blog dedicado a la maternidad, y voy a dejar éste sólo para temas relacionados con la Literatura, y, bueno alguna parida varia.

Por eso, he eliminado de este blog las entradas publicadas sobre mi embarazo y parto, y las he colgado en el nuevo.

Dejo aquí el enlace:

http://diariodemamanovata.blogspot.com.es/

sábado, 4 de mayo de 2013

Misión Olvido:


El segundo libro de María Dueñas, "Misión Olvido", marca un cambio de registro respecto de su anterior novela "El tiempo entre costuras". Si su primera novela nos llevaba hasta el Marruecos colonial y el Madrid de la postguerra, para sumergirnos en un relato de aventuras y espionaje, con ecos del diecinueve, su segunda publicación nos lleva al mundo de las universidades norteamericanas, con el trasfondo del desamor y las segundas oportunidades.

La protagonista es nuevamente una mujer fuerte, que tiene que rehacer su vida tras un desafortunado divorcio, para lo cual se traslada al otro lado del mundo, en concreto a la pequeña localidad de Santa Cecilia en California, para, con el pretexto de hacerse cargo de organizar el legado de un antiguo profesor universitario de literatura española, Andrés Fontana, tratar de recomponer los trozos de su vida.

En Santa Cecilia se encontrará con un ambiente universitario muy diferente del que ella está acostumbra en la Facultad de Filología Hispánica de la Universidad Complutense de Madrid, así como una serie de personajes (hispanohablantes, por supuesto), que la harán olvidarse por un momento de su tragedia personal, y centrarse en precisamente el trabajo que era la excusa para ir allí, el profesor Andrés Fontana. 

En paralelo, y en capítulos alternos, la autora nos cuenta la vida de Andrés Fontana. De como un afortunado apadrinamiento le permitirá, pese a sus humildes orígenes, primero obtener el título de bachiller en una España llena de analfabetos, y segundo obtener un titulo universitario, para finalmente acabar sus días como profesor en diversas universidades americanas, tras imponerse un autoexilio voluntario ante el estallido de la Guerra Civil.

La historia de Andrés Fontana dará paso a la de su discípulo, Daniel Carter, quien emprenderá el viaje inverso, de Estados Unidos a la España de los años 60, en busca de información para una tesis doctoral sobre Ramón J. Sender. Algo que le llevará a estar unido de por vida a nuestro país.

En el presente (o en el pasado, ya que la historia se sitúa en los albores del S.XXI), un Daniel Carter convertido en académico de prestigio en su país, guiará los pasos de la protagonista, no sólo para desentrañar que hay detrás de los papeles que Fontana legara a su Universidad, sino también para poner un nuevo rumbo a su vida.

Finalmente descubriremos que Misión Olvido no es el objetivo de la protagonista, sino el nombre de una misión franciscana de la época de la conquista española, que estuvo asentada en Santa Cecilia en los mismos terrenos en los que ahora quieren construir un centro comercial. Construcción que se verá trastocada al terminar la protagonista y Carter de poner orden en los papeles de Fontana, quien había dedicado sus últimos años a estudiar las misiones franciscanas en California, para terminar descubriendo una misión que había quedado relegada al olvido.

La novela te mantiene en vilo y avanza con ritmo creciente hacia un final que no hace justicia al resto de la narración. En mi opinión una historia tan bien trazada merecía un final menos previsible, o que al menos lo ha sido para mi. Es el único pero que le pongo a este libro.

Mención aparte merece la construcción de los personajes de Daniel Carter, y esa portera del Madrid más profundo que les da alojamiento a él y su maestro, con varias décadas de diferencia. Son todo un logro narrativo, ya que los lectores podemos sentir con Carter, descubrir con él nuestro propio país (lo que será toda una muestra de nuestra cultura e idiosincrasia para lectores extranjeros), y ver asimismo reflejada una parte de nuestra historia en esa sencilla portera, que refleja tan bien quienes hemos sido, no hace tanto tiempo.

Pese a la decepción del final, me ha dejado un buen poso. He disfrutado con su lectura, y creo que Daniel Carter pasará a ser uno de esos personales literarios grabados en nuestro subconsciente.

