lunes, 13 de febrero de 2017

Un apartamento en La Latina

Dejo aquí mi pequeño homenaje a uno de los escritores del S. XX que más me gustan, Truman Capote (si, Capote, no el puñetero Salinguer ni el odioso Carver). Es mi particular y madrileña versión de Desayuno de Tiffany´s.

Un apartamento en La Latina:

Me gusta volver a los lugares en los que he vivido, es como una experiencia de introspección personal dentro de mi propia historia. Mi lugar favorito está en La Latina, junto al Mercado de La Cebada. En realidad, solo es un viejo edificio con la fachada gris por la contaminación. Yo vivía en el tercer piso, en un minúsculo apartamento de apenas 30 metros cuadrados, con una sola habitación que hacía las veces de salón y dormitorio, cocina americana y un minúsculo cuarto de aseo. Sin embargo, era mi primera casa como adulto independiente, y es la fecha que no puedo evitar acordarme de aquel pisito con cierta nostalgia. Muchas veces, cuando paseo por el centro de Madrid y vuelvo a pasar de forma inconsciente por las casas en las que he vivido,  siempre me paro a contemplar ese pequeño balcón que se asoma a la Plaza de La Latina.

Justo enfrente del que era mi portal, al lado de la boca del metro, hay un bar. No es muy elegante, ni muy nuevo, ni siquiera demasiado limpio, pero sirven sin duda alguna los mejores boquerones en vinagre de todo Madrid. Cuando vivía en mi pisito, solía ir todas las tardes a tomar un pacharán y charlar con Tomás, el dueño. Ambos teníamos muchas cosas en común, nos gustaba revolver en el Rastro, o “remanar” como diría un catalán, ir al teatro, una buena charla en la barra de un bar…;  y sobre todo nos gustaba Ana.

Aún ahora, durante alguno de mis habituales paseos entro y me tomo un pacharán con Tomás, como si el tiempo no hubiera pasado. Solemos arreglar el mundo, incluso algunas veces estamos lo bastante borrachos como para hablar de Ana. El inicio siempre es el mismo, la eterna pregunta: qué habrá sido de ella. Ninguno hemos vuelto a tener noticias suyas en todos estos años.

Recuerdo el momento exacto en el que la conocí. Era la primera noche en mi recién estrenado estudio, y con la emoción me había costado bastante conciliar el sueño. Cuando por fin empezaba a dormirme, alguien tocó el timbre del telefonillo.
– ¿Sí?
–Oiga, amigo, ¿me puede abrir?, es que me he dejado las llaves en alguna parte.
–Primero, no son horas de llamar a casas ajenas, y segundo no la conozco de nada así que olvídese de que la abra el portal.
–Oh, vamos no sea así, soy su vecina de arriba, me llamo Ana y estoy segura de que nos vamos a llevar la mar de bien.
–Pero que demon…
–Déjese de maldecir y abra de una vez, que hace frío; ¿es que no sabe qué hora es? no son horas de que una muchachita decente ande sola por la calle.

Pensé que no era tan muchachita si andaba a esas horas sola por la calle; pero lo cierto fue que sus argumentos me hicieron gracia, así que abrí. Me puse el albornoz y las zapatillas y salí al descansillo, muerto de curiosidad. Así fue como vi a mi nueva vecina por primera vez mientras subía las escaleras; tendría unos veinte años, aunque parecía mayor, pintada y arreglada en exceso, con ropa demasiado cara para una chica de su edad. Se paró ante mí.
–Muchas gracias, vivo justo encima de usted, en otro miniminúsculo piso como el suyo. ¿Quiere subir y tomar algo?, es lo menos que puedo hacer por haberle sacado de la cama.

Estaba bastante perplejo ante el desparpajo de quien decía ser mi vecina, y no pude por menos que acompañarla hasta el piso de arriba, sin darme siquiera cuenta de que seguía en pijama y zapatillas.

El apartamento de Ana era exactamente igual al mío, salvo por un curioso detalle, el único mueble era una cama de matrimonio.
– ¿Dónde están sus cosas?
–Así es más práctico, no pienso quedarme mucho en este lugar, y además así no limpio el polvo y es la mejor manera de que no te rompan nada en las fiestas.
– ¿Fiestas?
–Sí, no se preocupe que está invitado. ¿Whiskey?