Además este libro es especial, porque lo he leído a ratos robados de necesaria evasión ante una nueva y abrumadora realidad en mi vida. A retazos a las cuatro de la mañana mientras esperaba que acabara el esterilizador, entre tomas, y sobre todo en el banco de un parque... porque la lectura de este libro, se corresponde con el primer mes de vida de mi hijo.

jueves, 2 de mayo de 2013

Esta semana otra editorial ha rechazado mi libro. No sé cuantas van ya, dejé de contar cuando sobrepasé las cuarenta.

Estoy cansada, mucho, de que me rechacen.

Sé que no soy la primera, que a muchos autores les han rechazado manuscritos un sin fin de editoriales antes de que alguien se atreviera a apostar por ellos, pero es agotador, tanto que desisto. Y cuando digo que desisto no quiere decir que vaya a dejar de escribir, no, eso nunca. Como diría Gunter Grass, hay que escribir por el mero placer de hacerlo.

Desisto de las editoriales.

Lo anterior no quiere decir que no vaya a lo mejor a enviarlo a alguna más, total el no ya lo tengo asegurado, simplemente voy a dejar de esperar, de confiar.

Tampoco voy a autopublicar, al menos de momento.

Puede que esté llamada a engrosar las filas de aquellos escritores con un cajón lleno de manuscritos inéditos, conozco a unos cuantos, o puede que sea algo tan sencillo como que no valgo para ésto (lo que no me desanimaría a escribir. Como ya he dicho tantas veces en este blog, escribir para mi es como respirar o comer, es una necesidad vital). Sea lo que fuere, a partir de ahora, voy a escribir sin aspiraciones, sin sueños, como un fin, en lugar de como un medio.

Seguro que voy a ser más feliz.

domingo, 17 de febrero de 2013

Las voces bajas


Las voces bajas de Manuel Rivas, es el último libro que acabo de terminar. Narra la infancia del autor en su Galicia natal.

La persona que me lo recomendó, mi madre, lo hizo muy entusiasmada, pero claro ella es de Lugo y tiene apenas 10 años más que el autor, por lo que había visto reflejada su niñez como en un espejo. A mi también me ha gustado, pero por motivos obvios, no tanto como a ella.

Manuel Rivas es de Coruña, y mi madre de una aldea de la Mariña lucense, sin embargo, si que he visto ecos comunes, en base por supuesto a los recuerdos que me ha transmitido mi madre, ya que la Galicia rural que yo conozco es ya de mediados de los 80 en adelante.

El título hace referencia a la represión franquista, del hecho de como había conversaciones y datos que sólo se transmitían con voces bajas. Probablemente a mi madre, hija de un republicano (rojo, diría mi abuelo) habrá sido otro elemento le ha hecho recomendar este libro a todo aquel que quiere escucharla. 

Por mi parte, me ha descubiertos elementos de la cultura gallega que aunque conocía, nunca había leído nada en los que fueran citados. Habla Rivas de Celso Emilio Ferreiro, uno de cuyos poemas está grabado en el muro de acceso al puerto de la cabeza de Concexo al que pertenece la aldea de mi familia, de Rosalía de Castro, de Álvaro Cunqueiro, y por supuesto de Castelao, al que tengo que reconocer que no he leído, pese a que he crecido viendo una pequeña escultura de barro en casa de mis padres, en la que se que puede leer la leyenda " a noso Castelao".

Otra cosa que me ha traído este libro, es algo que siempre he medio recriminado a mi madre y abuela, y es que por que no me enseñaron gallego. Lo entiendo y lo leo, pero no soy capaz de hablarlo más allá de frases muy sencillas. Me parece una lástima, es una hermosa lengua romance con muchísima Literatura de gran valor, que creo debería ser parte de mi herencia cultural. Sin embargo, sólo me hablaron en castellano, y el gallego que tengo en mi mente se lo debo a los veraneos y las conversaciones con mis primos.

Creo que mañana voy a buscar por las librerías, algún libro de Castelao, a ser posible en gallego, a ver que encuentro.
 
También me ha hecho recordar un relato breve que escribí hace años, como ejercicio de la Escuela de escritores, en el que nos pedían que rememorábamos un recuerdo de infancia, se titula El mar:
 
        El mar:
El viaje a Cangas de Foz era largo y pesado. En aquella época apenas había autopistas y los viajes se hacían por interminables carreteras nacionales con un solo carril en cada sentido. Las recuerdo llenas de lentísimos camiones, de curvas, de baches y atravesando –creo yo– todos los pueblos, que tenían un cincuenta por ciento más de semáforos que la media nacional.
 
Un buen día, normalmente a mediados del verano, mi madre me levantaba bastante temprano anunciándome que nos íbamos de vacaciones; es decir, que nos íbamos a Galicia. Mi padre hacía la maleta refunfuñando “nos va llover, seguro que nos va a llover, es que tu pueblo siempre llueve, y si no nos llueve, estará nublado, no vamos a ir ni un solo día a la playa… es que no sé por qué no vamos a Alicante como todo el mundo”.
 
Mi padre tenía por aquel entonces un R-18 sin radio, ni por supuesto aire condicionado, ni cinturones de seguridad en los asientos de atrás, ni airbag, ni ABS, ni dirección asistida, ni nada de nada; pero yo me acomodaba en el asiento trasero, solo para mí, y era feliz. Llevaba siempre un cojín que me había hecho mi tía, al que había puesto unos botones a modo de nariz y ojos y tejido mi nombre de manera que formara una gran sonrisa. Solía tumbarme poniendo el cojín como almohada, y dejaba que el traqueteo del coche me durmiera; cuando fui más mayor, cambié el cojín por un walkman y millones de cintas de casette.
 
La primera parte del viaje consistía en atravesar toda Castilla, con todos sus pueblos, con sus respectivos semáforos. Mi padre le tenía especial inquina a Medina del Campo porque decía que había un guardia de trafico que daba preferencia a los del pueblo frente a los que iban por la nacional y el atasco era permanente e infinito, es la fecha que cuando va por la autopista y a lo lejos se ve Medina del Campo, se empieza a reír como un loco y dice “mira como voy ahora, mira como voy”.
 
 
Al cabo de dos horas de viaje, a mi padre había que darle conversación porque las interminables rectas de Castilla le producen un sueño terrible al volante.
 
A mi me encanta esta parte del camino. Me fascina el amarillo infinito de la meseta, contemplar los campos de labranza a ambos lados de la carretera, las tenues lomas en lontananza, las salpicaduras verdes y granates rompiendo los ocres, dejando que la vista vuele sin ningún obstáculo hasta el horizonte.
 
 
Por fin pasamos Medina del Campo y continuamos viaje. Una provincia tras otra, un pueblo tras otro, un castillo, un sin fin de castillos y una iglesia románica, y otra, y otra, hasta que todos los lugares parecen el mismo. Y vuelta al atasco, estamos ya en Tordesillas, a mi me encanta, mis padres lo odian porque el coche se cala en la multitud de cuestas que jalonan todo el municipio. Pero yo estoy muy lejos. Me basta mirar por la ventanilla para con un poco de imaginación trasladarme a la Edad Media, y deseo profundamente poder viajar en el tiempo.
 
 
Dejamos atrás Zamora. En León hace menos calor, pero para entonces yo ya estoy tan mareada que me da todo igual. Habré vomitado tres o cuatro veces y estoy deseando llegar a Astorga para poder bajarme del dichoso coche. Astorga es parada obligatoria, si mi padre no compra mantecados luego no hay quien le soporte el resto del camino, y yo aprovecho para estirar las piernas y tomar un poco el aire. Hemos entrado en el camino de Santiago, desde ahora hasta llegar a Lugo la presencia de peregrinos será algo constante.
 
 
Y vuelta al coche… los carteles que anuncian la proximidad de Las Médulas nos indican que estamos en el Bierzo, donde el paisaje comienza a cambiar. Se divisan los primeros árboles y los colores de la meseta dejan paso al verde rabioso de la España húmeda. Poco antes de subir el Puerto de Piedrafita, paramos a comer en Valcarce, lo que no es sino una excusa para comprar cerezas (cosas de tener un padre obeso), las venden en puestos ambulantes a la orilla de la carretera, que hoy naturalmente han desaparecido.
 
Después de comer, (mis padres claro, yo no tengo estómago para nada) nos disponemos a la ardua tarea del subir el puerto de montaña. Hoy día atravesar el Puerto de Piedrafita es cuestión de unos minutos, la ingeniería ha ganado el pulso a la naturaleza; gigantescos viaductos que destrozan el increíble paisaje de uno de los lugares más bellos del planeta, permiten que la autopista siga más allá de los profundos valles que otrora convirtieran a Galicia en uno de los lugares más aislados de Europa. Pero los viaductos aún no existen, en su lugar hay una comarcal inundada de curvas que baja a los valles para luego volver a subir a las montañas. A mi padre se le cala mil veces el coche, es imposible ir a más de 20 Km. por hora, mi madre me empieza a contar que esa carretera es buenísima, que cuando ella era pequeña había más curvas y mucho más cerradas, solo había un carril para los dos sentidos y si te venía un coche de frente había que echarse a mitad del campo, así que había muchos accidentes porque, claro, en las zonas de desfiladeros mucha gente se había despeñado: “es más, si te asomas verás todavía los restos de la carretera antigua, vamos, un camino de cabras”.
 