De repente, tuve el presentimiento de que había cometido un gran error, que se abría ante mí una horrible perspectiva de noches en vela.
–Dígame, ¿a qué se dedica?
–Soy actor, o por lo menos lo intento.
–No me diga, que terriblemente interesante, y ¿en qué está trabajando ahora?
– En nada.
–Ah, que profesión más curiosa, me encantaría verle algún día.
–Pues ya la avisaré. Y usted, ¿a qué se dedica?
–Soy relaciones públicas de varias discotecas.
–¿Y eso da para vivir?
–Según como te organices, pero es sólo hasta que me case.
–Enhorabuena, ¿cuándo es la boda?
–Gracias, aún no lo sé, ni sé quién es el novio; pero tranquilo que tarde o temprano pescaré a un buen partido que ande despistado y hala, a retirarme.

Mi cara de perplejidad debía ser considerable, así que para disimularla decidí que lo mejor era irme a mi casa y dejar de tomar copas a horas intempestivas en casa de locas jovencitas.

Sin embargo, de una manera increíblemente natural, durante los siguientes meses Ana se convirtió en un personaje habitual en mi vida. Solía olvidarse las llaves una media de dos o tres veces por semana, siempre de madrugada o a primera hora de la mañana, y las noches que no lo hacía era porque la juerga estaba montada en su propia casa; es decir, justo encima de mi cama. Lo peor era que cada vez que intentaba quejarme acabada con una copa en la mano y bailando hasta el amanecer con la más fea de todas sus amigas; de hecho, más de una vez desperté al día siguiente en el suelo de su salón.

Justamente uno de esos días en los que dormí en el suelo de su casa me llamaron para una suplencia. Era verano y, gracias a que estaban las ventanas abiertas, el pitido del contestador automático a través del patio de vecinos me devolvió al mundo de los lúcidos. Literalmente me tiré escaleras abajo, seguido muy de cerca por una Ana somnolienta que no paró de saltar a mi alrededor hasta que accedí a que me fuera a ver al teatro. Al finalizar la representación me estaba esperando a la salida, le había gustado mi actuación y quería agradecerme la entrada, y para mi sorpresa me invitó a comer al día siguiente. Creo que hasta ese momento nunca la había visto por el día.

A aquel primer encuentro diurno siguieron otros, siempre nos despedíamos con un nuevo plan. Paseos por el Retiro, cine en la Gran Vía, aperitivo en Casa Labra, e invariablemente terminábamos en el bar de Tomás, charlando los tres animadamente en la barra. Cuando salíamos a la calle, yo para volver a casa, ella para reunirse con quien fuera que hubiera quedado esa noche, se detenía un instante, miraba a su alrededor, cerraba los ojos, los volvía a abrir y me decía:
–Me encanta este lugar.
–Tiene encanto, sí.
–Sabes, creo que un lugar así nada malo puede ocurrirnos.

Pero todo acabó cuando por fin encontró a su buen partido despistado. Era un hombre de unos cuarenta años, alto, moreno, se podría decir que apuesto, muy elegante; y sobre todo con una envidiable posición, era el agregado cultural de la embajada de España en Tokio y, como era de esperar, fue presa fácil para Ana.

Se habían conocido en una de las discotecas para las que trabajaba, a través de unos amigos comunes, creo, y en tan solo un par de semanas anunciaron su boda. Ana se compró unos DVD para aprender japonés y se dispuso a embalar sus pocas pertenencias. La última vez que la vi, los tenía puestos mientras hacía las maletas.
–Cuando empiece a dormir todas las noches de un tirón, no me lo voy a poder creer.
–Sí, ahí es cuando empezarás a echarme de menos. Konichigua.
–Ya te echo de menos.
–Y yo –dijo con la mirada perdida mientras repetía arigato.

No volvimos a vernos. Supe por Tomás que finalmente la boda no se había celebrado. Al parecer, al arreglar los papeles para el visado a Japón, donde se iba a celebrar la boda, su prometido descubrió que en realidad se llamaba Floriana, y le pareció un nombre tan poco chic que decidió romper el compromiso. Claro que a Ana le dio igual, puesto que estaba a punto de fugarse a Roma con el sobrino de su novio.

Al cabo de unos meses recibí una postal del Coliseum, en la que Ana me decía que se sentía feliz, que echaba de menos nuestros paseos por Madrid, que le diera recuerdos a Tomás y que me volvería a escribir.


                                                                                     A Truman Capote.

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