 
La curiosa caravana que tratamos de llegar a alguna parte la solemos formar dos o tres coches, un carro con heno tirado por un burro (que además va el primero y no suele tener nada de prisa) los peregrinos a Santiago que casi van más deprisa que nosotros y, por supuesto, un camión. Para cuando llegamos a Pereje todos estamos mareados, y mi padre jura y perjura que el año que viene nos vamos de vacaciones a Alicante como todo el mundo.
 
 
Por fin entramos en Galicia por la provincia de Lugo; empieza a llover, siempre. Mi padre le dice a mi madre que si en su puñetera tierra no la pueden recibir de otra manera, y que en Alicante no llueve. Mi madre que pisar Galicia y olvidársele el castellano es todo uno; le responde algo que no entiende, pero yo sí, y nos reímos juntas.
 
El paisaje no puede ser más distinto. Los bosques sólo se abren para dejar paso a pastos de un verde esmeralda tan intenso que hace daño a la vista. Las vacas serán a partir de ahora otra constante en nuestro camino, mi madre las señala y me empieza a enseñar a distinguir una vaca marela de una limusin. Cuando llegue al pueblo, mi abuela se encargará de enseñarme a distinguir un brote de patata del de un grelo, del de un nabo, a ordeñar…; todas esas cosas que ella considera fundamentales y que los niños de ciudad no sabemos, porque en la ciudad no sabemos nada.
 
 
Las imponentes murallas de Lugo nos hacen abandonar la carretera nacional y entrar en la comarcal. A partir de ese momento habrá más carros que coches, y sobre todo más vacas, tanto en el campo como en la carretera. En Villalba mi padre para de nuevo para comprar queso de San Simón, lo hará a la ida y la vuelta. Ya estamos en la recta final del camino; tenemos que darnos prisa para que no se nos haga muy tarde o de lo contrario la niebla que cae junto con la tarde nos hará más difícil el trayecto. 
 
 
Al llegar al valle de Mondoñedo mi padre baja las ventanillas para que entre el aire. Huele a menta, de una forma profunda y mareante. Casi sin pensarlo mi padre detiene el coche en un pequeño saliente de la carretera y nos bajamos a mirar, da igual cuantas veces lo hayamos visto. El valle, inundado hasta el más mínimo de sus resquicios por millones de eucaliptos, forma un óvalo perfecto. Un sin fin de ondulaciones hacen decrecer las suaves montañas hasta llegar, en lo más profundo, al pueblo, del que pese a la distancia se vislumbra su imponente catedral.
 
La catedral de Mondoñedo anuncia que nos acercamos a Cangas, aunque aún hay que pasar por Lourenzá y Celeiro. Yo estoy cada vez más nerviosa porque se abre ante mi todo un verano con mis primos corriendo libre por el campo, dando un biberón hecho con un botellín de cerveza a los terneros recién nacidos, bajando a la playa, oliendo las algas que se secan al sol, subiendo por las rocas coger vígaros, zampeñas, pulpiños de roca…; a ser completamente libre, con una libertad que nunca volveré a experimentar, ni tampoco mis hijos, porque hoy día los coches impiden correr a los niños, porque tras la llegada de los turistas está prohibido mariscar, porque ya casi no hay huertas, ni establos…, pero si chalets de veraneantes que ni siquiera respetan las piedras de la arquitectura popular.
 
Cuando la antigua carretera se aproximaba a Foz, había un punto concreto, una casa gris con una gran hortensia azul en el lateral, en el que por primera vez se divisaba el mar, un mar azul e intenso que ya no nos abandonaría el resto del camino ni de las vacaciones, poco antes de llegar a ese punto mi padre comenzaba a carraspear y cuando la primera brizna de azul llegaba hasta su vista, gritaba a pleno pulmón
 
 EL MAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRRRRRR
 
Y sabíamos que el verano siguiente volveríamos a Galicia.